Escultura de Las ventas

Escultura frente a la plaza de toros de Las Ventas, en Madrid. Imagen: Thinkstock

El cuerpo grotesco es el cuerpo
distorsionado y desfigurado
de forma extraña.

Pera, C, “Cuerpos distorsionados y desfigurados”
En
Pensar desde el cuerpo, Ed. Triascastela, 2006

Un dramático suceso ocurrido el veintiuno del pasado mayo en la plaza de toros de Madrid, durante el controvertido espectáculo ritual que, desde hace siglos, enfrenta a torero y toro, hasta terminar con la muerte violenta y sangrienta del animal, ha estado a punto, otra vez, de invertir el final previsto: el matador, que ha tropezado ante el acoso del castigado toro, cae sentado en la cara del animal que, tras alcanzarle con un derrote de la punta de su curvada asta bajo la mandíbula, penetra con violencia en la boca, atraviesa la lengua, rompe el paladar y asoma entre los labios, como una extraña lengua, negra y córnea. Lo que llama la atención es que, en el relato de esta historia, ha habido casi total coincidencia en el adjetivo elegido para calificar la herida sufrida por el torero en llamativos titulares de primera página: espeluznante. La prensa en lengua inglesa ha utilizado también dos adjetivos muy parecidos etimológicamente a espeluznante: gruesome (www.life.com) y horrific (www.telegraph.co.uk/), dos formas de decir horrible.

Una herida se define por la existencia de una solución de continuidad en la cubierta cutánea, más o menos sangrante y más o menos profunda. La herida es, pues, separación cruenta (lo que quiere decir sangrienta) en la estructura de los tejidos orgánicos, con mayor o menor pérdida de sustancia corporal, pero siempre incluyendo la piel en esta separación. La clasificación de las heridas se ha establecido según la forma del agente vulnerante, la dirección de su impacto sobre la superficie cutánea y la morfología del trayecto labrado con súbita violencia en sus tejidos. Se distinguen heridas incisas, punzantes, con colgajo, con bordes contusos, por arrancamiento o avulsión de los tejidos, por mordedura, por arma blanca, por arma de fuego o artefactos explosivos, e, incluso, por asta de toro; entre ellas no se encuentran, desde luego, las heridas espeluznantes.

¿Qué se entiende por herida espeluznante?¿Qué hace que una herida sea espeluznante? ¿Desde qué perspectiva se elige este adjetivo para calificar una herida? Reflexionar esta semana sobre esta cuestión, que atañe a un tipo de heridas muy específico, será un breve interludio en la línea dominante en los textos de este blog acerca de la cultura de la salud, suscitado por la lectura de la prensa diaria. He de confesar que a la elección de este tema de reflexión han contribuido dos circunstancias: por una parte volver a leer, en mi libro El Cuerpo Herido (Pera, C. El Cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la Cirugía, Ed. Acantilado, 2003) la entrada que lleva por título A. Asta de toro, Heridas por, “ y, por otra, el excelente artículo de Milagros Pérez Oliva, defensora del lector en el diario El País el 30/05/2010, titulado “Una cornada espeluznante” (www.elpaís.com).

Vayamos, en primer lugar, a la etimología: el DRAE define espeluznante como “que espeluzna” y el verbo espeluznar como “erizar el pelo o las plumas” y, en segunda acepción, como “espantar, causar horror”, y la relaciona con “la carne de gallina” (“aspecto que toma la epidermis del cuerpo humano, semejante a la piel de las gallinas y debido al frío, al horror o miedo”). Todo gira alrededor del erizado del pelo, de los “pelos de punta”; así , en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Sebastían de Covarrubas (Ed. por Martin de Riquer, S.S. Horta I.E. Barcelona, 1943) se encuentra el término espeluzo, definido como “un erizamiento de cabellos que suele prevenir al frío, y espeluçarse los cabellos como “accidente de los que han cobrado mucho miedo”. Por otra parte, cabe recordar que la etimología de horrible y de horripilante (del latín horripilare, derivado del verbo horreo que significa, en primera acepción, “estar erizado”) también evoca la reacción emocional de horror/temor/extremo desagrado que eriza los cabellos, ya que, desde el punto de vista fisiológico, ante el miedo, el pánico y el horror, la piel responde con vasoconstricción, sudor y erección del pelo.

La defensora del lector en el diario El País opina que “lo que la hace excepcional, a efectos informativos, es precisamente lo espeluznante del tipo de cogida, lo terrible que es”. ¿Dónde radica la diferencia con otras graves cornadas?

En las heridas por asta de toro, una que vez que el cuerno penetra, atravesando la piel y la correspondiente aponeurosis, en las masas musculares de una extremidad inferior (localización predominante) o en una cavidad orgánica (abdomen, tórax), la potencia muscular del cuello del animal levanta y balancea violentamente a su víctima, como si fuera un muñeco. Estos movimientos del torero, ensartado por el asta, pueden provocar nuevos trayectos y grandes destrozos en los tejidos internos, a pesar de que la herida cutánea presenta un breve diámetro, con bordes muy magullados. No son infrecuentes otras localizaciones como el periné, con riesgo de penetración rectal, el cuello y la cara.

En la cornada espeluznante que ha suscitado este texto -y que debe ser motivo de profunda reflexión para todos- parece evidente que los vívidos testimonios gráficos del dramático suceso han multiplicado el impacto emocional, el espeluzno de todos aquellos que han contemplado, una y otra vez, con imagen congelada o en movimiento, el cuerpo inerme del torero ensartado por debajo de la barbilla, vapuleado como un pelele, mientras se observa con horror que de su boca no es la lengua la que sale entre los labios -de los que surgen las palabras y los besos- sino la negra punta del asta del toro. Una “irrupción repentina y por sorpresa” que añade a la dramática imagen una cierta dimensión grotesca (Kayser, W. Lo grotesco. Su realización en literatura y pintura, La Balsa de la Medusa, 2010).