Cartel en el que se anuncia una habitación para alquilar

La pérdida del hogar puede afectar, y mucho, a la salud en la vejez. Imagen: Thinkstock.

Casa, lugar,
habitación, morada:
empieza así
la oscura narración
de los tiempos.

José Ángel Valente.
Tres lecciones de tinieblas.

En el blog del 21 de Marzo del 2007 titulado La casa, vivida como espacio personal, y la vejez saludable, el motivo del semanal ensayo mínimo sobre la salud era la influencia de la casa en la que viven los ancianos sobre su salud. Una reflexión suscitada por un artículo publicado en el British Medical Journal, el que se demostraba que un programa gubernamental aplicado en Nueva Zelanda para la mejora en la protección frente al frío, el viento y la lluvia, de casas de vieja construcción, muy deterioradas, dio como resultado una mejora considerable en el estado de salud de sus habitantes ancianos. Tras las reformas practicadas, las casas habían cumplido la función de “tibio regazo en el mundo” que Gaston Bachelard le asignara en su libro La poétique de l´espace (PUF, 1957).

Ahora, en un estudio realizado en Canadá, se plantea como objetivo comprobar si la esperanza de vida de las personas que malviven en la calle o en viviendas marginales (tales como refugios o casas de acogida para indigentes, o bien en habitaciones de pensiones y hoteles ”de mala muerte”) era más corta que la de aquellas otras que, en la misma situación de penuria económica, habían podido conservar un mínimo espacio propio donde cobijarse, aunque con “pobre mesa y casa”, como deseara Fray Luis de León.

Al cabo de un seguimiento de 15 años de una población de 15.100 personas sin casa donde dormir, por lo que lo hacían en viviendas marginales, habían fallecido 3.820. En el análisis de esta población se demostró que la probabilidad de que una persona con 25 años de edad, al inicio del seguimiento, sobreviviera hasta los 75 años, fue tan sólo del 32% para los hombres y del 60% para las mujeres. Esta baja probabilidad contrastaba con el 51% y el 72% de los hombres y mujeres que, en la misma situación de penuria económica, seguían viviendo en su casa.

Esta investigación aporta, también, nuevos datos acerca de las diferencias entre la esperanza de vida de los que, habiendo quedado en la calle, malviven en refugios de acogida para indigentes, y de aquellos que viven en otros tipos de viviendas marginales: la esperanza de vida fue 13 años más corta para los hombres y 8 años más corta para las mujeres que vivían en refugios de acogida; de 11 y 9 años, respectivamente, para los que vivían en casas que arriendan habitaciones para dormir, y de 8 y 5 años para los que vivían en hostales.

En resumen, a partir de los mismos ingresos económicos, las personas que viven en refugios de acogida, casas que arriendan habitaciones y hostales, tienen una expectativa de vida más corta que aquellas que conservan una casa, como un espacio íntimo en el que se disponen los objetos de uso cotidiano y los recuerdos de una historia personal. Porque no basta con estar a cubierto de las inclemencias del tiempo en un cuarto alquilado, sino que, en determinados momentos, conviene estar a resguardo de las miradas de los otros. Ya que, “cuando la aproximación (sea cual sea su grado) no es consentida, se transforma en invasión de la intimidad, lo que supone intromisión en el ámbito de lo privado, en especial de la privacidad corporal y de la privacidad territorial” (Pera C. La Intimidad del cuerpo en Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Editorial Triacastela, 2006),

En principio, la casa, desde la más humilde a la más suntuosa, siempre que un conflicto interno no la convierta en claustrofóbica para alguno de sus habitantes, ni que anide en ella la violencia, es el lugar donde estar, la estancia, donde la intimidad personal se supone que está protegida, ese espacio donde, como nos recordara el poeta José Ángel Valente en la primera de sus Tres lecciones de tinieblas, “yo reconozco a tientas mi morada”.

Quedarse sin casa donde vivir supone, en definitiva, una dramática situación de desamparo en un mundo hostil, que ocasiona un grave deterioro en el bienestar integral de una persona, lo que conduce, a la postre, a un significativo recorte en su esperanza de vida. Sin olvidar que un previo deterioro de la salud suele estar en la génesis de la pérdida del hogar, ya que una proporción significativa de los que han llegado a esta situación suelen ser jóvenes afectos de trastornos mentales, alcoholismo o drogadicción, potenciados por el abandono familiar y una insuficiente atención médica.