La Casa Blanca

El sistema sanitario norteamericano se basa en el libre mercado. Imagen: Thinkstock.

“No me hago ilusiones
de que ésta reforma
sea fácil”.
(Presidente Obama)

“Nos oponemos
a un sistema
universal de salud
dirigido por el gobierno”.
(Bobby Jindal, del GOP)

El pasado 24 de Febrero, en su discurso ante la sesión conjunta del Congreso de los Estados Unidos, el Presidente Obama, tras insistir en la extrema gravedad de la crisis económica, diseñó los tres objetivos prioritarios en la agenda de su administración: energía, educación y salud. Lograr el éxito en los tres objetivos es, subrayó Obama, “absolutamente crucial para nuestro futuro económico”.

Existe amplio consenso en que el sistema de salud que se ofrece en los Estados Unidos es muy costoso, poco eficiente y, sobre todo, socialmente muy injusto, a pesar del muy elevado nivel científico y tecnológico, y del prestigio mundial de sus grandes instituciones sanitarias, líderes mundiales en la investigación biomédica. Un sistema fundamentado a ultranza en el libre mercado, con mínimas regulaciones gubernamentales, así como en el poder competitivo de las grandes compañías aseguradoras, la industria farmacéutica y las influyentes asociaciones de profesionales de la salud, en lo que se ha venido en llamar la “industria de la salud”. Como muestra de la muy difícil accesibilidad a las prestaciones en el modelo de Health Care vigente, todas las partes aceptan que unos 40 millones de norteamericanos no tienen asegurado el cuidado de su salud; no obstante, este contundente dato es considerado un mito por algunos de los más acérrimos defensores del sistema actual (“The Top Ten Myths of American Health Care: A Citizen´s Guide”, en www.cato.org).

Reconoce Obama, en su discurso ante el Congreso, que son muchas y muy diferentes las opiniones acerca de cuál pueda ser el mejor plan para lograr esta reforma, para todos necesaria y urgente. Porque lo cierto es, afirma Obama, que “en cada uno de los últimos años un millón de americanos ha perdido, junto con su empleo, su seguro de enfermedad”.

A partir de este diagnóstico inicial y de la constatación de las dificultades que esta reforma presenta políticamente, Obama evita decantarse, en principio, por alguno de los modelos de cobertura universal ya establecidos en otros países, como el sistema canadiense (en el que el gobierno es el único pagador (“single-payer system”), mientras que hospitales y médicos son privados). A la espera de reunir a empresarios y trabajadores, médicos y proveedores de salud, demócratas y republicanos, para conseguir un consenso, Obama ofrece las primeras acciones prácticas dirigidas a aumentar la cobertura sanitaria y reducir los costes. Entre otras destacan las dos siguientes:
a) Un incremento de la partida del presupuesto destinada a los cuidados preventivos (“preventive care”) “para ayudar a los ciudadanos a mantenerse sanos y mantener bajo control el coste del sistema”.
b) Una inversión en un sistema de digitalización de las historias clínicas y en las nuevas tecnologías de la comunicación para “reducir los errores, disminuir los costes, asegurar la privacidad y salvar vidas”.

Al terminar el tiempo de su discurso dedicado a la reforma del sistema de salud de los Estados Unidos (“Health Care”), Obama declara: “no me hago ilusiones de que el proceso que pretendo abrir vaya a ser fácil”.

La respuesta republicana, a cargo de Bobby Jindal, gobernador del estado de Luisiana, fue cortés pero tajante:
a) En primer lugar, una descalificación rotunda de todo intento de intervencionismo del gobierno de Washington en la política de la salud, desde el punto de vista ideológico: “La fuerza de América no se fundamenta en nuestro gobierno; se fundamenta en los corazones compasivos y en el espíritu emprendedor de nuestros ciudadanos”.
b) En segundo lugar, una oposición directa a todo intento de aproximación, aunque sea paulatina, a un sistema universal de salud: “Nos oponemos a un sistema universal de salud dirigido por el gobierno. La decisiones sobre la salud deben ser tomadas por médicos y pacientes, no por los burócratas del gobierno”.
c) Y, en tercer lugar, una declaración de confianza en las capacidades del pueblo norteamericano para diseñar su propio sistema de salud: “Estamos en condiciones de hacer nuestro propio sistema de salud menos costoso y más asequible para todos y cada uno de nuestros ciudadanos”.

En el fondo, en la reforma del sistema de salud, los dos partidos, el demócrata (“cuidados de salud asequibles para todos los estadounidenses”, como prioridad) y el republicano(“libertad individual y mercado libre en la industria de la salud) luchan por imponer su hegemonía ideológica.

Para los republicanos (Michael D. Tarner, Cato Institute, 26 Febrero de 2009), el dominio ideológico y práctico de la política demócrata supondría “el control del gobierno sobre una séptima parte de la economía de los Estados Unidos y sobre alguna de las más importantes decisiones personales y privadas de nuestras vidas”. Para concluir: “El presidente Obama tiene razón. Necesitamos una reforma de nuestro sistema de salud. Pero no la que él desea hacer”.

No obstante, aunque la determinación perseverante del Presidente Obama consiguiera sustituir el modelo actual delHealth Care en los Estados Unidos por un sistema menos costoso, más eficiente y asequible a todos los ciudadanos, no hay que olvidar que para que sea sostenible y eficiente la sociedad debe ser persuadida, individual y colectivamente, de la apremiante necesidad de modificar todos aquellos estilos de vida que son insaludables (Blog “La cultura de la salud: de la persuasión al reto personal”). Esta persuasión sólo puede lograrse mediante la promoción convincente de una cultura de la salud (Blog “Propuestas de innovación rompedora en el sistema de salud norteamericano”).

Con la cultura de la salud se trata de evitar, mediante estilos de vida saludables, no sólo que el cuerpo sea lo menos vulnerable posible, sino que, al ineludible deterioro biológico, se añadan los deterioros provocados por hábitos nada saludables, que acorten la calidad y la esperanza de vida y abran el camino que conduce a la enfermedad. Hacia este objetivo parece apuntar, en el discurso de Obama, la propuesta de un incremento de la partida del presupuesto destinada a los cuidados preventivos con el fin de “ayudar a los ciudadanos a mantenerse sanos y mantener el coste del sistema bajo control”.

En definitiva, no basta con modificar el sistema de salud y hacerlo asequible a todos los ciudadanos para que éste sistema se convierta en sostenible, ya que, como hemos escrito en otro lugar (El País/Salud, 13-IX-2008), “Quienes dan por hecho que basta una amplia, bien dotada y accesible asistencia sanitaria para que se desarrolle una cultura de la salud en la sociedad, cometen un grave error.”