En pacientes inconscientes, las resonancias magnéticas pueden mostrar áreas del cerebro activadas en respuesta a órdenes verbales, tal como representa la ilustración. Imagen: noscuidamos.com.

The mind is an emergent property of the brain and cannot be “seen” in images.

Allan H. Ropper NEJM, febrero, 2010

Al inicio de la conferencia de clausura de unas Jornadas científicas sobre daño cerebral irreversible, organizada por Fundación Instituto San José, y pronunciada en CaixaForum de Madrid el pasado 14 de enero bajo el título Lenguaje, consciencia y condición humana, propuse a la audiencia una serie de interrogantes acerca de la virtualidad del vivir de un cuerpo humano en estado vegetativo- es decir, despierto pero sin consciencia- que, un día tras otro, “vive” sin decir palabras y sin signos claros de consciencia:

¿Hasta qué punto se puede objetivar, con seguridad, la pérdida total de la consciencia?

¿Se dispone de una prueba fiable que permita establecer que un individuo tiene o no tiene consciencia?

¿Se ha destruido, realmente, todo el complejísimo entramado biológico, a nivel cerebral, desde el que se supone que se generan y se expresan las palabras y, simultáneamente, se integra la consciencia de la identidad personal y de su entorno?

Ante un paciente en estado vegetativo, ¿estamos en presencia de una historia puramente biológica, tras la pérdida de la historia personal?

Más adelante, citamos textualmente la pregunta que se hacía Steven Laureys, del Departamento de Neurología y del Coma Science Group, en la Universidad de Liege: “¿Existe, al menos, en ese paciente en estado vegetativo, que ha perdido su capacidad de comunicarse con los demás, un residuo de la consciencia de sí mismo, teniendo en cuenta que la consciencia no es un fenómeno del todo o nada?” Es muy difícil precisarlo –se contesta Laureys–, pero sin duda es imprescindible para tomar difíciles decisiones diagnósticas y terapéuticas.

Prosiguiendo en la búsqueda de esa precisión diagnóstica -¿consciente o inconsciente?- poco más de dos semanas después de mi conferencia, el citado Steven Laureys, junto con Martin M. Monti, de la Universidad de Cambridge, y colaboradores de ambos, publican online en The New England Journal of Medicine del mes de febrero, un artículo titulado Willful Modulation of Brain Activity in Disorders of Consciousness (Modulación volitiva de la actividad cerebral en los trastornos de la consciencia).

En una serie de 54 pacientes inconscientes (23 en estado vegetativo y 31 en estado de consciencia mínima) tratan de averiguar si quedan residuos activos de aquellas áreas en las que se presume que asentaba biológicamente la perdida consciencia. Con este objetivo, utilizan la técnica de la resonancia magnética funcional para obtener imágenes, en tiempo real, de aquellas áreas circunscritas del cerebro que son activadas como respuesta a órdenes verbales.

Previamente, en voluntarios sanos, escaneados mientras se insta verbalmente a “imaginar” los movimientos de un partido de tenis, se detectan imágenes de actividad cerebral localizada, como respuesta volitiva motora, y cuando se les pide que imaginen que pasean por las calles de una ciudad o por el interior de una casa conocida, se detectan imágenes de actividad cerebral focal, como respuesta volitiva espacial.

Con esta metodología, los investigadores de Cambridge y Liege pretenden comprobar la capacidad potencial de pacientes en estado vegetativo para modular, durante estos ejercicios de imaginación, respuestas voluntarias (willful modulation), no reflejas, específicas desde el punto de vista de su localización cerebral y dependientes del nivel de oxigenación de la sangre que irriga dicho territorio.

En 5 de 54 pacientes se pudo detectar actividad cerebral modulada voluntariamente, imágenes de actividad que en 3 de los 5 se interpretaron como signos de un “mínimo grado de consciencia” (awareness). Un paciente en estado vegetativo pudo ser aleccionado para contestar o no a preguntas autobiográficas, imaginando, respectivamente, mientras era escaneado, respuestas motoras (para el ) o espaciales (para el no). Sin embargo, en este paciente fue imposible establecer alguna forma de comunicación a la cabecera de su cama.

La conclusión de los autores ha sido, textualmente, que “en una pequeña proporción de pacientes en estado vegetativo o en estado de consciencia mínima se detecta actividad cerebral que refleja algún tipo de consciencia y cognición”. Para añadir a continuación que “este método permitiría reclasificar el estado de consciencia en algunos de estos pacientes”, y podría servir para “establecer una comunicación básica con pacientes que parecen inconscientes”. La declaración final podría ser calificada de pensamiento voluntarista (willful thinking): “un posterior desarrollo de esta técnica haría posible utilizarla en algunos pacientes para expresar sus pensamientos, controlar su entorno e incrementar su calidad de vida”.

Un editorial publicado en el mismo número del NEJM y firmado por Allan H. Ropper, profesor de Neurología del Brigham and Women´s Hospital, de la Universidad de Harvard, titulado irónicamente Cogito Ergo Sum by MRI (“Pienso luego existo según las imágenes de la resonancia magnética”), concluye afirmando que el interesante artículo es provocativo, pero que ni los médicos ni la sociedad están preparados para aceptar una nueva sentencia, remedo de la cartesiana: I have brain activation, therefore I am (“Tengo actividad cerebral, por lo tanto existo”).

En realidad, lo que las imágenes de la resonancia magnética funcional ponen de manifiesto son mínimas huellas, residuos biológicos del complejísimo e integrador entramado neurofisiológico, desde el que emerge el estado de consciencia, tanto de la identidad personal como del entorno en el que se vive. El problema de la consciencia, y de la inconsciencia como su correlato negativo, sigue estando en explicar cómo se produce el misterioso tránsito que la hace posible, dentro de un ámbito físico, como es el cerebro humano, de la simple percepción a la percepción subjetiva de la consciencia, del estado físico al estado mental, en ese territorio de formas evanescentes, dependientes de la condición biológica, en el que se sospecha que transita lo subjetivo de la condición humana.