Deporte en la tercera edad

La necesidad de mantener el cuerpo físicamente activo es hoy un mensaje dominante de la cultura de la salud. Imagen: Thinkstock.

Indicio: Cualquier cosa que indica la posibilidad de
que haya existido, exista, haya ocurrido,
o vaya a ocurrir cierta cosa

María Moliner. Diccionario de uso del español

Los indicios de buena salud a los que se hace referencia en el título de esta semana no se derivan de la simple apariencia, del “aspecto exterior de algo o alguien” (DRAE), del “buen aspecto” a primera vista -ya que la imagen de una persona puede ser modificada, mediante la cirugía y otros procedimientos cosméticos- sino del análisis pausado de los hábitos, circunstancias y cuidados con los que una vida es vivida, tanto a nivel individual como colectivo.

Me refiero, en concreto, a los principales indicadores de la salud (Leading Health Indicators), que fueron escogidos en el programa Healthy People 2010 por “su capacidad para motivar a los ciudadanos, por la facilidad con que los datos que aportan permiten medir el progreso de la salud, personal y pública, así como por su dimensión real en la salud”. Frente a la dureza exigente con la que resuena la palabra indicador, prefiero utilizar, para este espacio de reflexión, la suavidad, insinuante y sugerente, de la palabra indicio, según la bella definición de María Moliner.

Los indicadores seleccionados por Healthy People 2010 fueron los siguientes: Actividad física; Sobrepeso y obesidad; Hábito de fumar; Consumo de drogas; Conducta sexual responsable; Salud mental; Traumatismos y violencia; Calidad del medio ambiente; Inmunización: Accesibilidad a los cuidados de la salud.

¿Cómo se relacionan cada uno de estos indicios, derivados de los comportamientos y de las circunstancias en las que estos se producen, con la buena o mala salud del cuerpo humano? ¿Cuáles son las razones por las que han sido seleccionados?

Pensar la salud desde el propio cuerpo, como un estado que integra, en la persona en él encarnada, el bienestar o el malestar sentido en un determinado momento de la vida, exige aceptar que los cuerpos humanos son entidades biológicas intrínsecamente vulnerables, deteriorables con el paso del tiempo y sujetas a una inevitable caducidad.

La vulnerabilidad del cuerpo humano se pone de manifiesto, ante los innumerables agresores externos (biológicos, físicos y químicos) que le acechan a lo largo de las edades que llega a cumplir. y se acentúa en determinadas condiciones biológicas que se dan en su medio interno: mutaciones genéticas, cáncer, desnutrición, sobrepeso, obesidad, y otras consecuencias de un estilo de vida no saludable.

Aunque el ineludible deterioro del cuerpo humano, como consecuencia de su prolongado uso, sea generalizado, afecta de modo especial al sistema nervioso (demencia), al sistema cardiovascular (ateroesclerosis) y al sistema locomotor (artrosis), de modo especial cuando al menoscabo biológico, consecuencia natural del paso de los años, se ha sumado el deterioro acelerado del abuso o del desuso (inactividad física). Del balance entre los tres modos de comportamiento de una persona con su propio cuerpo –uso, desuso y abuso– y de sus influencias, positivas o negativas, sobre la vulnerabilidad y el deterioro, depende la esperanza de vida y, lo que es más importante, su calidad.

Desde esta perspectiva se comprenden mejor las razones por las que han sido seleccionados los 10 indicios que nos permiten decir si una persona o una sociedad gozan de buena salud:

Es indudable, a estas alturas, que el uso ordenado del cuerpo en movimiento, a través de una actividad física regular, frena su deterioro biológico, mientras que el desuso de la inacción lo acrecienta. Que la actividad física del cuerpo es realmente beneficiosa para una buena salud y que, en consecuencia, es necesario mantener al cuerpo físicamente activo, es hoy un mensaje dominante en la cultura de la salud.

Por el contrario, cuando a un muy reducido gasto energético, debido al prolongado desuso del cuerpo, por falta de actividad física, se suma el abuso de alimentos como fuentes de energía, el desequilibrio condiciona un estado de sobrepeso y obesidad, indicios claros de mala salud, ya que esta situación propicia el desarrollo de enfermedades crónicas, como la diabetes, la enfermedad cardiovascular y las artrosis, entre otras.

Los claros abusos del cuerpo que suponen el hábito de fumar, el consumo en exceso de alcohol y la adicción a las drogas, incrementan su vulnerabilidad y facilitan el desarrollo de enfermedades (cáncer, cirrosis hepática) que aceleran su deterioro, con la consiguiente disminución de la calidad y la esperanza de vida.

Una conducta sexual no responsable, de modo especial en la adolescencia, abre el camino al abuso del propio cuerpo por otros cuerpos, con el incremento de su vulnerabilidad frente a las infecciones de transmisión sexual, a gestaciones indeseadas y complicadas, y a la consiguiente acumulación de causas de deterioro físico, metal y social.

Tan evidentes son las influencias negativas sobre la salud de los trastornos que afectan a la salud mental y de la violencia con los consiguientes traumatismos, como las influencias positivas de las inmunizaciones que incrementan la resistencia del cuerpo frente a las agresiones biológicas de infecciones específicas, reducen su vulnerabilidad y frenan su deterioro.

Por último, la influencia de la calidad del medio ambiente sobre la vulnerabilidad y el deterioro es incuestionable, como lo es el grado de accesibilidad, de los miembros de una sociedad, a un sistema que permita el cuidado periódico de la salud y la prevención de la enfermedad, en el ámbito de lo que debe entenderse hoy como cultura de la salud.

Frente a la visión sistemáticamente negativa del progresivo deterioro biológico del cuerpo, hasta llegar a su envejecimiento, una visión que conduce a la búsqueda compulsiva de una juventud apariencial, que no se corresponde con los indicios de una buena salud, cabe apostar por vivir la vida con los hábitos más propicios para mantener, desde el principio, el estilo de vida más apropiado para hacer más lento el ineludible deterioro y reducir, al mínimo, la vulnerabilidad. Sólo así se podrá vivir una vejez que, asumiendo su natural decadencia y su caducidad, sea vivida sin demasiado ruido y, siempre que sea posible, con curiosidad y dignidad (Pera, C. El cuerpo silencioso. Ensayos mínimos sobre la salud. Ed. Triacastela, Madrid, 2008).