Médico y persona dependiente

A la hora de “dar esperanzas” al paciente el problema para el médico es encontrar el equilibrio entre lo probable y lo posible. Imagen: Thinkstock.

Mientras que el tratamiento de la enfermedad
puede ser completamente impersonal,
el cuidado de un paciente
debe ser completamente personal

(F.W. Peabody,1927)

E.- ¿Qué hacemos ahora?
W.- Esperar…
E.- Esperar…
W. Es que has perdido la esperanza
(
Samuel Beckett, “Esperando a Godot“, 1953)

El paciente esperanzado
se centra en las posibilidades
y no en las probabilidades.
(W. Rudick,1999)

Un editorial publicado en el Journal of the American Medical Association del 24 de Diciembre, firmado por la editora en jefe de esta prestigiosa revista médica, Catherine DeAngelis, y por James C. Harris, de la Johns Hopkins University, en Baltimore, y titulado The Power of Hope (“El poder de la esperanza”), aprovecha que estos días de navidad y de fin de año son tiempos de nostalgia y de esperanza, para reflexionar sobre el poder de la esperanza del paciente en el buen fin del primer encuentro con su médico, esperanza de que éste pueda hacer algo beneficioso para curar su enfermedad o, al menos, aliviar su sufrimiento.

El diccionario de la RAE define a la esperanza (spes en latín, del verbo spero, sperare) como “el estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”; una buena definición para empezar en la que se hace patente, de entrada, que el que espera carga emocionalmente el acento sobre lo posible, dejando en un segundo plano lo probable. Por el contrario, la desesperanza es el “estado de ánimo en el que se ha desvanecido la esperanza”, hasta llegar, incluso, a la desesperación.

El horizonte emocional de esta esperanza, la que nos atañe por su relación con el encuentro con el médico, queda limitado, por la caducidad del cuerpo, a una esperanza de vida y de calidad de vida, aunque cabe la posibilidad de que trascienda, sin límites, ni espaciales ni temporales, hasta convertirse en una esperanza religiosa.

La esperanza que aquí nos ocupa es un sentimiento positivo que aguarda, con mayor o menor ansiedad, lo que pueda suceder con la supervivencia y la calidad de vida de su atribulado cuerpo, tras su entrevista con el médico. En ese cruce de historias entre ambos protagonistas de la entrevista clínica, la que relata el paciente y la que el médico escribe sobre el guión de ese relato, lo que busca el primero es, al menos, un atisbo de esperanza. La misión del médico es dársela con sus palabras, hasta donde sea éticamente posible, tras sopesar, de manera apropiada para cada situación clínica y humana, lo probable frente a lo posible y lo razonable frente a lo emocional, sin caer en la trampa de las falsas esperanzas.

En último término, la esperanza del paciente es un sentimiento que tan sólo es relevante cuando se fundamenta en un pacto de confianza con su médico; es en estas circunstancias cuando sus leves efectos beneficiosos para la salud del paciente han sido comparados a los atribuidos al llamado efecto placebo. Un efecto definido como la respuesta fisiológica a una sustancia inactiva desde el punto de vista farmacológico, que discurre por centros cerebrales relacionados con las recompensas emocionales (“rewards”) a determinadas acciones, que se asocia positivamente con la actividad defensiva (inmunitaria) del cuerpo frente a las agresiones externas y, posiblemente, con la liberación de hormonas, como la oxitocina y la vasopresina, que intervienen en los mecanismos de las emociones que surgen en las interacciones sociales (“sociabilidad”).

En consecuencia, en la relación paciente/médico es muy importante que éste, en su primer encuentro con el paciente, trate de detectar en su lenguaje corporal y en sus palabras, el grado de su desaliento, de su desesperanza, para que, si los hubiera, intentar mitigarlos, aunque sin promover falsas esperanzas. Porque estas falsas esperanzas impiden a los pacientes estar bien informados acerca de los beneficios del tratamiento propuesto y de su pronóstico vital, lo que supone, desde el punto de vista bioético, una manifiesta interferencia en el principio de la autonomía del paciente, hasta llegar a impedirle, en algunos casos, “dejar sus cosas en orden”.

A la hora de “dar esperanzas” al paciente, lleno de incertidumbres con respecto a su futuro inmediato, el problema para el médico es encontrar el punto de equilibrio, entre la probabilidad y la posibilidad, entre los cuatro principios bioéticos de la beneficencia (hacer el bien al paciente), de la no maleficencia (evitar hacerle mal), de la autonomía y de la justicia.

Al final del estimulante editorial, Catherine DeAngelis y James C. Harris aconsejan a los médicos que deben procurar, tras su primer encuentro con el paciente, que “éste se despida con una mayor capacidad emocional para enfrentarse con su enfermedad”.

Como decíamos, hace ya algunos años, durante el curso académico 1999-2000, en una conferencia pronunciada en uno de los Ciclos de Humanidades Médicas que organizamos por aquellos años en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, “una verdadera relación entre el paciente y su médico sigue siendo clave en el siglo XXI, ya que la Medicina es (o debe ser) en su núcleo básico, una empresa moral fundamentada en un pacto de confianza entre el paciente y su médico. Un pacto de confianza que se establece precisamente mediante un diálogo entre ambos, que sea reconfortante para el paciente”. Es ese pacto de confianza, al que nos referíamos entonces, el que juega un papel fundamental en el posible cumplimiento de la esperanza alentada por el paciente.