Asia

La pobreza tiene su peso en las muertes de jóvenes. Imagen: Thinkstock.

Los preferidos
de los dioses
mueren jóvenes

Menandro
(342 a.C – 292 a.C.)

Morir en la adolescencia, o en la primera juventud, podría considerarse casi como una aberración biológica, por tratarse de una brusca interrupción, muy a destiempo, de un proyecto vital en marcha, cercano a su apogeo.

El carácter inesperado del fin de la vida, cuando ocurre en edades tempranas, se consideró en la cultura griega como una “muerte heroica”, como una “bella muerte” (καλόν κακόν), prueba de preferencia por parte de los dioses. Según el relato de Hésiodo, en su poema Los trabajos y los días, “los héroes de la edad de bronce no tienen tiempo de envejecer: todos mueren en el combate, en la plenitud de la edad” (Jean Pierre Vernant, Mythe et pensée chez les Grecs, Maspero, 1974). En la ideología romántica, la muerte antes de tiempo fue exaltada como “muerte en plena juventud”, apropiado colofón tras una vida intensa y bien cumplida, aunque llena de infortunios amorosos, como los del joven Werther. En la sociedad de nuestro tiempo y lugar, la muerte súbita de un joven atleta origina emociones colectivas que lo transfiguran en héroe.

Pero no es este el caso para la inmensa mayoría de muertes anónimas, y en su mayoría crueles, de adolescentes y jóvenes, que ocurren cada año en nuestro mundo. Un estudio epidemiológico, a nivel global, en cuyo análisis se incluyen 112 países, realizado en la Universidad de Melbourne, y publicado en la revista The Lancet la pasada semana, llega a la conclusión de que, en el año 2004, en una población mundial de 1,8 billones de adolescentes y jóvenes (entre los 10 y los 24 años de edad) se produjeron 2,6 millones de muertes, de las cuales, 2 de cada 5 fueron causadas por violencia accidental o intencionada.

Pero el estudio, auspiciado por la OMS, además de subrayar la ola creciente de violencia que invade el mundo juvenil, contiene otros datos muy relevantes: En términos globales, la distribución de la mortalidad pone de manifiesto, una vez más, el escándalo de la fractura del mundo entre la riqueza y la pobreza, entre el sobrepeso y la emaciación: el 97% de todas las muertes de adolescentes y jóvenes (2,56 millones) ocurrieron en países en vías de desarrollo, con la renta per capita más baja, mientras que, desde el punto de vista geográfico, casi dos terceras partes de las muertes (1,6 millones) correspondieron al África subsahariana y al Sudeste asiático. Dicho de otra manera, más impactante, tan sólo el 3% de las muertes de adolescentes y jóvenes ocurrieron en países con las más elevadas rentas per capita, en los que vive el 11% de toda la población mundial entre 10-24 años.

Si bien, y en cifras globales, es clara la tendencia a la disminución de las infecciones como causas de estas muertes precoces, el SIDA y la tuberculosis fueron las causas del 11% de la mortalidad global, entre los 10 y los 24 años, y con los porcentajes más elevados en los países más atrasados en su desarrollo.

La violencia no intencionada de los accidentes de tráfico fue la causa más frecuente de muerte en adolescentes y jóvenes del sexo masculino (el 14% global y 32% en los países más desarrollados), y sólo del 5% de las muertes en el sexo femenino, mientras que la violencia intencionada fue la causa del 12% de las muertes en el sexo masculino. Por otra parte, el suicidio, como violencia intencionada autoinfligida, fue la causa del 6% de todas las muertes.

Mientras que la violencia es la causa predominante de muerte en adolescentes y jóvenes del sexo masculino, los problemas provocados por una maternidad, por lo general “abandonada a su suerte”, con un 15%, fueron las causas más frecuentes de muerte en las adolescentes y jóvenes del sexo femenino, sobre todo en países en vía de desarrollo.

A pesar de la sorpresa que provoca la muerte, a destiempo biológico, de adolescentes y jóvenes, no hay que olvidar que en todas las edades de la vida humana, incluso en sus primeras etapas de crecimiento y consolidación, como son la infancia, la adolescencia y la juventud, el cuerpo humano que las sustenta, por esencia caduco, se comporta intrínsecamente como vulnerable y deteriorable  sobre todo si de él se hace abuso.

No obstante, la vulnerabilidad y el deterioro que ponen en riesgo la vida de los cuerpos adolescentes y jóvenes no es, como sucede en la madurez y en ancianidad, la consecuencia biológica de un largo uso (al que suele sumarse, en mayor o menor grado, el abuso infligido por el propio cuerpo y por un entorno insaludable), sino de inhumanas y crónicas privaciones de lo mínimo necesario para vivir, así como de acciones agresivas de todo tipo, en su mayoría violentas, del medio ambiente y de los otros cuerpos, que sobrepasan, con mucho, la capacidad defensiva de unos jóvenes cuerpos desnutridos y debilitados, degradados a terrenos baldíos para el crecimiento que biológicamente les correspondería.

Es muy preocupante que la adolescencia y la juventud se hayan convertido, en nuestro tiempo, en un tramo vital muy vulnerable a la violencia, accidental o intencionada, que campa a sus anchas en las sociedades contemporáneas de toda condición, ricas y pobres; lo que varía es el tipo de violencia. Y también lo es el incremento de deterioro autoinfligido en la adolescencia y la juventud, por estilos de vida nada saludables, en los que son protagonistas las drogas y el alcohol. En términos globales, de la predominancia de las causas infecciosas en la mortalidad de adolescentes y jóvenes, se ha pasado a la predominancia de las causas sociales (R.W. Blum, 2004).

Pero mientras que en los adolescentes y jóvenes de los países desarrollados dominan las agresiones contra sus propios cuerpos ahítos, buscadas de manera irresponsable, en los países “dejados de las manos de los dioses”, en los que injustamente malvive una gran parte de la población mundial de adolescentes y jóvenes, la causa de las muertes prematuras, fuera de lugar, nada heroicas, es la extrema penuria, consentida por el resto de la humanidad.