Lenguaje bélico en medicina.

El lenguaje bélico, de origen quirúrgico, se ha extendido a otros campos de la medicina oncológica. Imagen: noscuidamos.com

Peligro, esfuerzo físico,

incertidumbre y suerte

definen la atmósfera bélica.

Karl von Clausewitz, De la Guerra


De la profusión del lenguaje bélico aplicado al cáncer se quejaba el pasado 15 de marzo, en The New York Times, su colaborador habitual Dana Jennings, superviviente de un tratamiento intensivo para su cáncer de próstata, en un artículo titulado With Cancer, Let´s Face It: Words Are Inadequate (“Al cáncer hay que plantarle cara; las palabras son inadecuadas”).

Durante la larga y dolorosa experiencia padecida, su cuerpo, “atrapado entre los médicos, con sus poderosas armas, y la horda de células cancerosas”, fue el “campo de batalla” sobre el que se aplicaron todas las opciones actualmente disponibles –cirugía, radioterapia, quimioterapia y hormonoterapia– sufriendo, además, los llamados, eufemísticamente, “efectos colaterales” de su lucha por sobrevivir, al ser alcanzado, en las áreas no afectadas por la invasión del cáncer, por el “fuego amigo” del tratamiento anticanceroso. Su cuerpo terminó convertido, según Jennings – y evocando a T.S. Eliot- en “tierra baldía” (wasteland).

Después de la descripción de su odisea, basada en una amplia recolección de expresiones derivadas de la metáfora bélica habitualmente aplicada al cáncer (asaltante, batalla, larga lucha, víctima, fuego amigo, radiación de rescate), Dana Jennings aboga por una visión positiva de esta enfermedad, alejada de la metáfora de la guerra con su lenguaje bélico, una visión que podríamos calificar de biológica y estoica: “El cáncer no es una batalla ni una lucha. Es simplemente vida, una vida elevada a su más elevado poder”. Más o menos, lo que hace Dana Jennings es cambiar metáfora por metáfora.

El artículo del New York Times es deudor, aunque no la cita, de una de las reflexiones más inteligentes sobre la experiencia personal de la enfermedad, especialmente del cáncer, y sobre el lenguaje con el que se dice su dolorosa y misteriosa realidad, a los demás y a uno mismo: la que hiciera Susan Sontag, en su libro Illness as Metaphors (1977), traducido al castellano como La enfermedad y sus metáforas (El Aleph / Muchnik, Barcelona, 1980).

Susan Sontag experimentó el cáncer de mama que padeció como “una enfermedad vivida como invasión despiadada y secreta”, de acuerdo con el lenguaje utilizado por los médicos, derivado de la metáfora militar o bélica que era la predominante para explicar su presencia. La tesis que defiende Susan Sontag en su libro, muy crítica con la metáfora bélica, postula que “es posible eliminar las metáforas del discurso del cáncer, ya que las metáforas y los mitos… matan”. En definitiva, que conviene adoptar una visión positiva de la enfermedad, y del cáncer, libre de metáforas.

Sea como sea, lo cierto es que, siguiendo la metáfora bélica, ante la invasión del cáncer y sus dañinas consecuencias, la respuesta quirúrgica ha sido planteada como una guerra contra el invasor, al que trata de detener en su progresión y destruir, la única disponible durante mucho tiempo, una respuesta expresada por el cirujano con su habitual lenguaje bélico.

No hay que olvidar que este carácter metafórico del lenguaje de los cirujanos se deriva  de que la cirugía ha sido considerada, y sigue siéndolo, en comparación con la alternativa del fármaco, como una actividad curativa de carácter agresivo.

No resisto la tentación de reproducir el fragmento de la novela de Alberto Barrera La enfermedad, Premio Herralde 2006 (Anagrama, 2006) en el que su protagonista, el médico Andrés Miranda, leyendo El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la cirugía (Acantilado, Barcelona, 2003) encontró, por fin, las palabras que tanto buscaba: “Según el lenguaje bélico, tan frecuentemente utilizado como metáfora global de la cirugía, la operación quirúrgica cruenta sería un acto de violencia, en el que se hace uso de la fuerza física para penetrar en el espacio anatómico del paciente, someter al enemigo –la enfermedad concretada en la lesión- desarmarlo y destruirlo”.

La cirugía oncológica, la que se ocupa de la eliminación, lo más radical posible, de un cáncer, con mayor o menor capacidad invasora, ha sido el escenario apropiado para la descripción metafórica del acto quirúrgico como una confrontación, una batalla, que busca la destrucción total del enemigo, calificado de “maligno”, a costa, muchas veces, de acciones destructivas extensas en la anatomía del paciente, con la pretensión de erradicar el “mal” y prolongar su supervivencia. En consecuencia, la cirugía de los tumores ha sido campo abonado para el amplio desarrollo del lenguaje bélico en la práctica quirúrgica.

Lo que ocurre es que el cáncer con el que se presenta el paciente en una primera consulta es, con bastante frecuencia, una enfermedad ya diseminada por el espacio corporal, que requiere un tratamiento general, asociado al tratamiento quirúrgico local. Es aquí donde, junto al carácter agresivo de los actos quirúrgicos oncológicos, simbolizados por el bisturí como instrumento, aparecen las radiaciones y los fármacos antineoplásicos (quimioterapia), con una intensa capacidad destructiva sobre los tumores malignos y, colateralmente, sobre tejidos orgánicos sanos y sobre la capacidad defensiva del paciente, como sucede en las reales acciones bélicas con los efectos indeseables sobre la población civil y con el denominado “fuego amigo”.

Aunque circulan otras metáforas sobre el cáncer (Julia T. Williams, de la UPF,  ha publicado en Discourse Studieswww.sagepublications.com -una extensa revisión sobre ellas), a estas alturas, el lenguaje bélico, de origen quirúrgico, se ha extendido a la mayoría de los profesionales que participan en la multidisciplinar estrategia oncológica, en la que se integran, con arreglo a las exigencias tácticas del momento, la cirugía, la  radioterapia, la quimioterapia y, en algunos casos, la hormonoterapia, como ocurre, a veces,  en el cáncer de próstata.

¿Es posible eliminar el lenguaje bélico del discurso sobre el cáncer? Probablemente no en su totalidad, pero sí atenuarlo en su agresividad, durante la relación entre el paciente con sus médicos. Porque, como sostiene George Lakoff, “el  uso de las metáforas está generalizado en la vida cotidiana, no tan sólo en el lenguaje hablado, sino en el pensamiento y en la acción” (Lakoff, George; Johnson, Mark, Metáforas de la Vida Cotidiana, Ediciones Cátedra, 1998).

Lo que no puede negarse es que los cuatro criterios que exigía Karl von Clausewitz, en su famoso libro De la Guerra (Editorial Labor, Barcelona, 1984) para definir una atmósfera bélica -peligro, esfuerzo físico, incertidumbre y suerte están presentes en toda enfermedad grave y, desde luego, en la enfermedad cancerosa.