Portada Benjamin Button

Portada del libro "El curioso caso de Benjamin Button", editada por Punto de Lectura.

“En mi comienzo está mi fin”
“En mi fin está mi comienzo”
“Todo tiempo es irredimible”

T.S. Eliot

Pensar la salud desde el propio cuerpo como un estado que integra, en la persona en él encarnada, el bienestar “sentido” en un determinado momento de la vida, tanto físico como mental y social, exige aceptar que los cuerpos humanos son intrínsecamente vulnerables, están sometidos a un progresivodeterioro y sujetos a una inevitable caducidad.

En un estimulante artículo, publicado el pasado 28 de Abril en el diario El País, titulado La vida, a contracorriente, Manuel Cruz, catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona, disecciona, con manos expertas y sensibles, La extraña historia de Benjamin Button, el famoso relato de F. Scott Fitzgerald. Mientras sale del cine donde acaba de ver la reciente adaptación cinematográfica de esta curiosa historia, escucha, atento, los comentarios de los espectadores. Estos giran alrededor de la caducidad de la vida, con su recorrido implacable hacia la vejez y la muerte, sobre las heridas acumuladas a lo largo de las edades de la vida e, incluso, sobre la fugacidad de los sentimientos amorosos.

En el breve y famoso relato (F. Scott Fitzgerald , El curioso caso de Benjamin Button, Ed. Lumen, Barcelona, 2009), la idea central es la extraña peripecia vital de un ser humano que nace ya viejo, y que a partir de su increíble y espeluznante presentación como recién nacido, de la cual el autor se ahorra todos los detalles, “recorre el tiempo a contracorriente”. Desde su traumática y dramática irrupción en el mundo, sobre todo para quienes asisten en el hospital a su alumbramiento y para su asombrado padre (de lo que sucedió con la madre durante el parto y después del parto no se tiene noticia), ese ser monstruoso que nadie quiere ver (“Tendrá que llevárselo a casa ¡Inmediatamente!” grita la enfermera”) inicia un lento e imparable proceso de rejuvenecimiento; una marcha atrás en las edades de la vida, con sus diversos avatares, cuyo final se cumple, debido a su intrínseca caducidad como ser humano, cuando llega a ser, desde el punto de vista biológico, un verdadero recién nacido. Es entonces cuando llega el fin : “Ya no se acordaba de nada… después todo quedó a oscuras, y la cuna blanca y las caras indistintas que se movían sobre él… se borraron por completo de su mente”.

¿Murió Benjamin con “mejor sabor de boca que el resto de los mortales… con la sensación de un final en el que todo se hacía más lento”?, se pregunta Manuel Cruz en su artículo: si se admite su extraño proceso de regresión biológica, Benjamin abandonaría este mundo adormecido, debido a la muy escasa capacidad cognitiva del cerebro de un neonato, muy pobre “todavía” en conexiones neuronales, aunque no me atrevería a decir que su final fuera “más dulce, más amoroso”.

Volviendo al comienzo de su insólita trayectoria vital, las primeras palabras que el recién nacido Benjamin, con su “cabello ralo y casi blanco, su barba larga de color humo”, pronunciadas con “voz empañada y caduca”, dirige a su estupefacto padre, están cargadas de intemperancia e ironía: “¿Tú eres mi padre?… ¡Buena forma de recibir a un recién nacido! He pedido algo de comer ¡y me han traído un biberón”.

¿Cuándo, dónde y cómo se ha incorporado una historia personal que haga posible tan elaborado lenguaje a ese “recién nacido” cuerpo envejecido, que lleva a cuestas, desde su primeros instantes en este mundo, el deterioro biológicoque correspondería a un anciano de setenta años cumplidos, y que hasta el momento de nacer sólo ha vivido, que se sepa, en el seno de su madre?

Caducar al revés, como le sucede a Benjamin, recorriendo en sentido inverso las edades de la vida que conducen, por naturaleza, a la vejez, un recorrido iniciado cuando está a punto de agotarse la energía vital y se incrementa la tendencia al desorden (entropía), para alcanzar como final del trayecto la edad de recién nacido, es un contrasentido biológico; una ocurrencia tan extremadamente improbable como aquellas que sucedían, de vez en cuando, en los dramas griegos y que obligaban al autor a recurrir, para justificarlas ante los espectadores, a invocar la intervención de los dioses.

En su absurdo viaje hacia la juventud y la niñez, el muy envejecido Benjamin se irá liberando, aparentemente, deldeterioro biológico que tenía acumulado, no se sabe dónde ni cómo. Aunque, a la postre, la travesía de Benjamin hacia la adolescencia y la niñez, una increíble inversión de las inexorables flechas del tiempos (Stephen Hawking, A brief History of Time, Bantam Books, 1988), que apuntan desde el pasado hacia el futuro, debería acumular otros deterioros, porque, al fin y al cabo, terminará siendo un viaje hacia la muerte.

¿Dónde y cómo se manifiesta el deterioro biológico que justifica la caducidad en la aventura vital de Benjamin Button, si lo que le va sucediendo es todo lo contrario, ya que su cuerpo recupera paulatinamente la prudente energía de la madurez, la fuerza osada de la juventud y la inquietud e indecisión de la adolescencia, hasta llegar, eso sí, al estado prácticamente inerme del neonato?

La respuesta amistosa e inmediata de Manuel Cruz a mi electrónica pregunta (Si la caducidad es a contracorriente ¿qué hacemos con el deterioro biológico?) fue, como debe ser, otra pregunta que califica de literaria (¿Y si el deterioro fuera el acné y no las arrugas?). En todo caso, la historia de Benjamin Button, tal como fue contada con brevedad por F. Scott Fitzgerald es una fantasía literaria. La poética respuesta de Manuel Cruz tiene la virtud de que nos incita a seguir reflexionando, entre realidades y deseos, sobre la caducidadde la condición humana, y sobre la conveniencia de retrasarla, con un estilo de vida saludable que atenúe el deterioro biológico.

Lo que no puede negarse es que el bueno de Benjamín Button logra inutilizar de golpe, con su muy extraña vida, tres de los cuatro criterios utilizados por Cicerón para definir la vejez, ya que logra revigorizar su cuerpovolver a los negociosgozar de los placeres, aunque no consiga alejarse de la muerte.