Masificación urbana

La población se concentra en las grandes ciudades. Imagen: Thinkstock.

“La ciudad rompe
contra el campo,
dejando en sus
orillas amarillas
en el polvo de hoy
que será barro luego,
los miserables restos
de un naufragio
de colosales dimensiones”
Ángel González,
Estío en Bidonville.

En la habitual despedida para el “breve intermedio veraniego” escribíamos que era llegado el momento de hacer un breve alto en el camino para recuperar el aliento, y lograr, en esos días, el mayor bienestar posible, a pesar de la infelicidad que nos rodea, a no demasiada distancia de nuestra pretendida felicidad, con la “consciencia de la miseria, la violencia y la crueldad existente en el mundo” (Emilio Lledó. Elogio de la infelicidad).

Tras disfrutar de la calma junto al mar, y de vivir la vida de cada día del modo más saludable posible, con los ojos y la piel llenos de naturaleza, y disfrutar del placer de la palabra, con la conversación sosegada, y la lectura y la escritura, en esa esporádica soledad deseada que propicia la reflexión, hay que retornar a la ciudad, con entusiasmo renovado. A la urbe ruidosa, que este año nos aplasta el ánimo con la humedad de inusual bochorno, que acentúa sus malos olores, y con sus edificios, calles y avenidas como monótono paisaje para una mirada ya de horizonte muy acortado. Pero, al fin y al cabo, es nuestra ciudad, en la que nos gusta vivir y en la que transcurren nuestros trabajos y nuestros días. Somos seres urbanos.

Ya sabemos que la urbanización como proceso que está en marcha desde hace unos 250 años –ese crecimiento progresivo del número de habitantes del planeta que vive en grandes ciudades, abandonando las áreas rurales, esa acelerada dialéctica campo/ciudad (rus/urbs), y que se decanta con rapidez, en los últimos tiempos, por la segunda opción- tiene unas indudables ventajas para la economía y para la salud, que sobrepasan a los inconvenientes. Pero, desgraciadamente, de estas ventajas tan sólo puede disfrutar una parte de la población mundial urbana, la que vive en la ciudad propiamente dicha, y no en sus suburbios.

De regreso a la ciudad, me llega a las manos un breve artículo publicado en The New England Journal of Medicine del 29 de Agosto, bajo el título “Urbanization. An Emerging Humanitarian Disaster (“Urbanización. Un emergente desastre humanitario”), firmado por Ronak Patel y Thomas Burke, de la División de Salud Global y Derechos humanos de la Harvard Medical School, en el que sus autores llaman la atención sobre un recién conocido dato epidemiológico muy preocupante: más del 50% de la población mundial vive (malvive) en áreas urbanas o, para ser más directos, en las áreas suburbanas de condiciones inhumanas que están creciendo “donde la ciudad rompe con el campo”.

En China, por ejemplo, la mitad de su población (870 millones) vivirá, en menos de una década, en grandes ciudades, y en Africa, la capital de Boswana, Gaborone, pasará de 186.000 a 500.000 habitantes para el año 2020. En términos globales, se calcula que, para el año 2030, la población urbana crecerá hasta alcanzar los 4,9 billones, mientras que la rural disminuirá en 28 millones.

En el mes de marzo del 2005, la revista The Lancet, en un artículo sobre el Proyecto Millennium de la Naciones Unidas sobre la Salud Global, había anunciado de manera prospectiva estos preocupantes datos, subrayando el reto que para la salud en el siglo XXI representarían los superpoblados suburbios de las grandes ciudades, sobre todo en los países en vías de desarrollo muy aceleradas.

Entre las causas de esta caótica y masiva migración global del mundo rural al mundo urbanizado se encuentra la desesperada búsqueda de trabajo para sobrevivir y los desastres naturales. Las grandes ciudades, centros de proceso de industrialización, se resisten a acogerlos en sus núcleos verdaderamente urbanizados, y los retiene en la periferia, donde se generan superpoblados cinturones periurbanos, en los que se acumula la miseria humana. Según el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (UN-Habitat), el 43% de los residentes urbanos de países en fase avanzada de su desarrollo económico, como Kenia. Brasil e India, viven en estas aglomeraciones periféricas de chabolas, en “slums” (palabra definida en el Oxford Dictionary como “a squalid and overcrowded urban area inhabited by very poor people”), mientras que en países mucho menos desarrollados, como Haití, Etiopía y Bangladesh, este porcentaje alcanza el 78%.

Las familias que se asientan en estas aglomeraciones suburbanas –ni urbanas ni rurales– viven en condiciones inhumanas, muchas veces rodeados de los vertederos de basura de la ciudad y de aguas contaminadas por productos tóxicos vertidos por las fabricas del extrarradio. La ciudad, la urbe soñada, no dispone para estas aglomeraciones de recién llegados a su periferia de los servicios más esenciales para un vivir saludable: agua potable, seguridad alimentaria, letrinas, alcantarillado, asistencia sanitaria primaria, vacunaciones, etc. Acepta su presencia, pero son prácticamente ignorados. Esta situación genera, en estos suburbios superpoblados, un claro incremento del riesgo de adquirir y de propagar enfermedades infecciosas, de sufrir o perpetrar violencia, accidental o deliberada, y de caer en la drogadicción.

El mensaje de los expertos de la Harvard Medical School es claro: la urbanización caótica que se está acelerando en las últimas décadas es un grave riesgo para estas nuevas poblaciones suburbanas, sumamente vulnerables, que se convierten en terreno abonado para el incremento de enfermedades endémicas, y con el riesgo adicional de que sean punto de origen de epidemias y pandemias emergentes que se extiendan en la totalidad del mundo urbanizado

En consecuencia, las administraciones deben mejorar los sistemas de recolección de datos epidemiológicos de estas masivas poblaciones suburbanas, para conocer la realidad del problema y con el objetivo de poder planificar los remedios, que no son otros que la construcción de infraestructuras saludables, el desarrollo de programas de asistencia y la aportación recursos. De lo contrario, esta falsa urbanización, que afecta en algunos países en vías desarrollo al 50% de la población urbana, conduciría a un desastre para la pretendida salud global.