Una paciente y un médico dialogan.

Una de las bases de la medicina clínica consiste en interpretar las historias que explican los pacientes. Imagen: Thinkstock.

¿Sabe de qué está hablando su médico?
Pauline W. Chen, 2009

Las palabras que se entrecruzan en el encuentro inicial entre el paciente que solicita ayuda y el médico que se supone puede dársela, suelen ser cada día más escasas y menos convenientes para llevar a buen término el objetivo final de dicho encuentro, que es la curación o paliación del que sufre un malestar.

Y esto es así porque, en la relación entre el paciente y el médico, las palabras que se cruzan son un instrumento clave para que sea eficiente: por una parte, porque permiten al que solicita ayuda relatar la historia de su padecimiento y, por otra, porque aporta al médico los datos mínimos pero suficientes para iniciar, desde la perspectiva que le aportan sus conocimientos y su experiencia, la redacción de la historia clínica, es decir, de una versión médica, provisional, del malestar relatado por el paciente.

Porque, como demostrara Kathryn Hunter en su libro Doctor´s stories. The Narrative Structure of Medical Knowledge. Princeton University Press, 1991 (“Historias de médicos. La estructura narrativa del conocimiento médico”), éste conocimiento se fundamenta en estructuras narrativas, en historias, la del paciente y la del médico, y la medicina clínica es, en gran parte, una actividad interpretativa de esas historias, mediante la cual se trata de acomodar las enfermedades, como abstracciones científicas, a los casos individuales.

Sin embargo, en el inicial intercambio de narraciones que se establece cuando el paciente se sienta frente a su médico, la valoración que éste ha venido haciendo, a lo largo de la historia de la medicina clínica, de las palabras del que solicita su ayuda, siempre ha sido problemática, aunque por motivos distintos.

Cuando la relación entre el médico y el paciente era, o sigue siendo, paternalista, los tiempos para el uso de la palabra en la primera entrevista los marcaba el médico. Según datos de la Calgary Cambridge Guide que en el año 2000 establecía los principios básicos de una buena entrevista médica, tan sólo a una cuarta parte de los pacientes les había permitido el médico completar su relato inicial; la mayoría de los pacientes que lo logran lo hacen en menos de 60 segundos y ninguno más allá de los 150 segundos. Además, los médicos interrumpen con frecuencia a sus pacientes, impidiéndoles aportar datos que podrían ser interesantes para resolver el problema diagnóstico.

Cuando el paternalismo de la relación paciente/médico fue sustituido, en la práctica médica, al menos teóricamente, por una “relación entre adultos“, en la que ambos comparten la decisión terapéutica que haya de tomarse al final de la indagación clínica, el potente desarrollo de la tecnología diagnóstica, la que convierte al cuerpo en transparente y puede detectar en dicho cuerpo la presencia de sustancias que funcionan como marcadores de procesos patológicos, ha propiciado que la entrevista médica se vaya transformando en un encuentro en el que las palabras del paciente sean cada vez más escasas (el paciente se queda, muchas veces, con “la palabra en la boca”) y las palabras del médico son sustituidas, en gran parte, por informes cargados de datos numéricos y palabras técnicas, difíciles de entender por el paciente.

Lo cierto es que los avances científicos y tecnológicos, que han propiciado que la Medicina actual sea tan efectiva y costosa, han contribuido a aislar al médico, rodeado de excesivo “ruido informático y tecnológico”, del paciente como persona, con el riesgo de convertirlo casi en un espécimen biológico, conocido por el médico por sus datos semiológicos y biológicos y no por ser el fruto de una relación personal.

Porque además de escasas, las palabras que el médico dirige al paciente suelen ser difíciles de entender. En un artículo publicado el pasado 2 de Abril en The New York Times, en la columna Doctor and Patient, titulado Do you know what your doctor is talking about? (“¿Sabe de qué está hablando su médico?”), la cirujana Pauline W. Chen subraya que, a consecuencia de la transición del modelo paternalista, centrado en el médico, al modelo centrado en el paciente, en el que éste tiene o debe tener un mayor protagonismo con sus palabras, es necesario que los ciudadanos, presuntos pacientes, dispongan de conocimientos básicos sobre la salud y la enfermedad, y de las palabras apropiadas, obtenidas mediante programas que confluyan en un objetivo común calificado como Health Literacy o alfabetización en la salud.

Una alfabetización en la salud definida en el año 2000 por Ratzan S.C y y Parker R.M, como “el grado mediante el cual los individuos tienen la capacidad de obtener, procesar y comprender la información básica sobre la salud y los servicios necesarios para tomar decisiones apropiadas sobre su salud”.

Una alfabetización indispensable, en la nueva relación paciente/médico, para todos aquellos que buscan información fiable sobre su salud en el espacio digital, y que está implícita dentro de la cultura de la salud como proyecto educativo global (Pera, C. El cuerpo silencioso. Ensayos mínimos sobre la salud. Editorial Triacastela, 2009).

En todo caso, para que este encuentro interpersonal, en el que radica la esencia del acto médico, sea beneficioso para el paciente, y éticamente seguro para ambos, se necesita un espacio sosegado en el que fluyan las palabras, sin presiones externas, y con el tiempo necesario para que se establezca entre paciente y médico un pacto de confianza, un bien, el tiempo, hoy muy escaso en la relación entre paciente/médico, una deficiencia con una etiología múltiple que, por lo que se ve, resulta muy difícil corregir en la medicina social de nuestro tiempo.