Ciudad superpoblada

Es importante mejorar las condiciones biológicas, psíquicas y sociales en la ciudad. Imagen: Thinkstock.

Vemos que toda ciudad es una comunidad
y que toda comunidad
está constituida en vista de algún bien, porque los hombres actúan mirando a lo que les parece bueno.

Aristóteles, Política

Con la expresión cultura de la salud se quiere hacer constar, en primera instancia, que lo que nos preocupa es la atención y los cuidados que nuestros conciudadanos  prestan al cultivo de la salud de sus cuerpos, en su triple dimensión, física, mental y social. Se trata de persuadirles de que la conjunción de la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad es el camino a seguir, individual y colectivamente, para aspirar a vivir una vida lo más saludable posible. En este sentido, la cultura de la salud se interesa y se implica en todas aquellas acciones que procuran mejorar las condiciones biológicas, psíquicas y sociales de una sociedad concreta y, en último término, de una ciudad.

Al incluir la expresión conciudadanos en la definición inicial se hace una clara referencia al hecho de que los seres humanos, según la expresión aristotélica, son animales políticos, en cuanto que viven en la ciudad (la ‘polis’ griega), en espacios urbanizados, absorbidos a la naturaleza por la expansión de la populosa urbe (la urbs -bis latina), que ya es la ciudad populosa, donde conviven con otros muchos, formando comunidades, unidas por un entramado social; espacios en los que “el bien político es lo justo, es decir, el bien común”. (Aristóteles, Política 1282b).

Según datos de la División de Salud Global y Derechos humanos de la Harvard Medical School, más del 50% de la población mundial vive, o malvive, en áreas urbanas o, para ser más directos, en áreas suburbanas de condiciones infrahumanas que están creciendo, “donde  la ciudad rompe en el campo” (Ángel González, Estío en Bidonville).

En consecuencia, todo proyecto que pretenda persuadir a los ciudadanos de la conveniencia de adoptar la cultura de la salud frente a la hasta ahora predominante cultura de la enfermedad, debe ser consciente de que será en el muy heterogéneo ámbito de las ciudades, donde se encontrará con las mayores dificultades, contra lo que pudiera parecer, a primera vista, dada la elevada concentración en estos grandes núcleos urbanos de numerosos recursos biomédicos y tecnológicos para tratar la enfermedad.

Como ocurre cada semana, a la hora de escribir el contenido de este blog, la  trama de mis reflexiones es inducida y estimulada por la lectura de un texto, científico y/o humanista, que viene a cuento de nuestro objetivo final que es siempre la salud como bienestar físico, mental y social. Esta semana la reflexión gira alrededor de la ciudad moderna y de sus conflictivas relaciones con la salud de sus ciudadanos, dado el creciente desequilibrio que alberga, a favor de la técnica y en contra de la naturaleza.

Esta elección se ha hecho por dos motivos: por una parte, por la reciente presentación pública de la fundación FEM/Salud en la que, precisamente, las relaciones entre la salud y la ciudad fue el tema de una mesa redonda y, por otra, más recientemente, por la lectura del último libro del profesor Emilio Lledó, una colección de ensayos acogidos bajo el atrayente título El marco de la belleza y el desierto de la arquitectura (Biblioteca Nueva, 2009).

Es el ensayo titulado “La máquina de la ciudad entre la naturaleza y la técnica”, donde Emilio Lledó analiza con hondura y brillantez de estilo, a partir del modelo aristotélico (Aristóteles, Política. Alianza Editorial, 1998) la muy compleja anatomía de la ciudad, conformada, a lo largo de los siglos, desde la ‘polis’ griega, como un artificio (del latin artificium, definido como “el arte como techné con el que está hecha una cosa”) entre la naturaleza que la circunda y la técnica  humana, y, en definitiva, como una  máquina (del griego mechané).

En el complejísimo artificio que es la cultura, producto de la continua y creciente actividad humana, que va llenando el mundo de objetos culturales, y, simultáneamente, destruyéndolos, se incluye uno fundamental que es la ciudad, la ‘polis’. Un artificio cada día más agobiante pero necesario y, en la mayoría de los casos, un espacio colmado de efectos insaludables para sus ciudadanos.

Si la ‘polis’ griega surgió, según nos relata Aristóteles en su Política, “por causa de las necesidades de la vida y existe ahora para vivir bien”, para Emilio Lledó, al cabo de los siglos, “la presión tecnológica y sus intereses ha sumido la idealidad en oportunidad y el tiempo lento de la planificación en urgencia especulativa”. Y dentro de esta subversión del modelo utópico, “la disociación entre lo público y lo privado sería la fisura más grave en la mayoría de las deformaciones que aparecen hoy en el cuerpo de la ciudad”.

En función de esta enfermedad crónica que afecta gravemente al cuerpo de la ciudad, Lledó disecciona “algunos de los rasgos que configuran los engranajes de la máquina ciudadana, de ese espacio férreamente acotado donde fluye o se estanca la vida”: “Distancia y soledad”; “Fluidez y comunicación”; “El suburbio y las ciudades insomnes”; “El sueño de los espacios verdes”; “Los mensajes”; “La educación”; “Pobreza y riqueza” y “Violencia y agresividad”. Estos son los expresivos títulos de los  sucesivos apartados en los que Lledó analiza la asfixiante máquina en la que se han convertido la ciudad moderna, donde es más fácil malvivir que bienvivir (Cristóbal Pera, Bienvivir o malvivir la vejez: ésta es la cuestión, Revista Metrópolis, en el dossier “(Mal)vivir en la ciudad” (1 de octubre del 2007).

La ciudad  moderna es una máquina  en cuyos intrincados espacios, cubiertos y descubiertos, personales o públicos de su núcleo urbano y, no digamos, de sus  suburbios, no se dan las mejores condiciones para que puedan promocionarse el vivir en  una ca sa que sea un espacio saludable para la intimidad, la actividad física aeróbica y regular, la alimentación reposada y saludable en sus componentes, la fácil comunicación entre los espacios ciudadanos para estimular la vida comunitaria y combatir la soledad, el amplio uso de espacios de cultura y de ocio que fomenten el bienestar social y, siempre que sea posible, el goce de la naturaleza en espacios verdes que no sean meramente decorativos y testimoniales.

El rediseño de una ciudad, de una ‘polis’, que pretenda convertirse de insaludable en saludable debe ser, por su propia esencia, una decisión política, cuyo resultado sea una renovada configuración que incite y estimule a sus ciudadanos a la  práctica de todos aquellos hábitos que conforman un estilo de vida saludable, y cuyo objetivo sea el cuidado del cuerpo, en su triple dimensión-física, mental y social-, dentro de lo que hoy se entiende, de manera integrada, como la cultura de la salud.