
Para lograr la empatía el médico no debe ser ni prepotente, ni paternalista, ni disciplente. Imagen: Thinkstock.
“El médico puede facilitar
la curación del paciente
reconociendo conscientemente
su propia vulnerabilidad”.
Glin Bennett
En la Grecia mítica, fue el centauro Quirón el que enseñara el arte de curar a Asclepio, hijo póstumo de Apolo y de Coronis, (latinizado como Esculapio, dios de la medicina). Quirón, que combinaba la sabiduría del hombre con la fuerza instintiva del caballo, alcanzado por una flecha envenenada lanzada por Hércules, sufrió una herida de la que no pudo curarse, por lo que se convirtió en el arquetipo del sanador herido (“the wounded healer”), desde entonces un mito de amplio recorrido transcultural. Así, por ejemplo, en el chamanismo, y en otros sistemas primitivos de la medicina, la autoridad y competencia del sanador, cuando interactúa ritualmente con el que sufre, se deriva del proceso iniciático durante el cual adquiere, en su propio cuerpo, la experiencia de la enfermedad, transformándose, de este modo, en un sanador herido dotado de poder terapéutico.




