Mujer leyendo en una tumbona

Durante las vacaciones se debe acentúar el estilo de vida saludable. Imagen: Thinkstock.

Sestear:
Reposar a la sombra
a la hora de sexta
que es el mediodía.
Sebastián de Covarrubias

Tras la habitual interrupción del pasado verano, este blog ha desplegado en su espacio, semana a semana, el texto de la reflexión oportuna, sugerida por alguna información, relevante y fiable, surgida en el ámbito de la salud, y que, además, pudiera contribuir a la expansión de su cultura. Unas reflexiones en las que siempre hemos pretendido conjugar las exigencias científicas con sus resonancias humanas, entendidas éstas en su más amplio sentido.

La cultura de la salud, que es, al fin y al cabo, la cultura del cuerpo exige concederle a éste un descanso, a su debido tiempo, y no sólo como cuerpo, sino como mente que desde ese cuerpo se expresa con la palabra, hablada y escrita, la mirada y el gesto.

Aunque, como escribiera Cesare Pavese, en su famoso poema, “trabajar cansa” (“laborare stanca”) -desde luego si se tiene la oportunidad de hacerlo, tan difícil en estos tiempos críticos-, cuando el trabajo se realiza con un propósito bien definido, y en un ambiente amistoso y creativo, la fatigaacumulada, día a día, es atemperada. y se hace más llevadera, ante la recompensa de los logros conseguidos.

No obstante, cuando el verano se nos ha venido encima, elcansancio (sentido como esa creciente fuerza de la gravedad que tiende a “doblar” el cuerpo) termina condicionando nuestra actividad, no sólo respecto al cuerpo, que se siente cada día más cansino, sino sobre la mente, que se comporta confusa, con mayor frecuencia de lo habitual.

Esta situación de fatiga, física y mental, es la consecuencia del estrés psicosomático acumulado durante el año que tenemos a nuestras espaldas, acentuado por el “ruido y la furia” de la gran ciudad, y el bochorno que nos invade. Ha llegado, pues, la hora de hacer un breve alto en el camino para recuperar el aliento, o para decirlo con la hondura del lenguaje de Miguel de Unamuno, tomar huelgo.

Y para tomar huelgo (“descansar un rato de cualquier actividad o trabajo para volver a ellos”, según el DRAE) está la vacación (la vacatio, onis, latina) definida como “cesación del trabajo”, y como “estar desocupado, ocioso y libre”.

Un espacio de ocio en el calendario de cada año de trabajo, durante el cual cabe aún acentuar, con sosiego, el estilo de vida saludable: dedicar más tiempo a la actividad física regular y al deporte; gozar, sin prisas, de la comida sana y apetitosa, y de la bebida, si place y conviene, todo ello con moderación; complementar el sueño perdido con el reposo de la siesta; llenarse los ojos y la piel de naturaleza; disfrutar del placer de la palabra, con la lectura, la escritura y la conversación amigable; dejar fluir las ideas, en una soledad deseada, frente al “mar de las muchas voces”, y disfrutar, en este escenario, del placer que procura la reflexión, con un libro entre las manos. Porque para Cicerón, una vacación podía significar, por añadidura, “estar libre para pensar filosóficamente” (“vacare philosophie”).

En suma, con éste breve intermedio veraniego se trata de recuperar el mayor bienestar posible, a pesar de la infelicidad que nos rodea, a no demasiada distancia de nuestra pretendida felicidad. En todo caso, no dejará de ser “un sentimiento de equilibrio y sosiego interior continuamente amenazado por la “consciencia de la miseria, la violencia y la crueldad existente en el mundo” (Emilio Lledó. Elogio de la infelicidad).