cerebro

“Hablamos, luego pensamos; pensamos, luego hablamos: un dinámico círculo vicioso que nos define” (G. Steiner) . Imagen: Thinkstock.

Palabra
hecha de nada.
Rama
en el aíre vacío.
Ala
sin pájaro.
Vuelo
sin ala.

José Ángel Valente. El Fulgor.
Galaxia Gutenberg, 1998

El ser humano es un “animal que habla” (zoon phonanta) y ese hablar consiste en la expresión de la palabra (phoné semantike), nos dejó dicho Aristóteles, con breve y bella precisión. Un “sonido semántico”, que Emilio Lledó ha traducido como «aire semántico», lo que le permite comparar a la palabra con “un soplo cargado de sentido, articulado en nuestra boca, no sólo capaz de señalar el mundo, de decirlo y, en cierto sentido, de crearlo, sino de «sentirnos» con los demás, de amistarnos con los otros. Esta comunicación permitió, entre otras cosas, inventar la solidaridad, inventar la ciudad, inventar la cultura.”

Pues bien, sucede que en el síndrome del enclaustramiento (locked-in syndrome), un individuo que sufre parálisis de las cuatro extremidades y de los músculos de la fonación permanece con los ojos abiertos, despierto, sin lenguaje hablado ni escrito, pero conserva íntegra la consciencia de sí mismo y de su entorno. Una trágica situación que puede ser la consecuencia tanto de un grave traumatismo craneoencefálico como de la esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad neurológica, si afectan al tronco cerebral.

El paciente “enclaustrado” escucha lo que se dice de él, se “habla a sí mismo”, pero no puede hacérselo saber a quienes le rodean: las “palabras pensadas”, que no puede expresar, mediante la laringe y la boca, como “palabras habladas”, ni tampoco con la mano, escribiendo, quedan “atrapadas” en un cerebro consciente de su identidad personal, y de su entorno, al que ve y oye, pero con el que no puede comunicarse, por lo que es incapaz de hacer saber a los que le rodean que está consciente. (Pera, C. Lenguaje, consciencia y condición humana. Jornadas científicas sobre daño cerebral irreversible. Conferencia de clausura. Fundación Instituto San José, Madrid, 2009).

Como anotara el filósofo Ludwig Wittgenstein, en su Cuaderno azul, “todo lenguaje es un sistema de signos, y el pensar es, esencialmente, la actividad de operar con signos. Puesto que las frases están en alguna parte, buscamos un lugar para el pensamiento, porque el pensamiento, sin duda, es algo”. Para añadir, a seguida, esta premonición: “Yo supongo que ciertos procesos fisiológicos corresponden a nuestros pensamientos”, (L. Wittgenstein, El cuaderno azul , Editorial Technos, 5ª edición, 2009).

Todo esto viene a cuento de un artículo publicado en la revista Journal of Neural Engineering de este mes de septiembre (Decoding spoken words using local field potentials recorder from the cortical surface) por un grupo de investigadores de las universidades de Utah y de Washington, Seattle, pertenecientes a los departamentos de Ingeniería Eléctrica y Computadores, Neurobiología y Conducta, Bioingeniería y Neurocirugía).

La investigación, realizada en un paciente epiléptico, que se sometió voluntariamente a la experiencia, tenía como objetivo averiguar la correspondencia entre las “palabras habladas” y las señales eléctricas (“palabras pensadas”) emitidas simultáneamente por las neuronas de centros del lenguaje de la corteza cerebral (el área facial motora, que es la que controla los músculos de la locución, y el área de Wernicke).

El hecho de que al paciente epiléptico se le hubiera practicado previamente una craniectomía parcial temporal, como parte de una intervención neuroquirúrgica para controlar sus crisis, hizo posible que los investigadores pudieran colocar una rejilla, con numerosos microelectrodos no penetrantes, directamente sobre la corteza cerebral, lo que les permitía recoger las señales eléctricas neuronales. Las palabras pronunciadas repetidas veces por el paciente epiléptico, mientras se recogían sus señales cerebrales, fueron diez: si/no, caliente/frío, hambre/sed, hola/adiós, más/menos.

Los resultados fueron los siguientes: cuando se compararon dos señales cerebrales generadas por pares de palabras, como “sí” y “no”, fue posible distinguir las señales cerebrales correspondientes a cada palabra entre un 75% y un 90% de las veces. Sin embargo, cuando se comparan las señales de las 10 palabras en su conjunto, el acierto se reduce entre un 28% y un 48% de las veces, un porcentaje que, aunque por encima del azar, no es lo suficientemente bueno, según los autores, para ser efectivo en un dispositivo que traduzca, mediante una computadora, “los pensamientos de una persona paralizada a palabras habladas (spoken words)”.

No obstante, Bradley Greger, del departamento de Bioingeniería, líder del grupo, considera que el concepto funciona, ya que “hemos probado con este paso inicial que los individuos con síndrome de enclaustramiento podrían ‘hablar con sus pensamientos’ (speak with their thoughts), aunque sea necesaria una mayor precisión en la traducción de las señales que emiten las palabras “pensadas”.

George Steiner, en su lúcido ensayo “Del hombre y la bestia” (incluido en Los libros que nunca he escrito, El Ojo del Tiempo, Ediciones Siruela, 2008), tras recordarnos como la antropología filosófica traza en la posesión del lenguaje la línea que separa al hombre del animal, escribe: “Hablamos, luego pensamos; pensamos, luego hablamos: un dinámico círculo vicioso que nos define”.

Un círculo vicioso que gira alrededor de la palabra como signo, en el cual están implicados nada menos que el pensar y el hablar, y cuyo complejísimo mecanismo buscan desvelar con afán, en las últimas décadas, disciplinas tan alejadas, a primera vista, como la neurofisiología, la bioingeniería y la informática.

Un círculo vicioso en el que la palabra cambia de signo para decir lo mismo, primero a nivel neuronal, como característico potencial eléctrico (palabra “pensada”) y, casi simultáneamente, a nivel oral, como palabra “hablada”, convertida en “aire semántico”.