Genoma

El uso de la palabra creación en el título del estudio de J. Craig Venter es un exceso. Imagen: Thinkstock.

“Le rêve d´une cellule c´est de devenir
deux cellules”

François Jacob,
Premio Nobel de Medicina o Fisiología, 1965

Desde su aparición sobre el planeta Tierra, todo lo que el ser humano viene haciendo, con sus manos y sus instrumentos, sobre los objetos que le rodean, vivientes y no vivientes, son artificios: un cuchillo, una casa, un automóvil, una modificación corporal mediante cirugía cosmética. El artificio, como procedimiento específico de los seres humanos, considerados como artífices (del latín artifex, compuesto de ars = arte y facio = hacer) da origen a objetos artificiales o artefactos. El mismo significado que el ars latino, como acción manual e instrumental, tenía y tiene la techné griega, la que ha dado nombre a la moderna tecnología.

“La distinción entre objetos artificiales y objetos naturales se nos hace aparente de inmediato, y sin ambigüedad”, escribió Jacques Monod, Premio Nobel de Fisiología o Medicina 1965, en su famoso libro Le hazard et la nécessité, Essai sur la philosophie naturelle de la biologie moderne (Editions du Seuil, Paris, 1970).

Pero los seres humanos, a lo largo de su historia sobre la Tierra, con el fin de sobrevivir y mantener su hegemonía sobre los otros, han venido destruyendo o desmenuzando la materia inorgánica para construir objetos artificiales, mediante una tecnología cada vez más compleja. También han venido sometiendo a los seres vivos – “esos objets étranges capaces de una actividad orientada, coherente y constructiva, para la que las proteínas son moléculas esenciales, que les permite reproducirse” (Jacques Monod) – a un exhaustivo proceso de deconstrucción, mediante la separación artificiosa de las partes de sus cuerpos, desde lo macroscópico (Anatomía) a lo microscópico (Histología), hasta llegar a su unidad más simple dotada de eso que llamamos vida: la célula.

Vida y artificio han sido dos palabras claves en los titulares de la prensa de la pasada semana, de nuevo con el recurrente tema de la vida artificial, por lo general tratado con excesivo entusiasmo y escasa exigencia. El motivo ha sido la publicación el 20 de Mayo, en la revista Sciencexpress, de los resultados de una investigación realizada en el J. Craig Venter Institute, en Rockville, Maryland (EE.UU.) titulado Creation of a Bacterial Cell Controlled by a Chemically Sinthesized Genome (“Creación de una célula bacteriana controlada por un genoma sintetizado químicamente”).

Un título en el que el uso de la palabra creación es un exceso, dado que lo conseguido, un hito sin duda en el campo de la biotecnología, ha sido que una célula, tras haberle retirado su genoma natural y trasplantado un genoma sintético, reviva y genere una colonia de células viables. Mientras que en los subtítulos de la publicación se subraya, sin fundamento , que la creación de la célula sintética había sido conseguida “desde cero” (“from the scratch”), en una rueda de prensa J. Craig Venter afirmó que su “célula sintética era la primera especie auto-replicante en el planeta cuyo padre era un ordenador”. Como ha resumido Elisabeth Pennisi en Sciencenews del 21 de mayo, lo realmente conseguido, que no es poco desde el punto de vista biotecnológico, es que “un genoma sintético aporte nueva vida a una bacteria” .

El logro tecnológico de J. Craig Venter y su equipo ha provocado que tanto la revista Science como Nature hayan convocado a debatir sus consecuencias no solo especialistas en biotecnología, bioingeniería y genética, sino también a profesores de filosofía, humanidades y bioética. Las preguntas sobre lo que la vida sea, sobre cual pudo ser su origen sobre la Tierra que habitamos y acerca de la posibilidad de crear una vida totalmente artificial ocupan muchos titulares.

Se impone volver a la biblioteca y releer los textos, algo olvidados, de aquellos autores que se hicieron estas preguntas sobre la vida en la Tierra. Es lo que hace Arthur Caplan, profesor de bioética de la Universidad de Pensilvania, en la revista Nature del 20 de Mayo, cuando sostiene que Venter y su grupo han demostrado, contra la opinión de Henri Bergson, filósofo y Premio Nobel de Literatura 1927, quien sostuvo, en su tiempo, que el mundo material no podría ser manipulado para producir lo que reconocemos como vida. Bergson, en su famoso libro La évolution creatice (1907) sostenía la tesis conocida como vitalista, según la cual la vida no podría ser nunca explicada de manera mecanicista, ni creada a partir de la síntesis de moléculas artificiales, ya que era necesario un inefable y etéreo impulso vital ( “L ´élan vital”) para que surgiera la distinción entre lo vivo y lo inorgánico. Para Caplan, el éxito biotecnológico conseguido por Venter marca el fin del llamado vitalismo.

Además de la relectura La evolución creadora de Henri Bergson, con su bello e impreciso lenguaje, dominador de la metáfora, es buena ocasión para volver a leer críticamente, a la vista del más reciente episodio de artificio humano sobre la vida de una célula, otros libros como ¿Qué es la vida? (1944) de Erwin Schrödinger, Premio Nobel de Física 1933, El azar y la necesidad (1970) , de Jacques Monod, Premio Nobel de Medicina o Fisiología 1965, y ADN El secreto de la vida . La doble hélice (2001) de James D. Watson , Premio Nobel de Fisiología o Medicina 1962.

Luis Serrano, subdirector del Centro de Regulación Genómica de Barcelona en la sección online “Los internautas preguntan”, del diario El País (27/05/2010) a la pregunta de si el experimento de J.C. Venter ha creado vida, responde con sensatez: “ni se ha creado vida ni lo conseguido tiene implicaciones sobre el origen de la vida, a pesar de que se trata de un avance excitante e interesante”. Para afirmar a continuación : “No es fácil crear vida. Los seres vivos son el resultado de miles de millones de años de evolución… En todo caso, la vida artificial será siempre vida creada sobre trozos de la vida ya existente.”

Todo esto no implica que siga siendo muy valioso el consejo de Agustín de Hipona “busquemos como quienes han de encontrar y encontremos como quienes aún han de encontrar, porque cuando el hombre ha encontrado algo, entonces es cuando empieza” (De Trin. II, c 1).