Médico dialogando con una paciente.

Para lograr la empatía el médico no debe ser ni prepotente, ni paternalista, ni disciplente. Imagen: Thinkstock.

“El médico puede facilitar
la curación del
paciente
reconociendo conscientemente
su propia vulnerabilidad”.

Glin Bennett

En la Grecia mítica, fue el centauro Quirón el que enseñara el arte de curar a Asclepio, hijo póstumo de Apolo y de Coronis, (latinizado como Esculapio, dios de la medicina). Quirón, que combinaba la sabiduría del hombre con la fuerza instintiva del caballo, alcanzado por una flecha envenenada lanzada por Hércules, sufrió una herida de la que no pudo curarse, por lo que se convirtió en el arquetipo del sanador herido (“the wounded healer”), desde entonces un mito de amplio recorrido transcultural. Así, por ejemplo, en el chamanismo, y en otros sistemas primitivos de la medicina, la autoridad y competencia del sanador, cuando interactúa ritualmente con el que sufre, se deriva del proceso iniciático durante el cual adquiere, en su propio cuerpo, la experiencia de la enfermedad, transformándose, de este modo, en un sanador herido dotado de poder terapéutico.

Todo esto viene a cuento porque, el pasado 22 de Octubre, Tara Parker-Pope firmaba en The New York Times una breve columna titulada When Doctors Confide in Patients (Cuando los médicos se confiesan a los pacientes) en la que la cuestión planteada (¿Deben los médicos descubrir sus problemas de salud a sus pacientes?) surgía como consecuencia de la lectura de un texto publicado el día 18 de Octubre, en un blog sobre la salud por la doctora Anne Brewster, una joven médico internista de Boston, que padece una esclerosis múltiple, una enfermedad autoinmune del sistema nervioso central.

Anne Brewster relataba las circunstancias que le condujeron a hacer saber a una paciente, cuando le confirmaba que el diagnóstico de su enfermedad era una esclerosis múltiple, que ella también la padecía. En el momento en que le dice el diagnóstico a la paciente de 30 años de edad, ésta se echa a llorar desconsoladamente, gritando entre sollozos: “¡Soy muy joven… pensaba hacer tantas cosas…. quería formar una familia…!” Dada la situación, Anne Brewster decide traspasar la línea del distanciamiento emocional que, en todo encuentro paciente/médico ayuda a mantener la objetividad, y exclama: “¡Yo padezco la misma enfermedad!… tengo cuatro hijos… esquío, corro… y trabajo como médico… además, la intensidad de la enfermedad varía mucho entre las personas afectadas… y algunas se mantienen relativamente estables…” Ante su confesión, la paciente, más calmada, responde: “Ahora me siento bastante mejor”. La empatía entre médico y paciente, la verdadera compasión, entendida como el acto de compartir emocionalmente la enfermedad, el pathos, se había conseguido.

Glin Bennett, un cirujano y psicoanalista británico en una sola pieza, en su libro The Wound and the Doctor (Secker & Warburg, London, 1987) sostuvo la tesis de que el médico (y desde luego el cirujano) puede propiciar la participación del paciente en su propia curación, si es capaz de reconocer ante éste su propia vulnerabilidad. Como escribimos en nuestro libro El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la Cirugía (Ed. Acantilado, 2003), tanto la herida del cirujano como la enfermedad padecida por el médico, serían una experiencia asumida como consciencia de su vulnerabilidad, que es la que abriría el camino a la empatía con su paciente, a saber “ponerse en su lugar”.

Más allá de los detalles de la anécdota narrada por la Doctora Brewster, cargada de humanidad, queda como conclusión categórica algo muy importante para una relación fructífera entre paciente y médico: para lograr la empatía entre ambos protagonistas del contacto humano tan especial, en el que uno busca ayuda y otro se supone que está dispuesto a prestársela, es necesario que, asumiendo la indispensable y funcional jerarquización del encuentro, el médico no sea ni prepotente, ni paternalista, ni displicente.

No se trata, ni mucho menos, de convertir todo encuentro entre el paciente y su médico en un intercambio de cuitas, sino de la necesidad de que en el comportamiento del presunto sanador se haga patente al que sufre, su humana vulnerabilidad, su cercanía, una revelación que será más o menos explícita, según parezca conveniente, de acuerdo con su respuesta emocional al diagnóstico de su enfermedad.