“El dolor
es terrible e indecible”

(Sófocles, Filoctetes)

El pasado 22 de Abril, un jurado, presidido por el filósofo Emilio Lledó, concedió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo 2009 al relato de Jorge Martínez Revertetitulado “Una muerte digna”. Un texto, lúcido y emotivo, publicado en el diario El País, el 3 de Febrero del 2008, en el que el autor relataba como su madre Josefina, con 75 años cumplidos, invadida por el dolor cruel y el sufrimiento causado por un cáncer de mama, de tardío diagnóstico y de evolución inexorable, fue ayudada por los suyos a morir sin excesivo sufrimiento y con serenidad.

El jurado del Premio ha destacado como mérito del autor el haber sabido “convertir un suceso de su memoria íntima en un ejemplo de actitud civil ante uno de los asuntos morales más controvertidos de esta época y de todos los tiempos”. Coincido con la trascendencia social del controvertido problema que plantea la llamada muerte digna, una cuestión muy difícil, aunque éticamente insoslayable, sobre la cual ya reflexionamos en estas páginas digitales en el mes de septiembre del 2008 (“La dificultad de definir la muerte digna“).

Esta dificultad se puso de manifiesto, una vez más, en las contradictorias opiniones que surgieron en los medios de comunicación el pasado año, como reacciones frente a la noticia del anteproyecto de ley de la muerte digna (una expresión rotunda y, al mismo tiempo, ambigua) aprobado por la Junta de Andalucía. Una ley limitada al ámbito de los cuidados intensivos tecnológicamente avanzados, y cuyo objetivo era evitar la “obstinación terapéutica” que, en pacientes moribundos sin posibilidades de recuperación para la vida, es aplicada con “ensañamiento” mediante acciones instrumentales “cruentas” y “encarnizadas”.

¿Hasta que punto el relato premiado puede contribuir a mantener viva la conveniente reflexión colectiva sobre la muerte digna? El relato de Jorge M. Reverte es una historia real, contada con la emoción de un hijo, paradigma de otras muchas historias personales, en las que un cuerpo humano, con la historia personal y familiar en él incorporada, lleno de llagas, de dolores y de olores (“olía a cáncer”), a breves pasos de su extinción biológica y psíquica, llega, con extremado sufrimiento, al límite del tiempo biológico que marca su intrínseca caducidad.

Esta historia dramática, por humana, tiene una protagonista absoluta, la madre, de cuyo cuerpo se ha adueñado un intruso inaprensible, un cáncer, metáfora de un desaforado colectivo de células que, con su crecimiento incontrolado, ha roto la siempre inestable armonía de su organismo, al que corroe, destruye y aniquila, con extremado dolor y sufrimiento. Una protagonista consciente del irremediable final del cuerpo en el que ha vivido su historia personal, y que ha tomado la “decisión soberana” de abandonar el hospital y regresar a su último reducto, su casa, para que, desde allí, uno de sus hijos busque quien le ayude a morir sin mayor sufrimiento del que ha ya soportado, mediante el “sueño morboso de la química”, con “serenidad y dignidad”.

Llegado el momento, cuando la madre dejó de escuchar las palabras de su hijo, cuando sus párpados no se levantaban, cuando era incapaz de besar, y cuando sus palabras dejaron de escucharse para siempre, el hijo escogido por la madre para este último trance, tomó su mano entre sus manos, le dijo unas palabras que ella ya no escucharía e hizo lo que se había comprometido a hacer, una simple presión con el dedo pulgar sobre un émbolo, para que los últimos instantes de la vida de su madre no fueron agónicos, sino serenos. Al final del relato, como testigos del drama, los nombres de los hijos de Josefina y una especialista en el tratamiento del dolor “que no puede tener nombre”.

“Espero que (este relato) haya servido de algo, pero no lo sé”, ha dicho Jorge Martínez Reverte en una entrevista telefónica tras recibir el premio. De momento, sirve para mantener viva la reflexión, y la controversia, sobre lo que se ha venido en llamar la muerte digna.

¿Dónde radica la dignidad del morir? nos preguntamos en el blog del 8 de septiembre del pasado año. Resulta muy difícil negar que, más allá de los discursos retóricos, el cuerpo humano es el escenario en el que se desarrollan todas las acciones que pueden ser valoradas como dignas o indignas, entre ellas las que acontecen en el acto final que cierra, súbita o lentamente, serena o agónicamente, su historia personal. Desde este punto de vista, la valoración de una muerte como digna indigna sería el resultado de la correlación, en un momento histórico concreto, desde prejuicios culturales e ideológicos, entre el modo de morir y el concepto de la dignidad humana, ambiguo y subjetivo, aunque universalmente incluido en todos los textos que definen los derechos humanos

La reflexión sobre la íntima relación entre la dignidad de una muerte y el respeto por los límites de lo que se hace con el cuerpo moribundo , se entiende mejor si se compara con lo ocurre cuando lo que se pretende es convertir a una muerte o varias muertes en representaciones ejemplares de indignidad en el morir: en las muertes por violencia asesina, en los ajustes de cuentas, mientras mayor indignidad se busca para la muerte del “ajusticiado” ante la atemorizada sociedad, mayor es el encarnizamiento ejercido sobre el cuerpo (decapitación, desmembramientos). Una agresividad y un “encarnizamiento” que incluso, con otros propósitos, puede aparecer en las acciones médicas “intensivas”, destinadas a mantener, a toda costa, el latido cardiaco y la respiración.

Se hace evidente, en suma, que la dificultad de definir lo que sea una muerte digna deriva de la dificultad de definir a la dignidad humana, ese “especial merecimiento a la persona humana, por ser poseedora de la naturaleza humana que la hace ser tal”, tal como lo intenta, con prudencia, el Diccionario de Lengua de la Real Academia Española.

Defender que la dignidad es un atributo de todos los seres humanos no resulta fácil cuando se hace desde una evocación retórica de dicha dignidad que pasa de puntillas por sus complejos condicionantes religiosos y políticos y, sobre todo, que olvida que millones de personas en todo el mundo sufren las consecuencias humillantes e inhumanas del hambre, la violencia, el analfabetismo y la falta de asistencia sanitaria, viviendo una vida indigna.

Una muerte digna sería aquella que se corresponde con la dignidad intrínseca atribuida al cuerpo humano, un trance amargo cuando el proceso biológico hacia lo irremediable es ya irreversible, en el que se debe respetar la voluntad y la autonomía del moribundo y de sus familiares, una muerte en la que se procure que la agonía no sea cruel ni degradante, sino “decorosa, tolerable, no dolorosa y en paz”.