Habitación con vistas a la naturaleza

La percepción visual de un agradable entorno natural a través de las ventanas puede ser beneficioso para recuperar la salud. Imagen: Thinkstock.

“Los diseños
arquitectónicos “verdes” serían tan beneficiosos
para la salud
de las personas
como para la salud
del planeta”.

(Esther M. Sternberg, 2009)
La idea de que convivir lo más posible con la naturaleza sería beneficioso para la conservación de la salud y la curación de la enfermedad, era ya dominante en la medicina de la Grecia clásica. Los templos sanadores, como el de Epidauro, dedicados al mítico Esculapio, el médico que, por resucitar a los muertos, fuera fulminado por Zeus, para después ser proclamado dios de la medicina, fueron construidos lejos de las ciudades, en lugares elevados, apacibles y relajantes, en un entorno en el que se procuraba el contacto de los atribulados pacientes con la belleza del frondoso paisaje, o la vista del mar.

Por el contrario, es evidente que el impacto del creciente entorno construido por los seres humanos, destruyendo y transformando, de manera inmisericorde, a la naturaleza, ha sido, y sigue siendo, claramente negativo para la salud y el bienestar del cuerpo.

Hoy sabemos que los beneficios sobre el bienestar del cuerpo, tanto físicos como psicológicos, derivados de una cierta convivencia con un entorno natural, pueden generarse, incluso, tras su simple percepción visual, aunque se limite a breves espacios de vegetación, enquistados en el seno de masivos entornos urbanos.

Fue Roger S. Ulrich, un psicólogo ambiental delDepartamento de Geografía de la Universidad de Delaware, quien, en un trabajo ya clásico, publicado en la revista Science del mes de Abril del 1984, bajo el título View Through a Window May Influence Recovery from Surgery (“La vista a través de una ventana puede influir en la recuperación de una intervención quirúrgica”) logró demostrar científicamente que la percepción visual de un entorno natural era beneficiosa para la salud.

Mientras que 23 pacientes, tras la extirpación quirúrgica de la vesícula biliar, fueron ubicados en habitaciones con ventanas por las cuales podían contemplar un agradable espacio natural (un grupo de árboles y matas), el mismo número de pacientes, sometidos también a la misma intervención quirúrgica, y con idéntica asistencia de enfermería, ocuparon habitaciones en las que, al abrir sus ventanas, no veían más que una cercana pared de ladrillo. La determinación, en los dos grupos de pacientes, de una serie de constantes biológicas, y el seguimiento preciso de la evolución postoperatoria, permitió a R. S. Ulrich demostrar que la percepción visual de un espacio natural a través de una ventana ejercía influencias beneficiosas sobre los pacientes en proceso de recuperación, ya que presentaron menor número de complicaciones, necesitaron menos dosis de analgésicos y una estancia hospitalaria más corta.

¿Cuál es el mecanismo biológico que hace posible que la simple percepción visual de una imagen placentera de la naturaleza se transforme en respuesta biológica que influye, de manera positiva, en el mantenimiento del bienestar y, en su caso, en la curación de una enfermedad?

Esther Sternbergprofesora de Inmunología neuroendocrina y Conducta en el Instituto Nacional de Salud Mental de los EEUU, en Bethesda, Maryland, acaba de publicar en el pasado mes de Mayo un atrayente libro titulado Healing Spaces. The Science of Place and Well-being (Harvard University Press), en el que trata de contestar a dicha pregunta, la cual, a priori, podría parecer poco científica. Pero la cuestión fundamental, que surge tras la experiencia de R.S. Ulrich, no es si las ventanas, y las vistas de la naturaleza a través de ellas percibidas, pueden ayudar a sanar a los pacientes operados, sino cómo funciona el mecanismo que hace posible que esta percepción visual se convierta en beneficiosa para la salud.

El diseño argumental del libro de Esther Sternberg se apoya, en su inicio, en la pionera investigación de R.S. Ulrich. En su opinión, la visión de un entorno natural, del mismo modo que la luz del sol, la meditación, la música y el ejercicio físico, alteraría el equilibrio de hormonas y neurotransmisores del sistema nervioso central, lo que conduciría a una modificación, en este caso beneficiosa, de la respuesta del sistema inmunitario, que es el sistema defensivo y reparador, por excelencia. Aunque quedan muchos cabos por ligar, las vías neuroendocrinas que conectan la percepción sensorial de un entorno saludable con una respuesta biológica también saludable y sanadora, podrían explicar, incluso, muchos de los beneficios que para la salud tienen todas aquellas acciones que consideramos relajantes, como hacer yoga, sentarse frente al mar o pasear tranquilamente por un jardín o un parque.

En la creación de una conjunción física y emocional, que llegue a ser saludable y sanadora, entre “habitación” y “entorno natural”, a través de ventanas y ventanales, la colaboración entre quienes se ocupan de la Arquitectura y quienes se preocupan de la Salud, ha sido históricamente muy importante, y debe seguir siéndolo. Esther Sternbergdedica una especial atención en sus páginas a algunos ejemplos de arquitectos contemporáneos, ya clásicos, que se empeñaron en la tarea de integrar la arquitectura con el organismo humano y a éste con el entorno natural, comoFrank Lloyd Wright (1867-1952), Richard Neutra (1892-1970) y Alvar Aalto (1893-1976).

En suma, la percepción visual, a través de ventanas, de un agradable entorno natural, desde el “espacio definido”, aunque no “cerrado” (F. Lloyd Wright) en el que se viva, no sólo puede ser beneficiosa para quienes gozan de buena salud, sino para aquellos que se encuentran en plena recuperación de la salud, transitoriamente perdida, o de una agresión quirúrgica.