Mujer octogenaria

El hecho de llegar a ser octogenario con buenas condiciones de salud tiene su mérito personal. Imagen: Thinkstock.

“Yo elogio aquella vejez
que descansa sobre
los fundamentos de la juventud”

“Conservan los ancianos
sus facultades
mentales
con tal que subsistan en ellos
el interés y la aplicación”

Cicerón. De senectute

Haber cumplido los ochenta años de edad con una vida activa, plena de propósitos y logros, vivida con bienestar físico, mental y social, y, sin embargo, ser presentado públicamente, en primerísimo plano, como un octogenario, pasando por encima de sus capacidades personales, ¿es un intento, por quienes así se comportan, de señalar a la edad como un demérito ante los ojos de los demás, y no como un mérito? La respuesta a esta pregunta depende del color del cristal a cuyo través es mirado el octogenario, simplemente por el hecho de serlo, es decir, de los prejuicios, culturales y circunstanciales, con los que es contemplada su edad en la sociedad en la que vive, en un momento dado.

En la pasada semana, tras la elección por el Gobierno, con el consenso de la oposición, de Alberto Oliart, ex ministro de varios ministerios, que ya ha cumplido los ochenta y un años, como Presidente de la corporación de RTVE, la palabra octogenario ha sido lanzada inopinadamente al espacio mediático, incluida en llamativos titulares.

Lo que se subraya del “octogenario Oliart”, en los apresurados comentarios que siguen a los hirientes titulares, es su “avanzada edad”. Planteada sesgadamente la cuestión de su nombramiento, la edad sería el problema, sin reparar en las capacidades que se le suponen. En definitiva, el hecho de ser octogenario parece haber sido considerado, per se, como un demérito. Para Enric González, en un inteligente e irónico comentario publicado en su columna del diario El País (12 de noviembre) “el problema no es la edad” sino que “el problema grave consiste en que Oliart es poeta”, por lo que “dudo que tenga estómago para la televisión de hoy”.

En mi opinión, el hecho de llegar a ser octogenario, con buenas condiciones de salud (física, mental y social) tiene su mérito personal, ya que pone de manifiesto los excelentes resultados de un estilo de vida saludable, con el que su supone que, a lo largo de los años, ha sido cuidado ese cuerpo, ya anciano pero activo, aunque también jueguen un papel en ese logro la carga genética recibida, el trabajo realizado con propósitos positivos y, desde luego, eso que llamamos fortuna.

Es comprensible que, en una primera impresión, la elección para una responsabilidad de tanta proyección pública de una persona de 81 años, con sus memorias ya escritas, haya provocado desconcierto, a pesar del reconocimiento, tácito o expreso, de sus capacidades. Porque hay que reconocer que la palabra octogenario (del latín octogeni, ochenta) no cae, por ahora, demasiado bien, ya que se asocia mentalmente con el deterioro de la ancianidad, y nos recuerda que estamos ya en una etapa muy avanzada de nuestra vida, en pleno ámbito del número ocho (octo), y en la vecindad etimológica de otras cosas tan diversas como el insignificante ochavo, el festivo octavario y la volandera octavilla.

Una palabra, octogenario, que nos recuerda las cuatro razones que, según Cicerón, en su Diálogo sobre la vejez, aducen los que la encuentran miserable: “una, porque debilita al cuerpo; otra, porque nos aparta de los negocios, la tercera porque priva de casi todos los placeres y la cuarta, porque no dista mucho de la muerte” (Pera C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, Madrid, 2006). De las cuatro razones, las tres primeras pueden ser atenuadas, y la cuarta, que se refiere a lo que hoy llamamos esperanza de vida al nacer, puede ser distanciada, manteniendo la calidad de vida. Porque lo cierto es que la esperanza de vida al nacer en España (entre 1995 y 2006) aumentó de 81 a 84 años en las mujeres y de 74 a 77 en hombres (Datos de la Estrategia de Desarrollo Sostenible de la UE publicada por el Instituto Nacional de Estadística).

El progresivo desplazamiento de la esperanza de vida al nacer a edades cada vez más avanzadas, hará que, en las próximas décadas, se incremente el número de octogenarios capaces de llevar una vida activa y creativa, útil para sí mismos y para sociedad, que no se resignen a ser incluidos en las llamadas “clases pasivas”. Porque, al fin y al cabo, en todas las edades, las “vidas pasivas” son más abundantes de lo que sería socialmente conveniente y tolerable.

Las sociedades desarrolladas tendrán que acostumbrarse a convivir con octogenarios competitivos, ya que es de esperar que sus miembros sigan, a lo largo de las edades de la vida, las recomendaciones de una cultura de la salud, con lo que se incrementará significativamente el número de octogenarios capaces y activos. En este nuevo escenario, la edad no podrá ser un factor discriminatorio, por lo que cabe esperar que el calificativo de octogenario no sea utilizado como un presunto demérito, sino, en todo caso, como un mérito personal.

Declaración de conflicto de interés: El autor es ya octogenario.