Ruta

La palabra 'ruta' viene del latin 'via rupta', o camino abierto con cierta violencia. Imagen: Thinkstock

Life is good when we have a routine
that works, but sticking to the routine
has its own drawbacks.

Virginia Woolf en
Ilana Simons A Life of One’s Own, Penguin, 2007

La cultura de la salud se ocupa de aquellos comportamientos de las personas, que influyen en el bienestar, físico, mental y social, de sus cuerpos (la cultura de la salud es la cultura del cuerpo, en su triple dimensión) y, en consecuencia, los analiza y hace recomendaciones sobre el estilo de vida más adecuado para alcanzar y mantener el estado de salud, siempre inestable. Muchos de estos comportamientos se convierten, por su repetición, en rutinas.

¿Qué se entiende por rutina? ¿De dónde procede esta palabra que rima con otras tan dispares como tesina, resina, hornacina, cocina, cantina, pamplina, letrina, etc., así como con numerosas palabras técnicas, con idéntico sufijo, para designar compuestos químicos, como aminas, adrenalina y acetilcolina?

El DRAE define a la rutina (del fr. routine, derivado de route, ruta), en su primera acepción, como “costumbre inveterada o hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas”, y, en su segunda acepción, como “secuencia invariable de instrucciones que forma parte de un programa y se puede utilizar repetidamente”.

La palabra rutina, que ha venido a significar “hábito inveterado de hacer las cosas” (“El significado de la palabra es su uso”, escribió L. Wittgenstein), en su etimología latina tiene una significación distinta, ya que, en último término, deriva del verbo latino rumpere, romper, y concretamente de su participio rupta, roto o rota. Route en francés, y después ruta en castellano, sería una elipsis de la expresión latina via rupta (María Moliner, Diccionario del uso del español, Ed. Gredos) con el significado de vía o camino abierto con cierta violencia, en un terreno que, hasta el momento de su apertura, era muy frondoso o escarpado (se dice que “se ha abierto una nueva vía para la escalada de una montaña”), por el paso repetido de seres humanos. Lo que en un principio era un tránsito dificultoso, que había que hacer cortando o apartando la maleza, se convierte, con el paso del tiempo, con la repetición de los pasos, en un camino fácil (Bahnung) que se hace “casi sin darse cuenta”, o en camino trillado, metáfora del camino que se ha abierto por el paso del trillo que se traslada a la era.

Si nos atenemos a su etimología, cuando se dice hay que romper una rutina, se trata de “volver a romper” lo que en su día fue una ruptura (una via rupta), una rutina facilitada y consolidada, en exceso, por la repetición, la ausencia de variedad que conduce al aburrimiento (boring habits) y a la desmotivación. Romper una rutina y cambiarla por otra es buscar la estimulante novedad frente a la aburrida monotonía.

Pero lo cierto es que la palabra rutina, cuando se usa para calificar a una serie de acciones humanas concatenadas, repetidas todos los días, no tiene buena fama. El DRAE la minusvalora, cuando después de haberla definido como costumbre inveterada, subraya que es “un hábito adquirido de hacer las cosas” -lo que es cierto- pero “por mera práctica y sin razonarlas”.

Nuestra vida diaria, desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, está llena de rutinas. Desde el momento de incorporarse, las personas que pueden valerse por sí mismas comienzan a realizar una larga serie de acciones concatenadas, sin un explícito razonamiento de lo que están haciendo en esos momentos, “mientras piensan en sus cosas”. Son acciones rutinarias con las que se ocupan de la higiene personal, del apresurado desayuno, del traslado hasta el lugar de trabajo y su regreso, del tiempo dedicado al ejercicio físico programado, de los ratos compartidos con la familia, o de una estimulante conversación, en torno a un café, con una amiga o un amigo. Las rutinas, sean solitarias o compartidas, pueden ser estimulantes si, a pesar de su repetición, son capaces de generar novedad y creatividad, o aburridas e incluso alienantes; son estas las rutinas que hacen “el trabajo amargo y el goce escaso” (E. Lledó, El marco de la belleza y el desierto de la arquitectura, pag. 111, Biblioteca Nueva, Madrid, 2009).

A lo largo de la jornada las rutinas diarias se intercalan entre acciones no rutinarias, en las que ponemos los cinco sentidos, previstas en nuestra agenda y, también, entre las acciones imprevistas.

Desde la perspectiva de la cultura de la salud, las rutinas de nuestra vida diaria (las que se relacionan con el sueño, la dieta alimentaria, la actividad física, los hábitos nocivos y las adicciones, la vida sexual, el tiempo dedicado al ocio) han de ser analizadas en cuanto a sus potenciales efectos, beneficiosos o nocivos, sobre nuestro estado de salud, tanto físico, mental como social. De este análisis podrá surgir la recomendación de romper la inercia de una determinada rutina, que viene a ser perjudicial para la salud, y sustituirla por otra que sea beneficiosa. En definitiva, toda rutina debe someterse periódicamente a un análisis crítico. Cambiar de rutinas es sustituir una rutina por otra rutina como alternativa, después de convencerse de que la primera es contraproducente para nuestra salud.

Frente a los necesarios caminos trazados por las rutinas de la vida cotidiana, persistentes e incluso agobiantes por su repetición, el camino machadiano, el de sus “Proverbios y Cantares”, es una “estela en la mar”, un camino radicalmente creativo, poético, siempre provocador, que aparece y desaparece, se hace y se deshace, y que nunca se convertirá en ruta/ rutina , tal como avisa el poeta al caminante:

“Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino,
sino estelas en la mar”.

“Proverbios y cantares” de Campos de Castilla, Proverbio XXIX, A. Machado

Ambos caminos son necesarios para la complejidad del vivir de cada día.