Mujer descansando en un parque

Pasear por un entorno natural en la ciudad, como un parque, mejora la capacidad cerebral para procesar la atención voluntaria. Imagen: Thinkstock.

El cerebro es
una máquina limitada
y estamos comenzando
a comprender
las diferentes vías
por las que la ciudad
puede sobrepasar
estos límites

(Marc Berman, 2008)

Un artículo publicado online en la revista Psychological Science, el pasado mes de Diciembre, por Marc G. Berman, John Jonides y Stephen Kaplan, del departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, titulado The Cognitive Benefits of interacting with Nature (“Los beneficios cognitivos de la interacción con la naturaleza”), ha tenido muy amplia repercusión en la red, de la que destacaría un lúcido comentario del psicólogo Jonah Lehrer, aparecido el 4 de Enero en las páginas digitales del prestigioso diario Boston Globe, bajo el título How the city hurts your brain(“Cómo la ciudad lesiona su cerebro”).

El objetivo del trabajo de Marc Berman y colaboradores, una investigación de psicología experimental en la que participaron como sujetos alumnos de la Universidad de Michigan, ha sido comparar los efectos que sobre la función cognitiva y, concretamente, sobre la capacidad de nuestro cerebro para mantener una atención voluntaria, tienen dos entornos diferentes, con cuyos estímulos interactúa: los espacios urbanos y los espacios naturales, es decir, laciudad y la naturaleza.

La importancia que tiene mantener la máxima capacidad cerebral posible a disposición de la atención voluntaria se deriva del hecho de que ésta atención compite continuamente con la atención involuntaria, que es la captada por inesperados y variados estímulos externos que distraen y entorpecen el proceso cognitivo que controla la atención voluntaria; al fin y al cabo, ésta última es la que procura laconcentración mental necesaria para tomar decisiones y resolver conflictos.

Basada en la distinción de estos dos tipos de atención, lavoluntaria y la involuntaria (definidos por William James en su clásica obra Principios de Psicología, 1890), la teoría de la restauración de la atención voluntaria (propuesta por S. Kaplan, 1989) sostiene que la interacción cerebral con los estímulos que nos llegan de la naturaleza nos permite recuperar la atención voluntaria, bloqueada por el predominio de la atención involuntaria ocupada por los estímulos (ruidosos, agresivos e impertinentes) generados masivamente en el moderno entorno urbano.

Esto es lo que han conseguido demostrar los experimentos psicológicos realizados en la Universidad de Michigan:pasear por un entorno natural dentro de la ciudad, como puede ser un parque, con abundante y variada vegetación, e incluso la simple observación de imágenes de la naturaleza,mejora la capacidad cerebral para procesar la atención voluntaria, que es la dirigida, mediante el pensamiento reflexivo, a la resolución de problemas concretos, una capacidad que puede deteriorarse en las personas que viven en un entorno urbano sobrecargado de estímulos.

Las ciudades modernas, en proceso de continuado crecimiento, están llenas de estímulos de todo tipo (sonoros, visuales, olfativos) la mayoría negativos para la función cognitiva cerebral que hace posible, bajo su control, a laatención voluntaria.

Las personas que viven en las modernas ciudades y transitan a diario por estrechas aceras, llenas de todo tipo de obstáculos, eludiendo con dificultad a numerosos cuerpos humanos, unos a marcha demasiado lenta y otros muy apresurados, e incluso a bicicletas, y atraviesan sus anchas calles llenas de un intenso e impaciente tráfico, mantienen sus cerebros inmersos en un ambiente agobiante de “ruido y de furia”, que los trastorna, y los convierte en “cerebros urbanos”.

El trastornado “cerebro urbano”, una consecuencia negativa de vivir totalmente de espaldas a la naturalaza, en las modernas ciudades que transforman paulatinamente sus áreas libres de edificaciones, con algunos atisbos de naturaleza, en inhóspitos espacios grisáceos, “duros” y deprimentes, ha de procesar diariamente los estridentes estímulos generados en la ciudad. Es un cerebro que aqueja lo que se ha denominado un trastorno por déficit de naturaleza (“Nature Déficit Disorder”). La solución estaría en mantener, primero, y crear, después, en el ámbito de la ciudad, entornos naturales, parques que permitan que los “cerebros urbanos” se expongan, de vez en cuando, a los estímulos positivos de la naturaleza, unos estímulos que atraen nuestra atención involuntaria con placidez, sin provocar una respuesta emocional negativa, lo que permite “restaurar” la atención voluntaria y, con ello, los beneficios del pensamiento reflexivo.

Por otra parte, en el cerebro trastornado por el entorno urbano coexiste, con el déficit de atención voluntaria, una disminución de la capacidad de autocontrol, con su correspondiente agresividad; esta asociación se explica por el hecho de que la corteza prefrontal, la responsable de laatención voluntaria, también controla las respuestas urgentes ante la provocación: un cerebro cansado de tanto ajetreo urbano es más propicio a perder el autocontrol ante un mínimo incidente y responder de modo agresivo.

Sin embargo, no todo es negativo, ni mucho menos, para los que viven en las modernas ciudades, multiétnicas, mestizas, democráticas y superpobladas, ya que, a pesar de otros riesgos intrínsecos (crimen, polución y enfermedades), suelen ser ámbitos donde florece, en grado elevado, la creatividady la innovación, probablemente generadas ambas por la riqueza y la novedad de las interacciones sociales que allí se producen, como sostienen estudios teóricos del Santa Fe Institute, en Santa Fe,NM. EEUU.

Por todas estas razones, considerar que, en la incesante remodelación de la ciudad moderna, que sus ciudadanos dispongan de la mayor extensión posible de espacios de naturaleza es algo que simplemente pertenece al territorio de lo “ameno” ( de lo que se entiende como “lugar agradable o placentero por su vegetación” según el Diccionario de la RAE) es un grave error, ya que ignora la importancia vital que tiene para el funcionamiento efectivo del proceso cognitivo cerebral de sus habitantes la frecuente interacción con los estímulos generados en los espacios naturales de la ciudad.

En suma, el reto social y político es encontrar una posición intermedia en el diseño de la ciudad que crece: mientras que, por una parte, despliegue, dentro de su entorno, los espacios de naturaleza suficientes para mitigar el daño psicológico inherente a su modelo urbano, por otra conserve las características urbanas que parecen ser responsables de su capacidad creativa e innovadora.