Lectura

El tiempo de ocio puede dedicarse también al esfuerzo intelectual. Imagen: Thinkstock

Dans notre pauvre monde occidental
nous avons découpé le temps en instants courts,
infimes, qui n´ont chacun plus

grande signification

Hermann Hesse

En este mundo en el que los seres humanos viven deprisa y corriendo la mayor parte de sus días, es decir, con “la mayor celeridad, atropelladamente, sin detención o pausa alguna” (DRAE), es lógico que hayan surgido alternativas, más o menos radicales, con las que se pretende sustituir el omnipresente adjetivo rápido (“lo que se mueve o se hace con gran velocidad, muy deprisa”) por su contrario, el adjetivo lento (“lo tardo o pausado en el movimiento”), como, por ejemplo, la comida rápida (“fast food”) por la comida lenta (“slow food”).

Pero, a partir de los alimentos, la lentitud, como estilo de vida, se ha convertido en un movimiento (“slow movement”) extendido a todos los aspectos de la vida cotidiana, entre los que se incluyen los espacios en los que se vive –la casa (“slow home”), la ciudad (“slow cities”), e incluso al dinero (“slow money”). La propuesta del movimiento slow es tan radical -como todas las alternativas que buscan abrirse camino frente a la ideología dominante- que ha hecho del caracol, animal lento por excelencia, su icono.

De todo esto se ha ocupado Eva Mimbrero, oportuna y didáctica, el pasado día 14, en las páginas virtuales de noscuidamos.com, bajo el título “El movimiento slow: redescubrir el placer de lo lento”. Salta a la vista que esta semana, en la pertinente búsqueda del tema sobre el cual reflexionar, en el ámbito de la cultura de la salud, he podido cumplir, con satisfacción personal y a otro nivel, una de las premisas del movimiento slow: dar preferencia a la proximidad y elegir productos locales para la alimentación, en este caso intelectual, frente a los de origen lejano.

¿Es posible vivir con lentitud en este mundo? Si se sustituye vivir con lentitud por vivir con pausas (del latín pausa y ésta del griego cesar) intercaladas entre las fases muy activas, la respuesta debe de ser afirmativa, ya que las pausas son biológicamente necesarias.

El ritmo biológico –tan lejano del ritmo del astro atrapado en su órbita, como evoca el famoso verso de Goethe, “como el astro: sin prisa pero sin pausa”- aunque ha de ser continuo, para mantener la vida, fluctúa en su celeridad, alternando fases de gran viveza biológica, con prontitud y rapidez, incluso con prisa, con otras en las que el ritmo se aquieta al máximo, como sucede con el sosiego de sueño, tras la atareada vigilia.

El placer de vivir con lentitud depende de la adecuada intermitencia entre los periodos de actividad y las pausas intercaladas. Estas variaciones intermitentes en la celeridad del vivir cotidiano están explícitas en el negocio latino (neg-otium), entendido como ocupación y trabajo, como negación del ocio (otium), considerado éste como descanso, reposo y tiempo libre.

Existen claras diferencias entre la concepción romana del ocio, de su tiempo libre –contrapuesto al tiempo dedicado al trabajo o negocio- y el tiempo libre entre los griegos. El otium romano era la muy libre traslación de la scholê griega, entendida ésta como el tiempo libre del que disponían los hombres libres, para dedicarlo al estudio y a la meditación. La scholê de los griegos -una actividad noble que tiene el fin en sí misma- significa no sólo tiempo libre, sino reposo, paz, estudio y escuela: es un ocio muy especial, disponible para el cultivo del espíritu. Para los griegos, lo contrario de la scholê era su negación, la a-scholia, es decir, el trabajo. Disponer de tiempo libre, gozar de la scholê, era lo que distinguía a los hombres libres de los esclavos, a los que sólo les correspondía la ascholia, o sea, trabajar para otros.

El tiempo dedicado a la construcción de la propia personalidad –entre los griegos el tiempo de la scholé- ha de buscarse hoy en las pausas intercaladas entre el trabajo impuesto por la necesidad de sobrevivir, en el trabajo profesional con el que la mayoría de hombres y mujeres se esfuerzan cada día. Es un tiempo libre urdido afanosamente con breves retazos, dedicado al esfuerzo intelectual, a la solitaria lectura, al pensar crítico que la interrumpe, a la escritura y, desde luego, al ocio.

Porque es muy importante que en el tiempo libre se incluya el arte de la ociosidad, un arte que “ignora la impaciencia”, que se dedica a “clarificar las nuevas experiencias, a dejar que maduren las obras en marcha en el inconsciente, y a acercarse a la naturaleza para sentirse de nuevo amigo y hermano de la tierra, de las plantas, de las rocas y de las nubes” (Hesse, H. L´art de l´oisivité, Calman-Lévy, 1977).

En este llamamiento de Herman Hesse a volver a la tierra, al menos durante las pausas de un vivir apresurado, están ya presentes las propuestas de quienes apuestan ahora por vivir con lentitud, o mejor dicho, vivir pausadamente.