Quirófano

El quirófano es un espacio de uso restringido. Imagen: Thinkstock.

Al parodiar el acto operatorio, Orlan revela
la teatralidad oculta de la propia Cirugía

Patricia Mayayo, “Orlan, arte y cirugía”

JANO, noviembre, 2001

Las dos palabras claves que conforman el título del texto de esta semana son quirófano y Orlan. La primera palabra, el neologismo quirófano, define en castellano el espacio, de acceso restringido, en el que se realizan las operaciones quirúrgicas y en el se despliega lo que se ha venido a llamar el espectáculo quirúrgico (Pera, C. El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la Cirugía, Ed. Acantilado, Barcelona, 2003).

La segunda palabra, Orlan, es el pseudónimo, utilizado como nombre propio por una polifacética artista francesa, nacida en el año 1947 que consiguió fama, en los años 90, por la grabación y retransmisión mediática de intervenciones de cirugía cosmética realizadas sobre su propio cuerpo despierto por un equipo de cirujanos contratados, en un escenario delirante y barroco, cuyo objetivo era modificar su apariencia facial, una y otra vez (Pera, C. “El arte carnal de Orlan y su intromisión en el campo quirúrgico”, en Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, Madrid, 2006).

La génesis de la palabra quirófano -que sólo existe en la lengua castellana y, con sus leves variantes, en catalán, gallego y euskera– ensamblada en el año 1892 por el Dr. Andrés del Busto (Pera, C. Origen y expansión de un neologismo de uso exclusivo en la cirugía española, JANO 1997, 52, 2366-2368), así como las controversias surgidas entre la concepción del quirófano como espacio de acceso restringido, en el que se revela la “intimidad” del paciente, y la consentida exhibición mediática de las acciones quirúrgicas, ejemplarizada en el “arte carnal” de Orlan, han suscitado mi interés en los últimos años.

En este sentido, en un breve articulo titulado ¿Es el quirófano un espacio privado de uso público?, publicado en enero del 2001, como respuesta a una sentencia judicial que así lo calificaba, concluíamos que “un quirófano no es un espacio privado, sino un lugar para operar que puede ser de propiedad privada o pública, aunque siempre será de acceso restringido a los participantes en el acto operatorio –el paciente y todo el equipo quirúrgico- y, en su caso, a los discípulos en período de aprendizaje”. También es cierto que las intervenciones quirúrgicas pueden ser transmitidas en directo, o grabadas para su posterior visionado, con finalidad docente, y siempre con el consentimiento del paciente y del cirujano y su equipo, cuya colaboración es esencial para la calidad didáctica de la filmación.

Si el quirófano fuera un espacio de uso público sin ningún tipo de restricciones -como se decía en la sentencia- se convertiría inmediatamente en un espacio público, como si se tratara de un parque.

Todo esto viene a cuento porque en un controvertido programa de televisión de bastante audiencia, lleno de ruido y de furia, y colmado de zafiedad, dos de sus habituales colaboradoras han sido objetos en un quirófano de intervenciones realizadas con la intención de mejorar el deterioro de la apariencia de sus cuerpos, las cuales fueron grabadas y reproducidas, en breves fragmentos, ante la audiencia televisiva.

En este escenario, el quirófano – y sus aledaños- se convierte en un espacio televiso por el que deambulan los protagonistas del acto quirúrgico –paciente y cirujano– mientras hablan y se exhiben ante las cámaras, antes y después de la anunciada intervención.

Ante este televisivo espectáculo, la conclusión es que las radicales exhibiciones de Orlan, con su “arte carnal”, en las que “instruye a sus cirujanos para que esculpan en su rostro una rara combinación de formas… como denuncia de la homogeneización de la apariencia femenina“, se han transformado en triviales y baldías exhibiciones de tardíos epígonos, cuyo único objetivo es conseguir un agresivo impacto mediático.