órgano

La palabra "órgano" define tanto a una parte del cuerpo como a un instrumento musical. Imagen: Thinkstock.

“Hasta un 40% de la población sufre
trastornos gastrointestinales funcionales”

The American Journal of Gastroenterology, Abril 2010

El discurso médico dirigido a un paciente que ha relatado una historia de molestias en su espacio corporal, expresada en uno o más síntomas, y en el que una exploración apropiada no ha permitido detectar una causa orgánica que configure la sospecha diagnóstica de una enfermedad (disease), suele utilizar el término funcional para calificar el origen de dicha situación clínica, sin referente orgánico conocido, considerada como malestar (illness). Un discurso, en definitiva, en el que se hace aparente la difusa dicotomía entre el órgano y la función, entre lo orgánico y lo funcional y en el que la escurridiza enfermedad se difumina en un síndrome a secas.

Queda así establecida la tradicional separación entre la patología orgánica y la patología funcional: en la primera, se detectan lesiones orgánicas que se corresponden con determinados síntomas, en una relación causa/efecto –con lo que se define una enfermedad concreta- y en la segunda patología no se visualizan lesiones orgánicas que puedan explicar los síntomas –con lo que el malestar se define tan solo por la agrupación de los síntomas en unos síndromes, calificados de funcionales.

Como escribíamos en uno de los ensayos mínimos sobre la cultura de la salud titulado “Cuando el malestar del cuerpo no se define como enfermedad sino como síndrome”, “el síndrome del intestino irritable sería un ejemplo más de uno de esos estados de malestar de límites imprecisos, muy condicionados por la integración de factores físicos, psicológicos y sociales, como sucede con la fibromialgia (un 50% de pacientes con fibromialgia tienen un síndrome de intestino irritable ). Unos estados de malestar cada día más frecuentes en un mundo en el que se imponen estilos de vida excesivamente competitivos, apresurados y estresantes, en el que se ha perdido el verdadero significado del ocio, como espacio temporal realmente libre, dedicado al cultivo de la propia persona.

Al cabo de cuatro años, esta nueva reflexión sobre la misma cuestión ha sido propiciada por la lectura, en The American Journal of Gastroenterology del mes de abril, de una serie de artículos sobre los trastornos gastrointestinales funcionales, elaborados por la Rome Foundation, una institución internacional especialmente dedicada a esta patología funcional, que aprovecha la oportunidad para presentar una herramienta, en forma de algoritmos clínicos, que facilite un diagnóstico basado en evidencias.

Lo relevante, desde los puntos de vista teórico y práctico, es que los trastornos gastrointestinales funcionales, que se definen como estados de malestar que los pacientes localizan en la cavidad abdominal, y que expresan mediante el relato de una serie de síntomas, afectan casi a un 40% de la población. Estos trastornos han sido agrupados en síndromes, para los cuales todavía no se ha identificado en el tubo digestivo una anormalidad estructural y/o bioquímica que se asocie significativamente con su presentación clínica. Entre estos trastornos se incluyen el síndrome del intestino irritable [IBS] el estreñimiento crónico, la diarrea crónica, la dispepsia y el dolor abdominal.

Aprovechemos la ocasión para ir a la raíz de las palabras claves en este dominante discurso médico – síntoma y síndrome, órgano y función, orgánico y funcional – y averiguar si la indagación etimológica nos aporta alguna luz sobre la tajante contraposición establecida entre lo orgánico y lo funcional:

¿Hasta qué punto no hay nada orgánico en un trastorno funcional que ocurre en el espacio corporal de una persona? ¿Por qué se olvida que tanto el llamado malestar orgánico [enfermedad] como el malestar funcional [síndrome] ocurren necesariamente en el espacio corporal de una persona que vive, en el seno de una comunidad, y que afecta, en mayor o menor proporción, a su bienestar, en la triple dimensión, física, psicológica y social. Vayamos, pues, a las palabras y a los conceptos que encierran.

El síntoma (del latín symptōma, y éste del griego σύμπτωμα, con el significado de “caer juntamente” y por ello de “coincidencia”, según María Moliner) es un fenómeno subjetivo, que pertenece a la persona que lo padece, y cuya presencia suele coincidir con una posible enfermedad. En la estructura narrativa de la relación que se establece, o debiera establecerse, entre el paciente y el médico, el síntoma es descrito mediante palabras, que pueden ser enfatizadas con gestos, como sucede, por ejemplo, cuando se trata de la descripción de un dolor.

El síndrome (del griego συνδρομή, con el significado de “concurso” o “acción de juntarse”) se define como un “conjunto de síntomas característicos de una enfermedad” o, más bien, en el caso de los trastornos funcionales, como el “conjunto de fenómenos que caracterizan una situación determinada” [DRAE]. El síndrome, a secas, sería una presunta enfermedad cuya causa específica es desconocida, hasta el momento.

El órgano (del latín orgănum, y éste del griego ὄργανον) en su primera acepción es un instrumento, una máquina para hacer alguna cosa, y en la segunda un instrumento musical de viento, sobre todo lo que se entiende hoy como el órgano de una iglesia. Después órgano ha venido a significar “parte del cuerpo adaptada a una cierta función”, hasta llegar a nuestro tiempo en el que lo orgánico llega a ser definido en el DRAE : “Dicho de un síntoma o de un trastorno: Que indica una alteración patológica de los órganos que va acompañada de lesiones visibles y relativamente duraderas. Se opone a funcional“.

La función.(del latín functĭo, -ōnis, de fungor, con el significado de “cumplimiento”, “ejecución de algo” ) se define, también en el DRAE, y en primera acepción, como el “ejercicio de alguna facultad” y, en segunda, como la “capacidad de actuar propia de los seres vivos y de sus órganos, y de las máquinas o instrumentos”. Y lo funcional como lo que “se dice de aquellos síntomas y síndromes en los cuales la alteración morbosa de los órganos no va acompañada de lesiones visibles” DRAE].

El problema conceptual y práctico de la bien establecida dicotomía entre lo orgánico y lo funcional se deriva del hecho de que la construcción teórica que ha establecido dicha separación no está “pensada desde el cuerpo” [Pera, C. Pensar desde el cuerpo,. Ensayo sobre la corporeidad humana. Editorial Triacastela, 2006], considerado éste como el espacio personal al que únicamente puede atribuirse todo lo que allí ocurra, tanto a nivel subjetivo, expresado en síntomas, como a nivel objetivo, detectado como signos, sino desde un difuso dualismo cartesiano. Porque el cuerpo viviente es un instrumento biológico, un organon, o, si se prefiere otra metáfora más cercana a su complejidad, una orquesta compuesta por una serie de órganos, que deben funcionar acompasadamente. Y como tal instrumento biológico, el deterioro funcional debe corresponder siempre a un deterioro orgánico.

En resumidas cuentas, todo malestar del cuerpo es biológico, ya que se genera en el espacio de un ente biológico, un cuerpo viviente, aunque las alteraciones que lo originen, y que deben asentar en algunos de sus órganos, o en los sutiles sistemas de comunicación de lo que se entiende en su globalidad como organismo, aún no hayan sido identificadas, y quede mucho por hacer para ponerlas de manifiesto.