Infancia y adversidades

La adversidad puede provocar enfermedades que acorten la esperanza de vida. Imagen: Thinkstock.

Los orígenes
de muchas enfermedades
de los adultos
pueden encontrarse
en las adversidades padecidas
durante los primeros
años de la vida.

Jack P. Shonkoff, 2009

Estrés es la palabra
utilizada para describir
las experiencias que actúan
como retos emocionales
y fisiológicos.

Bruce S. McEwen, 2009

La asociación entre adversidades sufridas en la infancia y problemas de salud surgidos en la vida adulta ha sido bien establecida. Unos problemas de salud que no sólo afectan al bienestar físico, sino también al psicológico y al social.

La adversidad se entiende genéricamente en el DRAE como “situación desgraciada en que se encuentra alguien”, mientras que el Oxford Dictionary define a la adversity como “a difficult or unpleasant situation” (una situación difícil o desagradable). Los textos médicos en inglés que se ocupan de esta asociación utilizan el término adversities con su fuerte carga emocional y social, e incluso literaria, para definir a las deplorables condiciones que conducen a malvivir la infancia, con sus negativas repercusiones, a largo plazo, sobre la salud.

¿Donde subyace la “conexión biológica” entre las adversidades sufridas durante la infancia y la enfermedades que emergen tardíamente en la vida adulta?En The Journal of American Medical Association (JAMA) del 3 de Junio, tratan de dar respuesta a esta compleja pregunta nada menos que con una “comunicación especial”, un “comentario” y un “editorial”.

Lo cierto es que las adversidades de la infancia que implican un mayor riesgo de propiciar la aparición de enfermedades crónicas en la vida adulta, que acortan la esperanza de vida y deterioran su calidad, son numerosas: pobreza, abuso físico, sexual y emocional, situación de abandono, depresión y drogadicción de los padres y exposición crónica a la violencia, sea real (familiar y escolar ) o virtual (TV y videojuegos). Todas estas adversidades de la infancia se caracterizan por ser factores estresantes, es decir, que tienen la capacidad de inducir, en el niño afectado, un intenso, persistente y dañino estrés.

Estos datos justifican que sea en el cerebro, “órgano clave que determina lo que es amenazante y potencialmente estresante” (McEwen, 2009) y, concretamente, en los mecanismos cerebrales, con sus vías nerviosas y endocrinas de ida y vuelta, sobre los que se despliega la respuesta adaptativa a las agresiones del entorno, en los que se trate de explorar la “conexión biológica” entre adversidad precoz y salud (“early adversity and health”). Este es el objetivo de la “comunicación especial” publicada en el JAMA, firmada por un gran experto en la materia, Jack. P. Skonkoff, y titulada, descriptivamente, como Ciencias neurológicas, Biología molecular y las raíces en la infancia de las disparidades en la salud (“Neuroscience, Molecular Biology, and the Childhood Roots of Health Dispatities”).

En un intento de clarificar las relaciones entre adversidades en la infancia y enfermedades en la vida adulta, conviene definir cuáles son los aspectos positivos y negativos de los diferentes tipos de estrés en la infancia, de acuerdo con la intensidad , la duración y el beneficio de sus efectos, según los criterios del National Scientific Council on the Developing Child (“Consejo científico nacional sobre el niño en desarrollo”):

a) El estrés positivo, moderado y breve, tanto en la agresión como en la respuesta, un mecanismo biológico esencial para una vida saludable, adaptada a los retos del entorno.

b) El estrés tolerable, (como puede ser, hasta cierto punto, el provocado por la pérdida en la niñez de un familiar muy próximo y querido), de mayor intensidad y duración, aunque siempre limitada, en el que las hormonas del estrés (catecolaminas y glucocorticoides) así como citocinas pro-inflamatorias, todas liberadas durante la respuesta, distorsionan de modo transitorio los circuitos neuronales (de modo especial en las áreas cerebrales conocidas como el hipocampo, la amígdala y la corteza prefrontal) un deterioro que es corregido, mediante los mecanismos de adaptación, hasta recuperar la situación previa de equilibrio dinámico (homeostasis).

c) El estrés tóxico, que es aquel que provoca una activación intensa y repetida de la respuesta orgánica al estrés que, por su intensidad y su persistencia, llega a distorsionar gravemente la arquitectura cerebral en ella implicada, y también a otros órganos y sistemas orgánicos. Este tipo de estrés, cuando es sufrido reiteradamente en la infancia, condiciona un descenso del umbral a partir del cual se provoca la respuesta al estrés, generando respuestas excesivas, que dejan de ser adaptativas para convertirse en dañinas para el organismo, una alteración que persistirá a lo largo de la vida, con lo que se incrementa el riesgo de desarrollar aquellas enfermedades que están relacionadas con el estrés crónico, como la enfermedad cardiovascular. En este sentido, importa recordar que el propio cerebro, en especial el hipotálamo y el hipocampo, es objetivo preferente de las acciones dañinas, por excesivas, del estrés tóxico, mediadas por los glucocorticoides liberados en exceso.

La conclusión practica, desde la perspectiva de la cultura de la salud, es que la evidente relación entre adversidad en la infancia y la mala salud en la vida adulta, una relación provocada por la persistencia de una “huella biológica” de las adversidades vividas, a nivel cerebral, , acentúa, en quienes la sufren, la “vulnerabilidad”, incrementa el “deterioro” y aproxima la fecha de” caducidad”.

La consecuencia inmediata, desde el punto de vista de la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad, es que los esfuerzos por alcanzar ambos objetivos deben de de ser intensificados en la primera infancia, mediante intervenciones precoces (“It´s never too early”), programadas por la salud pública, que analicen el entorno en el que vive el niño, y que procuren evitar que se produzcan las estresantes adversidades o, al menos, ponerles remedio, antes de que sea demasiado tarde.