Pensador

La actividad física se relaciona con la función cerebral. Imagen: Thinkstock.

“Mens sana
in corpore sano”

Juvenal,
Sátira 10

Un creciente número de estudios clínicos y experimentales apoyan la tesis de que una actividad física realizada con motivación, como contraposición al indolente sedentarismo, es beneficiosa para la salud, tanto física como mental. Hasta tal punto se considera como probada la asociación actividad física/salud que las recomendaciones de la salud pública sobre la actividad física necesaria para mantenerse en forma, se han convertido en obligatorias y prioritarias, dentro de lo que, en la cultura de la salud, se entiende como un estilo de vida saludable.

Pensar desde el cuerpo, superado el “dualismo cartesiano”, conduce a deducir que los comprobados beneficios de la actividad física deben repercutir no sólo en el cuerpo “extendido” en el espacio en el que vive (la “res extensa” cartesiana), sino, también, en su “res cogitans”, dicho llanamente, en el cerebro, su parcela pensante.

Dos son los principales interrogantes a los que se intenta dar respuesta en las investigaciones en marcha acerca de la beneficiosa asociación entre actividad física y salud mental:

¿Qué tipo de actividad física, según el combustible utilizado para la generación de energía (metabolismo energético), tiene un mayor efecto positivo sobre la modulación de las funciones cerebrales, la aeróbica, de larga duración, que consume oxígeno muscular, o la anaeróbica, explosiva y de muy corta duración, que agota con rapidez las escasas reservas musculares de glucógeno?

¿Cuáles son los mecanismos, a nivel celular y molecular, que hacen posible que la actividad física module, para mejorar, las funciones cerebrales, de modo especial la función cognitiva?

En un estudio experimental, publicado en el Journal of Physiology de este mes de Septiembre, en el que se relacionan dos tipos de actividad física de ratones de laboratorio, una voluntaria y otra forzada, con la liberación de varias proteínas que funcionan como factores de crecimiento que contribuyen a remodelar áreas cerebrales relacionadas con la memoria y el aprendizaje, sus autores llegan a la siguiente conclusión: es en los ratones a los que se fuerza a correr al máximo, y no en los que lo hacen “a su antojo”, en los que se detecta una mayor presencia in situ de dichos factores de crecimiento, asociada a una más significativa mejoría de sus funciones cerebrales, probablemente relacionada con una más intensa actividad aeróbica de sus músculos, durante los ejercicios. Los ratones que “corren a su antojo” se divierten, pero no se esfuerzan, por lo que su actividad física aeróbica es escasa, y de menor repercusión beneficiosa sobre la función cerebral.

Estos efectos beneficiosos de la actividad física aeróbica sobre las funciones cerebrales se deberían a que es capaz de inducir, a través de un incremento en la liberación in situ de factores de crecimiento cerebral, cambios estructurales en determinadas áreas, como el hipocampo. Estos cambios suponen la formación de más vasos sanguíneos (angiogénesis), de nuevas conexiones o sinapsis entre las neuronas (sinaptogénesis) e, incluso, la probable, aunque muy limitada, generación de nuevas células nerviosas (neurogénesis).

El trabajo experimental que ha estimulado la reflexión de esta semana, confirma, a nivel celular y molecular, los recientes hallazgos en seres humanos, publicados este mismo año (Medicine & Science in Sports & Exercise, Abril, 2009) por investigadores de la Universidad de Illinois, acerca de la relación entre los dos tipos de actividad física y la función cerebral: son los ejercicios físicos aeróbicos, de moderada intensidad, como caminar a paso vivo, y no los ejercicios físicos anaeróbicos (ejercicios de resistencia, como levantar pesos), los que inducen cambios positivos en la capacidad cognitiva, sobre todo en la denominada “memoria de trabajo”, tan importante en el denominado “control ejecutivo” de una situación compleja.

En resumen, parece probado que la actividad física necesaria para vivir una vida saludable debe ser no sólo aeróbica, sino cumplida de manera regular, es decir, sometida a la exigencia de una disciplina. En los menesteres cotidianos dedicados a cuidar al cuerpo en su integridad, la disciplina exigida para que la actividad física sea beneficiosa para el cerebro, puede ser impuesta desde el propio cuerpo, ya que, con una buena motivación, surgida de la consciencia de lo que se entiende como cultura de la salud, uno mismo puede ser su mejor y más exigente entrenador personal.