Mujer refrescándose en una fuente.

En los días de bochorno es básico refrescarse para evitar un golpe de calor. Imagen:Thinkstock.

¡Felicidades!
Si está leyendo este texto,
significa que ha sobrevivido
a la ola de calor,
con el cuerpo y
la
mente intactos”
Jon Nordheimer, 1993

Con esta irónica advertencia (que viene a cuento, cuando me dispongo a escribir el texto semanal para este blog, en una Barcelona sometida, hace días, a un agobiante bochorno) el prestigioso periodista Jon Nordheimer iniciaba una de sus habituales columnas en The New York Times, la publicada el 18 de Julio de 1993, bajo el título Summer Sickness- It¨s Not the HeatIt¨s the Hostility (“La enfermedad del verano- No es el calor, es la hostilidad”).

En su columna, Nordheimer hacía constar, como punto de partida de su argumento, que, por primera vez, durante una semana y media, la temperatura en la ciudad de Nueva York no había bajado de los 32ºC, temperatura que, combinada con una elevada humedad ambiental, había originado un calor sofocante. Esta situación meteorológica, expresada en inglés con el nombre sultriness y con los adjetivos sweltering(sweltering heat como “calor sofocante”) y sultry (sultry dayscomo “días sofocantes”), es similar a la que se describe con la palabra castellana bochorno (que corresponde, en lengua catalana, a xafogor).

El Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana de Joan Corominas y el Diccionario de la Real Academia Española coinciden en sostener que bochorno deriva de la palabra latina vulturnus, que designaba a un “viento cálido, especialmente del sur”. En el Diccionario de Uso del Españolde María Moliner se precisa que bochorno, además de “viento extraordinariamente caliente”, define a un “calor sofocante, particularmente cuando va acompañado de depresión atmosférica”. Por otra parte, bochorno, en cuanto “encendimiento pasajero del rostro” que acompaña al calor sofocante, ha venido a significar también, en segunda acepción (DRAE), “alteración del rostro por haber recibido alguna ofensa o sentirse avergonzado”, como ocurre en la expresión facial de una persona “abochornada”, por haber sido “cogida en un renuncio”.

La reflexión de Jon Nordheimer se centraba en las consecuencias que una ola de calor neoyorquina, que ocurrió en el mes de Julio del 1993, provocaba en sus habitantes, hasta invadirlos con una cierta somnolencia y disminuir sus rendimientos en el trabajo, aunque se interesara, sobre todo, por la creciente irritabilidad y hostilidad de los ciudadanos, generadora, a menudo, de acciones violentas.

No hay duda de que vivir y trabajar, días y días, en una gran ciudad en pleno bochorno, con temperatura ambiental y humedad atmosférica elevadas, no es bueno para la salud, debido a sus nocivos efectos sobre el bienestar, no sólo físico, sino mental y social. Los valores previstos en Cataluña para este fin de semana son: 38º C en Lleida, 36,5º C en Girona, 33.1º C en Barcelona y 31.3º C en Tarragona. Ante estas previsiones, la Generalitat mantiene una situación de alerta para la ola de calor.

El bochorno no sólo es una incómoda sensación de malestar, caliente, pegajosa y fatigante, que amarga la vida y altera el carácter, sino un riesgo para la salud, por su carácter estresante, que distorsiona el mecanismo de la termorregulación, indispensable para mantener el equilibrio entre la temperatura corporal y la temperatura externa; estas alteraciones son especialmente peligrosas en los niños menores de 4 años, en las personas ancianas y en las debilitadas por alguna enfermedad crónica.

El golpe de calor, la más grave de las consecuencias delbochorno, se puede producir cuando se combinan una temperatura ambiental elevada con una alta humedad relativa (la que expresa la relación entre el contenido real de vapor de agua en el aire y el máximo contenido posible expresado en tanto por ciento). Esta combinación impide que el cuerpo pueda evaporar, como hace en circunstancias normales, el sudor que recubre su piel, con lo que consigue enfriarse gastando calorías: la consecuencia es que el cuerpo pierde la capacidad de controlar su temperatura. En el golpe de calorla temperatura corporal aumenta con gran rapidez (hasta los 41º C en 10 a 15 minutos), una hipertermia que se asocia con piel enrojecida y seca, pulso rápido y fuerte, náuseas y vómitos, así como con manifestaciones neurológicas, como dolor de cabeza, mareos e, incluso, convulsiones.

En el agotamiento por calor, la más leve de las consecuencias del bochorno, se pierde agua y sal, una pérdida que afecta al equilibro del agua extracelular, con los electrólítos en ella disueltos (sodio, potasio, cloro, etc.); los síntomas y signos de este desequilibrio son: sudoración profusa, palidez, calambres musculares, cansancio, debilidad, mareos, dolor de cabeza, náuseas vómitos, desmayo, piel fría y húmeda, pulso rápido y leve, y respiración también , rápida y superficial.

En pleno bochorno, lo más importante es tomar las medidas apropiadas para prevenir sus consecuencias nocivas, mediante la reposición de las pérdidas de agua y electrolitos, la reducción de la actividad física realizada al sol y la frecuentación de áreas sombreadas y aclimatadas, medidas que hagan posible, incluso, que, al final de un bochornoso día, llegue el momento de decir, como hiciera José Ángel Valente, en su poema “Ramblas de Julio, 1964″:

“Ahora la conversación urbana
Sobre política y literatura
En un tórrido julio inanimado…”