Adolescentes jugando a fútbol.

El desarrollo del cerebro social, básico para la convivencia humana, tiene en la adolescencia su etapa clave. Imagen: Thinkstock.

Los seres sociales necesitan conocer,
inmediatamente,
si el “otro” es amigo
o enemigo.
Susan Fiske,
Princeton University, 2009.

Si el contacto social (sea cálido, frío o indiferente) fue, en la última entrega de este blog, el motivo de reflexiones, la 3ª Reunión anual de la Social & Affective Neuroscience Society, celebrada en Nueva York, del 9 al 11 de Octubre, ha propiciado que, en esta semana, el interés por lo social, en cuanto tercer componente básico de un estado de salud, siga ocupando nuestra atención. Aunque, en esta ocasión, extendida a aquellas estructuras y funciones cerebrales en las que se sustentan las relaciones sociales, todas ellas incluidas en la expresión, que ha hecho fortuna, de cerebro social (“social brain”).

Es ésta una denominación sintética, que engloba a las extensas y complejísimas conexiones neurológicas que son básicas para el comportamiento en sociedad, y, mediante las cuales, se intenta comprender los estados mentales del “otro”, e interpretar si sus intenciones son “buenas” o “malas”, así como si se le supone capacidad suficiente para llevarlas a cabo (Sarah Jayne Blakemore, University College, Londres). Como ha escrito Matthew Lieberman (UCLA), una de las figuras relevantes de la reunión celebrada en Nueva York, “los seres humanos pasamos una gran parte de nuestra vida pensando y reaccionando sobre los pensamientos, sentimientos, intenciones y conductas de los otros”.

Al fin y al cabo, los seres humanos somos entes sociales que han de aprender a comportarse con los “otros” mediante la educación pertinente en un contexto cultural determinado, y, de modo muy especial, durante el periodo crítico de la adolescencia. Estos comportamientos sociales asientan y transcurren en aquellas estructuras y circuitos cerebrales que, tras el procesamiento de la información social recibida (visual y semántica), sacan las conclusiones que conducen a las conexiones sociales establecidas entre personas. No sólo a las surgidas tras la primera impresión, sino a las relaciones interpersonales mucho más duraderas, profundas y determinantes.

Así sucede, como ejemplos, cuando se alcanza la empatía, una sintonía afectiva con otra persona, o la persuasión, que es lo que ocurre cuando una persona motiva a otra o a un grupo para compartir sus creencias, deseos y conductas. En el polo opuesto a la cercanía social, está la envidia, como ” tristeza o pesar del bien ajeno”, con su contrapartida, la alegría provocada por la desgracia del “otro” (“schadenfreude”) y, en grado extremo, con la pasión del resentimiento.

Pues bien, en las dos últimas décadas, el creciente desarrollo de las investigaciones en las que se utilizan las más avanzadas técnicas para la obtención de imágenes del cerebro en plena relación social (como la resonancia nuclear magnética funcional) están permitiendo poner de manifiesto la correlación entre los estados emocionales surgidos de las relaciones sociales (empatía, persuasión envidia, etc.) y estructuras neurológicas específicas del cerebro. Los más recientes hallazgos, de lo que se entiende como cerebro social, órgano del cuerpo humano que no sólo interviene en las interacciones sociales, sino que también sirve como repositorio donde se guardan los resultados de esas interacciones, han sido presentados en la citada reunión anual de la Social & Affective Neuroscience Society a la que hemos hecho referencia.

Así, por ejemplo, se ha demostrado que mientras la envidia activa el circuito cerebral relacionado con el dolor, el placer provocado por la desgracia del “otro” pone en marcha el circuito neural relacionado con las recompensas. Hidehiko Takahashi, en un artículo publicado en el mes de febrero de este año en la revista Science, ha sintetizado las relaciones entre la envidia y el placer por el mal ajeno con un preciso titulo: When Your Gain Is My Pain and Your Pain Is My Gain: Neural Correlates of Envy and Schadenfreude (Cuando tu ganancia es mi dolor y tu dolor es mi ganancia: correlaciones neurológicas de la envidia y de la “schadenfreude”).

El desarrollo del cerebro social, básico para la convivencia humana, tiene en la adolescencia su etapa clave. Durante esta edad de la vida, el cerebro social puede ser refinado en determinadas áreas, pero también puede terminar confundido y deshumanizado, según hayan sido sus interacciones sociales, ya que éstas condicionan modificaciones anatómicas y fisiológicas, positivas o negativas, según las circunstancias ambientales. Es en esta fase donde se configura como trascendental el papel de la educación para vivir en sociedad, no sólo en el ámbito escolar sino, de modo muy especial, en el ámbito familiar. Una educación fundamentada en el cultivo, en libertad, del pensar por sí mismo, con un pensamiento crítico, que siempre se hace preguntas y busca evidencias, así como en la autoexigencia y en la disciplina personal.

Los recientes avances logrados en las neurociencias sociales confirman el buen sentido de una declaración publicada en el año 2002, en la revista Academic Psychiatry, por el GAP (Group for the Advancement of Psychiatry) en la que se establecía que “en contraste con el modelo biopsicosocial convencional, la unificación de la psiquiatría debería sustentarse en el concepto de cerebro social, el cual pone el énfasis en la aceptación de que todos los factores psicológicos y sociales son biológicos“.