Bebé riendo

Los médicos, aunque de reojo, no han dejado de ocuparse de la risa. Imagen: Thinkstock.

“Sólo de entre los animales
es el hombre el que ríe”

(Aristóteles
en “De las partes de los animales”)

Las publicaciones sobre la risa como método terapéutico, en forma de entrevistas o reportajes, son cada día más habituales en la prensa diaria, tanto impresa como digital. De modo simultáneo, en estos tiempos de profunda crisis económica que afecta al bienestar de la mayoría de la sociedad, parecen multiplicarse las ofertas de “talleres” en los que se promete encontrar la alegría de vivir y la felicidad, así como el alivio o curación de muy diversos trastornos y malestares, mediante sesiones comunitarias en las que se promete enseñar la “dinámica de la risa”.

Desde la ortodoxia biomédica más estricta, la propuesta de la risa como método terapéutico es vista con distanciamiento, y se la inscribe dentro del impreciso territorio de la medicina alternativa, con la denominación de risoterapia o geloterapia (del griego “gelos”, risa y del verbo “gelao”, reír).

Sin embargo, los médicos, aunque de reojo, no han dejado de ocuparse de la risa. En un editorial de la prestigiosa revista British Medical Journal del mes de Marzo del año 1994, titulado Dr Rabelais´s 500 years old prescripcion (“500 años de la prescripción del Dr. Rabelais”), se recordaba que François Rabelais, el famoso personaje del siglo XVI, una insólita mezcla de erudición, humanismo, creatividad literaria y vulgaridad, ex fraile franciscano, ex monje benedictino y finalmente doctor en Medicina por la Universidad de Montpellier, así como autor de las memorables historias de los gigantes Gargantúa y Pantagruel, padre e hijo, había recomendado la risa como terapia efectiva y sostenía que la risa provocada por la lectura de sus libros era una risa terapéutica. En el inicio de su libro Gargantúa (1533), y a modo de introducción a los lectores, se encuentra el siguiente poema:

Amigos lectores que este libro leéis,
despojaos de toda afección
y, leyéndolo, no os escandalicéis.
El no contiene ni mal ni infección.
Verdad que tampoco guarda perfección.
Aprenderéis en él, al menos, a reír;
Otro argumento, mi corazón no puede elegir.
Viendo la tristeza que os mina y reconcome,
mejor es de risa que de lágrimas escribir,
pues que la risa es lo propio del Home.

(Traducción al castellano de Gargantúa de François Rabelais, por el Dr. Antonio García-Die Miralles de Imperial, Editorial Juventud, Barcelona, 1972).

Otro médico francés, también por aquellos tiempos, Laurent Joubert, de Montpellier, publicó en el año 1579, un extenso Traité du ris (“Tratado de la risa”) en el que, además de reflexionar sobre la esencia de la risa, describía su mecanismo corporal, con las contracciones de los músculos que rodean boca y ojos, asociadas con bruscas sacudidas del diafragma, cuando la risa era estentórea.

Pero cuando, ya en nuestro tiempo, la provocación de la risa se propone como un método terapéutico, ¿de qué risa se habla? ¿De la risa como emoción humana positiva, que procura súbitamente alegría y felicidad, o de las secuencias biomecánicas de su expresión corporal, concentrada, según su intensidad, en los músculos faciales y de la fonación, más o menos ruidosa, con la participación de los músculos respiratorios, diafragma incluido, así como de sus presuntas repercusiones fisiológicas positivas sobre la sensación de bienestar?

¿Qué valoración social puede tener el hecho de que la emoción positiva sentida por el que ríe se desencadene muchas veces a raíz de una situación negativa, incongruente, sufrida por otra persona, e incluso por uno mismo? No hay duda, como nos recuerda su etimología, que una súbita situación “ridícula” (del latín “ridiculus”, que hace reír, irrisorio o risible) provoca risa en el que la observa. Así sucedió en la famosa anécdota del filósofo Tales de Mileto, del que cuenta Platón, en su diálogo Teeto, que “mientras se ocupaba de la bóveda celeste, mirando hacia arriba, cayó en un pozo. Por lo que se rió de él una muchacha tracia, jocosa y bonita, diciéndole que mientras deseaba con toda pasión llegar a conocer las cosas del cielo le quedaba oculto aquello que estaba ante su nariz y antes sus pies”. Vayamos pues, en primera instancia, a la significación de las palabras que nos hablan de la risa.

El Diccionario de la RAE define a la acción de reír (derivada del verbo latino “rideo, ridere”) como “manifestar regocijo mediante determinados movimientos del rostro, acompañados frecuentemente por sacudidas del cuerpo y emisión de peculiares sonidos inarticulados”, y a la risa como “movimiento de la boca y otras partes del rostro, que demuestra alegría”, en tanto que la sonrisa es definida como “reírse un poco o levemente, y sin ruido”. Más allá de la risa, la carcajada sería “una risa impetuosa y ruidosa”, una risa estentórea, por ser “muy fuerte, ruidosa o retumbante”.

El Diccionario de Oxford profundiza algo más en los significados sociales de la risa (“laugh”) y la define como “los movimientos y los sonidos que expresan con alegría la diversión y, en ocasiones, cierto menosprecio”, mientras que la sonrisa (“smile”) se describe como “una expresión agradable, amistosa y divertida, con las comisuras de la boca hacia arriba” y, a veces, como “una mirada favorable e indulgente”.

Pero así como la mayoría de los entusiastas discursos, con escasas evidencias científicas (o con referencias tópicas como a las consabidas endorfinas) que tratan de convencer sobre los presuntos beneficios terapéuticos de la risa, deben ser puestos en cuarentena, también es cierto que la preocupación de los seres humanos por lo que la risa sea, y signifique para su bienestar, no es, ni mucho menos, una cuestión trivial que pueda ser despachada, desde la medicina científica, con una indulgente sonrisa.

Porque la significación para el bienestar humano de la risa, una compleja expresión corporal de una habilidad (que se hace patente como sonrisa a las 5 semanas en el recién nacido y como risa alrededor de los 4 meses), que fue interpretada evolutivamente por Darwin como expresión social de la felicidad, ha sido objeto, a lo largo de los siglos, de controvertidas reflexiones, tanto filosóficas como antropológicas. Reflexiones que fueron resumidas en el año 2001 por Quentin Skinner, profesor de Filosofía la Universidad de Cambridge, en una brillante conferencia pronunciada en la Escuela de Altos Estudios de las Ciencias Sociales de Paris, bajo el título “La filosofía y la risa”.

Por el contrario, las investigaciones científicas que tratan de delimitar en el cerebro humano los circuitos anatómicos y fisiológicos por los que transcurren los estímulos para la risa “normal”, sólo se han planteado con exigencia en las últimas décadas, razón por la que los datos de los que se dispone son aún muy fragmentarios. Estas investigaciones han tomado como base de partida el estudio de los pacientes con risa “patológica”, que es una “risa sintomática” de una enfermedad neurológica (sea epilepsia, ictus cerebral o lesiones cerebrales limitadas). En una revisión publicada el año 2003 en la revista Brain titulada “Correlaciones nerviosas entre la risa y el humor”, se llega a la conclusión de que el complejo mecanismo que expresa corporalmente la risa depende de la actividad de dos circuitos neuronales independientes: Por una parte, un circuito “involuntario”, de carácter emocional, que implica a la amígdala, el tálamo, el hipotálamo y áreas situadas bajo el tálamo, así como al tronco cerebral; por otra, un circuito “voluntario”, cognitivo, cuyo origen está en las áreas motoras del lóbulo frontal, que es el que conduce, por la vía piramidal, estímulos interpretativos de la situación, nacidos en la corteza motora, hasta parte anterior del tronco cerebral. Ambos circuitos, y, en consecuencia, la respuesta de la risa ante una situación risible, parece estar coordinada por un centro nervioso situado en la parte posterior de la protuberancia cerebral.

Coincidiendo con estas recientes investigaciones sobre la neuroanatomía y la neurofisiología de la risa, se ha incrementado el interés de las más prestigiosas revistas médicas por el beneficioso papel de la risa y del humor en la relación entre el paciente y su médico.

Como señala Quentin Skinner al final de su conferencia, la risa pertenece a esa clase de acciones corporales involuntarias para las que la civilización de la cultura europea moderna exigía el control voluntario. En las cartas del conde de Chesterfield a su hijo en las que le instruía sobre la conducta ideal de un gentilhombre, decía que “no hay nada más grosero ni de tan mala educación que una risa audible, con deformación chocante del rostro, ya que rebela de forma vergonzosa la pérdida de control del cuerpo. Desearía veros sonreír con frecuencia, pero no escucharos reír”.

Aprender a sonreír amistosamente, con empatía, y, cuando surja la ocasión, a reír con leve sonoridad y contenida distorsión facial y corporal, son muestras de moderación que deben ser incluidas en un estilo de vida saludable.