Oliver Twist

Las adversidades vividas en la infancia se corresponden conceptualmente con la expresión 'maltrato infantil'. Imagen: Thinkstock.

La violencia es una desmesura del comportamiento
humano, un abuso de la propia fuerza, que alcanza
sus mayores cotas con el brutal ensañamiento en
el cuerpo de la víctima.

Pera, C. “Pensar desde el cuerpo”.
Edit. Triacastela, 2006.

Un suceso terriblemente cruel ocurrido entre dos adolescentes, el ya conocido como crimen de Seseña (Toledo), y un artículo publicado en la revista Pediatrics, han propiciado que el texto de esta semana sea una reflexión que gira alrededor de la siguiente pregunta: dando por descontada la innata agresividad de la condición humana, ¿qué circunstancias adversas vividas durante la infancia han dejado en un o en una adolescente una huella/cicatriz tan profunda que le pueda conducir, súbitamente, a un acto de violencia desmesurada contra otra persona, incluso con ensañamiento, hasta provocarle la muerte, a toda costa?

La víctima del crimen de Seseña tenía 13 años y su presunta agresora 14; ambas, que asistían al mismo instituto, se citaron en las afueras del pueblo, en los restos de una abandonada yesería, para saldar sus diferencias. El encuentro terminó a golpe limpio y con el dramático resultado conocido: el cadáver de la víctima hallado en el fondo de un pozo, desangrado, con un corte profundo en una de sus muñecas. Ha sido una escena similar a la protagonizada en el relato bíblico por Caín y Abel y que describimos así en el capítulo “Cuerpo, violencia y artefactos” de nuestro libro Pensar desde el cuerpo:

“Si la violencia es aplicada a cuerpo limpio -sin artificio alguno, como hizo, al parecer, Caín desde el resentimiento, cuando “pidió a su hermano Abel ir al campo y […] se levantó contra él y lo mató“-, el agresor se sirve tan sólo de sus manos, sus pies y su mandíbula (golpea con los puños, intenta estrangular a su víctima, la patea, la pisotea o la muerde…). “Sin embargo, en la mayoría de los casos […] el agresor incrementa la intensidad de su acción violenta mediante la ayuda de artefactos…como hizo Abraham cuando subió al monte con su hijo Isaac, dispuesto a la violencia del sacrificio ritual exigido por Yahvé, y “tomó en su mano el fuego para el holocausto, y el cuchillo”.

Regresando del tiempo bíblico al que nos ha tocado vivir, vemos cómo la policía busca todavía, en el escenario del crimen de Seseña, el artefacto –un arma blanca o de fortuna- con la que la agresora pudo cortar las venas de la muñeca de su víctima, para que se desangrara.

A la pregunta que nos hacíamos en el párrafo inicial, la prestigiosa revista Pediatrics responde, en su número de abril, con un artículo titulado “Adolescent Violence Perpetration: Associations with Multiple Types of Adverse Childhood Experiences”, que hemos traducido libremente así: “Las conductas violentas durante la adolescencia se asocian con experiencias adversas en la infancia”.

La respuesta publicada en Pediatrics ha sido elaborada en la Universidad de Minnesota, tras una investigación epidemiológica sobre las posibles relaciones entre los diversos tipos de adversidades vividas durante la infancia (abuso físico, abuso sexual en el circulo familiar, y asistir, como testigo, al maltrato de la madre, en un estresante ambiente dominado por la violencia verbal, el abuso del alcohol e, incluso, la drogadicción) y los actos de violencia perpetrados en la adolescencia, sea interpersonales, autoinfligidos o contra una colectividad.

La conclusión de los autores es que las adversidades vividas en la infancia deben ser consideradas como un factor de riesgo para los actos de violencia perpetrados durante la adolescencia: mientras que haber sufrido un solo tipo de adversidad aumenta el riesgo en un 35%, cuando se suman dos tipos, el riesgo se eleva al 144%.

Las adversidades vividas en la infancia se corresponden conceptualmente con la expresión maltrato infantil (child maltreatment) bajo la cual el Center of Diseases Control and Prevention, de Atlanta, EE. UU. incluye cuatro tipos de abusos: a) abuso físico; b) abuso sexual; c) abuso emocional, y d) abandono físico y/o emocional del niño. Según el CDC, los niños más expuestos al maltrato infantil son los menores de 4 años de familias que malviven en la pobreza, con una historia de violencia en el hogar, asociada al abuso del alcohol y al uso de drogas. El papel de la familia, como escenario del maltrato infantil, es potenciado, sobre todo cuando se llega a la adolescencia, con la escuela como otro posible escenario de violencia. Una violencia escolar que, para el CDC, es un subtipo de la violencia juvenil, de la cual el o la adolescente puede ser víctima, agresor, testigo o desempeñar una combinación de roles.

En el año 1978, en un editorial titulado La patología de la violencia (Rev.Quir.Esp. 5, 313-314), llamábamos la atención sobre el impresionante incremento epidemiológico de la patología generada por la violencia, en una sociedad cada día más agresiva. Hoy, la globalizada y omnipresente patología social de la violencia requiere, para su tratamiento, una visión holística, tanto desde el punto de vista de la doble patología traumática de la víctima –física y psicológica– como de las características biológicas propias del presunto agresor, aquellas que le hacen propicio al estallido de un comportamiento violento.

Pero en la génesis de la violencia adolescente juega también hoy un papel muy importante el predominio social del lenguaje zafio y agresivo, combinado con una profusa exhibición de imágenes de violencia, omnipresente en los medios de comunicación. Esta grave distorsión cultural campa hoy a sus anchas por las redes globales de la información y por las llamadas redes sociales. En el espacio digital sin fronteras, las palabras y las imágenes de la violencia suelen ser recibidos, por muchos, sin la más mínima critica, y mimetizados. Con estos mensajes se componen discursos intolerantes, capaces de convertir a aquellos potenciales agresores, con profundas cicatrices de maltrato en su infancia, y desde el resentimiento individual o de grupo, en fríos autores de la violencia más aterradora.