El médico debe transmitir la información a su paciente con cercanía, honestidad, confidencialidad y calor humano. Imagen: Thinkstock

More information is not always better
Ronald Epstein, NEJM, 2010

Los avances científicos y tecnológicos que han propiciado que la Medicina actual sea tan efectiva y costosa, han contribuido a alejar al médico, rodeado de excesivo “ruido informático y tecnológico”, del paciente como persona, con el riesgo de convertirlo casi en un espécimen biológico, conocido por el médico por sus datos semiológicos y biológicos, y no por ser el fruto de una relación personal (Pera, C. La estructura narrativa de la relación entre el paciente y el médico).

Una verdadera relación entre el paciente y su médico sigue siendo clave, a pesar de todo, en el siglo XXI, ya que el acto médico es, o debe ser, en su núcleo básico, una empresa moral fundamentada en un pacto de confianza entre los dos protagonistas del encuentro. Ese pacto de confianza, que se establece o fracasa durante el primer diálogo entre ambos, y cuyo objetivo inicial es que sea reconfortante para el paciente, obliga a los médicos a ser competentes para esta relación dual, que es, al mismo tiempo, cognitiva, emocional y cultural, y a utilizar su competencia en beneficio del paciente, evitando la maleficencia y asumiendo su autonomía.

Tras el primer encuentro -en el que se producen las iniciales e inseguras palabras del paciente a su médico, como contestación a las primeras preguntas de éste: “¿Qué le pasa?” “¿Cuál es su problema?”– transcurre un tiempo más o menos largo, lleno de historias, orales y escritas, y de exploraciones de todo tipo, hasta que llega el momento en el que el paciente va a escuchar del propio médico las respuestas a las preguntas que él mismo se hizo: éste su diagnóstico, éstas son las opciones terapéuticas y éste es su pronóstico. Es el momento de la información al paciente. Una información que, cuando se refiere a un diagnóstico estremecedor, como es el de cáncer, supone una noticia dramática para el paciente y para su familia.

En esta situación dramática surgen las siguientes preguntas: ¿Hay que decir toda la verdad de la situación al paciente, teniendo en cuenta la naturaleza provisional y dinámica de la “verdad” en la práctica médica? ¿Puede retenerse alguna información en determinados pacientes? ¿Qué tipo de información puede éticamente ser retenida?

Estas son las cuestiones que analiza Ronald Epstein, del Departamento de Medicina Familiar y del Centro de Ética, Humanidades y Cuidados paliativos de la Universidad de Rochester, NY., en un artículo titulado “Withholding Information from Patients: When less is more” (“Retener información de los pacientes: cuando menos es más”), publicado en The New England Journal of Medicine el 4 de febrero.

Las respuestas de Ronald Epstein a las cuestiones planteadas pueden resumirse en esta conclusión: retener información depende de la autonomía del paciente y de la relevancia de la información retenida para el análisis de la situación crítica, compartido entre médico y paciente, en lo que se refiere al diagnóstico, a las opciones de tratamiento disponibles, con sus riesgos y beneficios, al pronóstico y, en definitiva, a la toma de una decisión consensuada.

Cuando el paciente goza de total autonomía, es un principio ético inexcusable que debe ser completamente informado, para que se haga cargo de su situación y pueda ayudar al médico a tomar las decisiones más apropiadas. Un derecho que, como recuerda Epstein, debe equilibrarse con la obligación ética de hacer lo mejor para el paciente (beneficencia) y de minimizar los daños (evitar la maleficencia).

Sin embargo, para Epstein existen dos situaciones en las que, tanto desde el punto de vista clínico como ético, parece razonable retener información al paciente: a) Cuando es evidente la falta de capacidad cognitiva del paciente para retener la información que, en estos casos, debe ser comunicada a sus subrogados; b) Cuando el paciente, de manera explícita o implícita, se niega a recibir la información sobre su estado y solicita que sea trasladada a un familiar como subrogado.

En situaciones críticas, el objetivo ideal sería, para Epstein, lograr una autonomía interrelacionada (“autonomy-in-relation”) entre el paciente, que es el protagonista, sus familiares y su médico, la cual permitiría interpretar toda la información disponible, en su contexto personal, y decidir en consecuencia. En todo caso, advierte Epstein que una información excesiva, que en parte no es relevante para el análisis de la situación, puede dificultar su compresión por el paciente y sus familiares, sometidos a una fuerte tensión emocional y, en consecuencia, interferir en la toma de decisiones.

En definitiva, dentro de una medicina centrada en la persona, y desde los puntos de vista clínico y ético, no basta con que el médico presente al paciente, como resumen de la indagación acerca de su malestar, una información más o menos exhaustiva sobre la situación crítica de su salud y las opciones para remediarla, con una actitud fría, objetiva y neutra. El pacto de confianza que debe surgir de toda verdadera relación entre paciente y médico exige que esta información sea transmitida con cercanía, confidencialidad, sinceridad, honestidad y calor humano.

No hay que olvidar que, para que este encuentro interpersonal, en el que radica la esencia del acto médico, sea beneficioso para el paciente, y éticamente seguro para ambos, se necesita tiempo, un bien hoy desgraciadamente muy escaso en la relación entre paciente y médico, deficiencia de etiología múltiple que es urgente corregir (C.Pera. El cuerpo silencioso. Ensayos mínimos sobre la salud, Ed. Triacastela, 2009).