Tabaco

Algunos apuestan por invertir en centros de deshabituación y otros por hacerlo en campañas para motivar el abandono del tabaco. Imagen: Thinkstock.

Necesitamos convencer
a los fumadores
de que son capaces
de dejar de fumar
sin necesidad de ayudas.
Simon Chapman, Australia

Me pregunto cuál sería el número
de fumadores en Australia si sus
admirables campañas mediáticas
hubieran sido apoyadas por los
servicios para dejar de fumar
del Reino Unido.
John Britton, UK

El muy extendido hábito de fumar es, sin duda, uno de los importantes problemas con los que se enfrenta la salud pública. Son abrumadores los cargos presentados contra el tabaco, por la amplitud y la intensidad de sus efectos nocivos sobre la salud, individual y colectiva.

Desde el punto de vista individual, el hábito de fumar acorta la probabilidad de supervivencia a los 75 años, y disminuye la calidad de la vida vivida, incluso cuando los que fuman pertenecen a las clases sociales de mayor nivel económico, y también se asocia con una descenso de la capacidad cognitiva en la madurez, con mayor probabilidad de perder la memoria. En cuanto al riesgo de desarrollar un cáncer, el fumar cigarrillos se considera responsable de 8 de cada 10 casos de cáncer de pulmón, y aumenta la frecuencia del cáncer de colon y recto, así como la mortalidad debida a todo tipo de cáncer.

Para remate de estas graves acusaciones, la combinación del hábito de fumar con otras tres conductas insaludables (beber demasiado alcohol, inactividad física y dieta escasa en frutas y verduras), duplica el riesgo de sufrir una apoplejía (ictus).

Desde la perspectiva de la salud pública, el hábito de fumar, y su asociación con cánceres y enfermedades crónicas, como la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC),incrementa cuantiosamente la carga económica en los sistemas nacionales de salud, a lo que se suma el problema adicional, pero importante, de las lesivas consecuencias delfumar pasivo en los no fumadores. A todo esto hay que añadir los recursos económicos invertidos en la prevención y el tratamiento de esta adicción, en sus dos alternativas:
a) Campañas mediáticas disuasorias que recomiendan, con razones e insistencia, dejar de fumar.
b) Creación y mantenimiento de una extensa red de servicios clínicos dedicados a tratar, desde las vertientes psicológica (consejos y terapia modificadora de la conducta) y farmacológica, la dependencia a la nicotina.

Es precisamente en la valoración de los efectos beneficiosos de las dos alternativas, y en la relación coste/beneficio de ambas, donde han surgido radicales divergencias, curiosamente en el seno de la Commonwealth, puestas de manifiesto en dos comentarios publicados en la revista The Lancet, del pasado 18 de Febrero: Por una parte, Simon Chapman, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Sydney, Australia , y por la otra, y como respuesta, John Britton, del Centro de estudios para el control del tabaco del Reino Unido, en Birmingham. El australiano apuesta porque el proceso de dejar de fumar se haga sin ayudas, confiando en la fuerza de voluntad del fumador, persuadido éste previamente de los daños que éste mal hábito ocasiona en su salud, mientras que el británico desconfía explícitamente de esa voluntad y defiende la deshabituación sistemática con ayudas, en centros especializados (“smoking cessation clinics”).

Ya en el año 1985, Simon Chapman, en un artículo publicado también en The Lancet, argumentaba a favor del abandono de las clínicas de deshabituación del tabaco por su escasa contribución al propósito de reducir el hábito de fumar en la población; sus recursos deberían ser transferidos a las campañas mediáticas masivas dirigidas a motivar el abandono del hábito de fumar, sin ayudas, por el propio convencimiento y la voluntad del fumador. Para Chapman, el argumento más poderoso a favor de su propuesta sería el reiterado mensaje emitido por las clínicas dedicadas a ayudar a dejar de fumar: “usted necesita ayuda y es muy improbable que tenga éxito solo” (you need help and are unlikely to succeed alone). Este, mensaje, según Chapman, habría sido potenciado por la poderosa industria farmacéutica, al dirigirse abiertamente a los fumadores y a los médicos, con productos para reemplazar la nicotina (Nicotinell®, Nicorette®), antidepresivos como el buproprion (Zyntabac®, Quomem®) y un bloqueador de los receptores cerebrales para la acetilcolina de tipo nicotínico como la vareniclinica(Chantix®). Todo ello habría propiciado “una medicalizacióndel propósito de dejar de fumar, y una quiebra de la confianza de los fumadores en su capacidad para abandonar el tabaco por sus propios medios”. Opina Chapman que, aunque numerosos ensayos clínicos muestran que la asistencia prestada por los centros de deshabituación mejora los resultados, dejar de fumar sin ayudas sigue siendo el método preferido por la mayoría de los ex-fumadores.

Como resultado de esta postura, Australia tiene pocos centros para dejar de fumar, mientras vuelca la mayoría de sus recursos en las campañas mediáticas a gran escala destinadas a motivar en los fumadores los intentos personales, sin ayudas, de abandonar definitivamente ese insaludable hábito. Para Chapman “es necesario restaurar en los fumadores la confianza en sus propias fuerzas para dejar de fumar y hacer lo que literalmente han venido haciendo millones de ex -fumadores, sin necesidad de ayudas”.

La respuesta de John Britton, bajo el título En defensa de prestar ayuda a los que desean dejar de fumar (“In defense of helping people to stop smoking”) es contundente: “La conclusión de Chapman de que los servicios de salud no deben ayudar a los fumadores que desean dejar de fumar es equivocada”. Los argumentos de Britton son los siguientes:
a) Fumar es un hábito muy adictivo.
b) Los médicos deben contar con la posibilidad de disponer de centros de deshabituación para los pacientes que ellos tratan.
c) Cuando se dispone de una red de centros de deshabituación , éstos son ampliamente utilizados.
d) Los centros especializados en esta deshabituación presentan una buena relación coste/beneficio.
Para concluir que, “si existe un fallo en la estrategia delNacional Health Service del Reino Unido en su política de ayudas a dejar de fumar, no es haber por medicalizado el hábito de fumar, sino por no haberlo hecho, todavía, de manera suficiente”.

Como puede verse la distancia entre las dos posiciones es muy amplia. Depende de los dos puntos de vista, quizá algo intransigentes y demasiado economicistas. Es muy posible que una aproximación al problema más personalizada sea la postura más recomendable: por una parte, intensificar las intervenciones individuales y colectivas dirigidas a potenciar la voluntad de aquellos que se han propuesto dejar de fumar, sin ayudas de centros de deshabituación, asumiéndolo como un reto personal y, por otra, en los casos en los que, por la intensidad de la dependencia, no se consiga el resultado esperado, recurrir a las ayudas programadas en dichos centros.

Lo importante debe ser la claridad del mensaje dirigido los fumadores: dejar de fumar es una decisión personal inexcusable si se quiere vivir una vida lo más duradera y saludable posible.