“Expertus sum vita esse”.
“Sé por experiencia que es así”.
Plauto

En la escritura de textos científicos acerca de la salud y de la enfermedad se exige, además de la aplicación de la correspondiente metodología, que las fuentes de información citadas sean identificables y accesibles para la comprobación de su fiabilidad por los lectores críticos. El conjunto de las citas, o referencias, se constituye, al final del texto, como el apartado de la bibliografía. Todos los nombres citados tienen, o deben tener, como característica compartida, una experiencia en la cuestión analizada , entendida como “práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo” (DRAE). En este sentido se les considera, o se postulan, como expertos en la materia a la cual dedican una especial atención, y en cuyo análisis aplican un pensamiento analítico.

Pero, por otro lado, en los textos de divulgación sobre la salud y la enfermedad, innumerables cada día, tanto en la prensa impresa como en la digital, esta exigencia no puede ser tan estricta, aunque el ineludible objetivo de proporcionar una información fiable al usuario, que pueda ser contrastada, requiere que las fuentes citadas sean identificables y susceptibles de comprobación.

Sin embargo, en las últimas décadas, y coincidiendo con la imparable expansión del espacio digital, se observa ,con preocupación, en los textos divulgativos sobre la salud y la enfermedad, que las fuentes de información, con nombre y apellidos del autor, o de las instituciones responsables, están siendo sustituidas, de manera abusiva, por la palabra expertos, genérica y anónima: “según los expertos”, “los expertos dicen”,”la mayoría de los expertos opina” son las frases que, por su repetición casi diaria en la prensa impresa y digital, utilizadas como argumento anónimo de presunta autoridad, se han convertido multiplicado como memes. Un abuso que, junto con el de la palabra protocolo, se ha extendido, también, al lenguaje de la administración pública, a la hora de contestar, en ruedas de prensa, a preguntas para las que no tienen respuestas.

La controversia sobre el papel de expertos y no expertos en los contenidos del espacio digital no es nueva, ni mucho menos, aunque distinta de la que ha sido motivo de la reflexión de esta semana. La práctica ausencia de límites para la utilización de este espacio ha traído, como consecuencia, el predominio de los contenidos generados por los usuarios (“user-generated content”),calificados como aficionados, sobre los producidos por los denominados expertos. Esta situación habría conducido a lo que se ha denominado como “el culto de los aficionados”, en un polémico libro de Andrew Keen, un experto en comunicación de masas, publicado en en 2007 y titulado The Cult of the Amateur. How today´s Internet is Killing our Culture (“El culto del aficionado. Cómo hoy Internet está destruyendo nuestra cultura”).

En marzo del 2008, en un artículo publicado en Newsweek, titulado The Revenge of the Experts (La venganza de los expertos), firmado por Toni Dokoupil, se sostiene la tesis de que frente al predominio de los contenidos de Internet, generados por aficionados, se estaba produciendo, como reacción pendular, la vuelta de los expertos.

La ineludible convivencia de los contenidos de aficionados y expertos en la red digital, está en la esencia misma de Internet como espacio franco. En estas circunstancias, encontrar el equilibrio entre ambas contribuciones, sobre todo cuando lo que se dice afecta a la seguridad y al bienestar de las personas no es, en absoluto, tarea fácil. La disponibilidad sin límites de una inabarcable información sobre la salud y la enfermedad en la prensa en papel y, sobre todo, en la prensa digital, nos hace ver, como muy probable, que para conseguir una información fiable, la solución debe buscarse, sobre todo, en la educación de los potenciales receptores de los casi infinitos y contradictorios mensajes, en una cultura de la salud asentada en la aplicación del pensamiento crítico, tras obtener, evidentemente, la identificación y la fiabilidad de las fuentes. No basta acogerse a la presunta autoridad de la palabra experto, sino que hay que saber de quién o de quiénes se trata, en cada caso.