Dólares enrollados en un fonendo

'La medicina defensiva puede contribuir a los costes innecesarios'. Imagen: Thinkstock

“More is not
necessarily better.
In many cases,
less is better.”

Bernard Rosof
National Quality Forum, USA

El Presidente Obama, en su intervención del día 9 de Septiembre ante la reunión conjunta del Congreso de los Estados Unidos, dedicada a la defensa de su propuesta de reforma del sistema sanitario (Health Care), fijó sus tres objetivos básicos:
a) Incrementar la seguridad y estabilidad de los que ya están asegurados;
b) Proporcionar cobertura sanitaria a los que no lo están;
c) Frenar el crecimiento de los costes de la asistencia sanitaria, eliminando el despilfarro (“waste”).

Este tercer objetivo es, para Obama, muy importante, puesto que, en su opinión, la mayor parte del coste de su reforma podría ser financiada con el dinero recuperado de la eliminación del despilfarro, hasta el punto de proponer la creación de una “comisión independiente de médicos y expertos, encargada de identificar más despilfarros en los años venideros”. Obama añadió que, según ha podido comprobar en conversaciones con médicos, “la medicina defensiva puede contribuir a los costes innecesarios”; una práctica en la que el médico sobreactúa cuando indica excesivos procedimientos diagnósticos y/o terapéuticos, ante el temor de ser sometido a un litigio por mala praxis.

Los Estados Unidos gastan en su sistema de salud más que ningún otro país: en el año 2007 el coste alcanzó los 2,3 trillones de dólares, lo que representa, aproximadamente, un 16% del PIB. Muchos expertos creen que una parte significativa de los dólares gastados en el Health Care son despilfarrados (“wasted”), hasta el punto de que se calcula que más del 30% del gasto total podría ser eliminado sin reducir la calidad de la asistencia. Todo esto ocurre -conviene recordarlo- en un sistema sanitario en el que hay “demasiada asistencia” para unos y “nula o insuficiente asistencia para otros” (algo más de 40 millones de ciudadanos).

Con motivo de la propuesta de Obama, en las amplias discusiones que su reforma ha suscitado, waste se ha convertido en una palabra clave, definida genéricamente, en el Oxford Dictionary, como ” the act of using something in a careless or unnecessary way, causing it to be lost or destroyed” (el acto de usar algo sin cuidado e innecesariamente, provocando su pérdida o destrucción), mientras que despilfarro, su traducción al castellano, es definido por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como “gasto excesivo y superfluo”.

En The Washington Post del 29 de Septiembre, Ceci Connolly, especializada en temas de salud, en una columna titulada “In Delivering Care, More Isn´t Always Better, Expert Say” (En la asistencia sanitaria, más no es siempre lo mejor, dicen los expertos), centraba su reflexión en el tremendo despilfarro de la sanidad norteamericana: “el problema –escribe- es lo extendido que está el mal uso y el abuso de las pruebas diagnósticas, de los tratamientos, sean médicos o quirúrgicos, y de los fármacos, lo que provoca el incremento de los precios, con escaso o nulo beneficio para los pacientes, e incluso con grave riesgo de que se produzcan efectos adversos que deterioran su calidad de vida.”

¿Cuáles son las causas de este despilfarro en el Health Care System de los Estados Unidos? ¿En qué áreas de la asistencia médica se observa, de modo especial?

El New England Healthcare Institute, en un Informe titulado Waste and Ineffciency in the U.S. Health Care System (Despilfarro e ineficiencia en el sistema sanitario de los EEUU), dado a conocer en Febrero del 2008, define el despilfarro (waste) como “todo gasto en el sistema de salud que puede ser eliminado sin que se reduzca la calidad de la asistencia”.

Tras una revisión de los 1.400 artículos de la literatura médica incluidos en la encuesta previa a la redacción del Informe, se pudo elaborar una lista con las seis principales causas del despilfarro, en el Health Care System, clasificadas según su impacto económico, de mayor a menor:

  1. La inexplicable diversidad, detectada en la toma de decisiones, acerca de la “intensidad” de la asistencia médica y/o quirúrgica que debe ser aplicada en situaciones clínicas similares, de modo especial en la asistencia a la fase terminal de la vida, y en el tratamiento de una crisis coronaria aguda, con abuso de la cirugía del by-pass coronario y de los procedimientos percutáneos coronarios, con un coste evitable de más de 600 billones de dólares.
  2. El uso inapropiado de fármacos y otros tratamientos que resultan en efectos adversos evitables, lo que supone malgastar unos 52 billones.
  3. La utilización abusiva de los servicios hospitalarios de urgencias para casos no urgentes, con un derroche de unos 21 billones.
  4. El limitado uso de los medicamentos antihipertensivos genéricos, en beneficio de los específicos, más costosos y con el mismo principio activo, lo que incrementaría el despilfarro en unos 3 billones de dólares.
  5. El escaso uso de los medicamentos que controlan el asma infantil, como los corticoides por inhalación, con un ahorro potencial de 2,5 billones.
  6. El abuso de los antibióticos en las infecciones respiratorias, cuya corrección supondría ahorrar 1 billón.

El Informe considera también como causas sospechosas de despilfarro, que deberían ser investigadas a fondo, el abuso de las técnicas más sofisticadas y costosas de diagnóstico mediante imágenes y de la quimioterapia anticancerosa.

A pesar de las evidentes diferencias entre el Health Care System de los Estados Unidos y los sistemas de salud con prestación universal, incluidos aquellos en los que convive la universal con la privada, la reflexión suscitada por el Washington Post, y por el informe del New England Healthcare Institute, viene, sin duda, a cuento. En el fondo de la cuestión subyace el predominio, hoy por hoy, de la cultura de la enfermedad sobre una incipiente y todavía no bien explicada cultura de la salud. Una cultura de la salud entendida como “el conjunto de ideas, modos de vida, hábitos y comportamientos del ser humano en relación con la salud de su propio cuerpo, a la vez que como una serie de recomendaciones básicas acerca del estilo de vida que mejor contribuye a mantener la salud y el bienestar personal” (Cristóbal Pera, Por una cultura de la salud, Diario El País, 13 Septiembre, 2008).

Por el contrario, la cultura de la enfermedad, en la que la sociedad globalizada y los protagonistas del encuentro paciente/médico están imbuidos en su mayoría, se halla fascinada por las “últimas tendencias”, por “lo más avanzado” y por “las innovaciones tecnológicas” aplicables al cuerpo humano. Es una cultura que propicia la sobreactuación médica, con el consiguiente despilfarro, en la que se exageran las indicaciones de los procedimientos diagnósticos y terapéuticos, sin la suficiente evaluación de la necesidad de realizarlos, así como de sus riesgos y beneficios. La cultura de la enfermedad está sometida a la exigente presión del mercado (se habla explícitamente de “mercado de la salud” y de “turismo médico”), lo que propicia una asistencia sanitaria excesivamente mercantilizada y mediática, uno de cuyos resultados más preocupantes es el despilfarro de recursos, sin beneficio para el paciente, con actuaciones médicas innecesarias. Una cultura, en suma, más interesada en la continua “modificación del cuerpo”, de la geografía de su superficie, a contracorriente de las edades de la vida, que en adoptar un estilo de vida que frene el ineludible deterioro biológico, reduzca su vulnerabilidad, y aumente la esperanza de vivir más años, con una vida de calidad.