Pobreza extrema

La OMS define salud como "una situación de bienestar físico, mental y social". Imagen: Thinkstock.

“El derecho a la salud
no significa
el derecho a estar sano”

(Organización de las Naciones Unidas,
2007)

En el año 1977, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dejó claro que la salud no es simplemente la ausencia de enfermedad, sino una situación de bienestar en la que se conjugan armoniosamente el bienestar físico, el mental y el social.

Un triple bienestar “pensado desde el propio cuerpo”, que comienza con la percepción y la integración, en la conciencia de cada persona, de todas las sensaciones positivas y negativas, procedentes de la superficie y de las entrañas de ese cuerpo, que se traducen finalmente en una valoración subjetiva de un estado calificado, con gradaciones muy personales, entre el “estar bien” (bienestar) y el “estar mal” (malestar), todo ello en el seno de una familia, una comunidad y una sociedad concreta.

Un bienestar, entendido como una situación más o menos transitoria, que es el resultado, en un momento dado en la historia de una persona, de la posesión de todos los derechos humanos que, como tal, le corresponden. Unos derechos humanos universales, con un valor jurídico superior, que tienen su fundamento en la asunción de la dignidad inherente a “todos los miembros de la familia humana”, garantizados por normas internacionales, vinculantes para los Estados, derechos que son interdependientes.

Por todas estas razones, parece oportuno resaltar, cuando se conmemoran, en este año 2008, los 60 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año 1948, el papel clave del derecho a la salud como piedra que cierra, metafóricamente, la bóveda conformada por todos los derechos humanos.

En el artículo 25 (1) de la citada declaración se dice textualmente que “toda persona tiene derecho a un estándar de vida adecuado para la salud y el bienestar de sí misma y de su familia, con inclusión de alimentos, vestidos, casa y asistencia médica, así como de los necesarios servicios sociales”.

En realidad, lo que sucede es que las interrelaciones entre la salud y los derechos humanos son tan estrechas que, en una sociedad en la que no se respeten esos derechos fundamentales, no puede haber bienestar físico, mental y social, o lo que es lo mismo, vida saludable, para la mayoría de sus ciudadanos.

Del mismo modo, también es cierto que, a la inversa, determinadas políticas diseñadas e implementadas desde el ámbito de la salud pública, pueden promover programas que violen los derechos humanos “según la manera en que se formulen o se apliquen”.

Las Naciones Unidas, a través de su Comisión de los Derechos Humanos, dieron a conocer, en Agosto del 2007, un documento (Fact sheet N°323) titulado “El derecho a la salud” (“The Right to Health”) en el que éste se definía como “el derecho a disponer de un sistema sanitario, efectivo e integrado, accesible a todos, que se ocupe tanto de la asistencia sanitaria como de los factores determinantes de la salud”.

Pero el derecho a la salud no significa el “derecho a estar sano” sino “el derecho a que los gobiernos establezcan las condiciones necesarias para que todas las personas pueden estar tan saludables como sea posible. En tales condiciones se integran la disponibilidad de servicios sanitarios, la seguridad en el trabajo, los alimentos seguros y nutritivos y el alojamiento apropiado.”

Un sistema de atención a la salud, según la OMS, debe ser o estar:
a) Disponible, en suficiente cantidad;
b) Accesible para todos, ya que no discrimina por razón alguna, y porque lo es desde los puntos de vista físico, económico e informativo;
c) Aceptable, desde las perspectivas ética y cultural, así como para cada género y edad de la vida;
d) De calidad.

La realidad es que el derecho a la salud solamente puede poseerse en plenitud, tanto individual como colectivamente, cuando se vive en una sociedad en la que se respetan y desarrollan los otros derechos humanos.

La OMS ha analizado recientemente las complejas interrelaciones entre la salud de las personas y los derechos humanos, haciendo ver, incluso de manera gráfica cómo la privación o la falta de atención a los otros derechos humanos supone, como corolario, la privación del derecho a la salud.

Las complejas y estrechas relaciones entre derechos humanos y salud, pueden resumirse en tres círculos en cuya confluencia asienta el derecho a la salud:

Las relaciones entre derechos humanos y salud, según la OMS

Las relaciones entre derechos humanos y salud, según la OMS. Imagen: noscuidamos.com

En el primer círculo se agruparían los derechos que protegen genéricamente contra la violencia ejercida sobre el cuerpo humano y cuya conculcación provoca agresiones y lesiones físicas y psicológicas que hacen imposible el bienestar físico, mental y social de la persona, tal como sucede con la esclavitud, la tortura, la violencia contra la mujer y las prácticas agresivas tradicionales en determinadas culturas, como la ablación.

En el segundo círculo se incluyen los derechos humanos que protegen y estimulan el desarrollo físico, mental y social de la persona, los que reducen su vulnerabilidad antes las agresiones externas de todo tipo, como son los derechos a disponer de agua, de alimentación segura y nutritiva, de educación y de información.

Por último, en el tercer círculo se disponen aquellos otros derechos humanos que, según se promocionen o se quebranten, influyen, positiva o negativamente, en el seno de una sociedad concreta, en el desarrollo de la salud, como son los derechos a la participación democrática, a no estar sujeto a discriminación por razón de raza, sexo o género, a la libertad de movimientos y a la privacidad.

En resumen, en las sociedades en las que no se respetan los derechos humanos, en unas de forma masiva y omnipresente mediáticamente, y en otras de forma dispersa, periférica y más o menos oculta, el repetido discurso sobre el derecho a la salud, a pesar de los continuos esfuerzos de las organizaciones internacionales del mundo democrático (ONU, OMS, FAO, etc.) sigue siendo un loable desideratum, impregnado de valores éticos y políticos, aunque, por desgracia, con escasa repercusión en la vida y en la salud de innumerables habitantes del planeta Tierra.