Nutrición y embarazo

No sólo importa la cantidad de nutrientes sino también su calidad. Imagen: Thinkstock.

Thought needs food
(‘El pensamiento necesita alimento’)

Luc Pellerin
Curr Opin Clin Nutr Metab Care, 2008

En un breve e interesante texto incluido el pasado día 16 de septiembre en noscuidamos.com, titulado “La malnutrición en el embarazo afecta a la capacidad cognitiva del hijo”, se resume un estudio epidemiológico realizado en la Universidad de Amsterdam, y presentado online en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) bajo el título “Prenatal undernutrition and cognitive function in late adulthood”.

Desde la perspectiva de la cultura de la salud, el mensaje extraído de la lectura de ambos textos podría resumirse diciendo que la desnutrición o malnutrición (definida como “la condición causada por una dieta inadecuada o insuficiente, o por un defecto en el metabolismo de los alimentos”, según el DRAE), cuando ocurre durante la vida fetal o prenatal, acelera el envejecimiento cerebral en la vida adulta ya avanzada (late adulhood), mientras que si la dieta con restricción calórica se aplica en la vida postnatal, el resultado es, como ya era sabido, que se frena el envejecimiento, con la consiguiente ampliación de la esperanza de vida. Un freno al envejecimiento que se asocia con una disminución del riesgo de padecer enfermedades crónicas tales como la obesidad, la diabetes tipo 2 y la hipertensión arterial.

Esta conclusión, de gran interés práctico, nos da pie esta semana para reflexionar acerca de las muy especiales y vitales relaciones entre alimentación, envejecimiento cerebral, con el consiguiente declive de la función cognitiva, y, en último término, entre dieta y cerebro, poco tenidas en cuenta, por lo general.

Las elevadas exigencias del cerebro humano en aporte bioenergético, mediante la dieta alimentaria, tras el explosivo crecimiento de su volumen, ocurrido una vez completada su separación evolutiva del chimpancé (Leonard, WR. Effects of brain evolution on human nutrition and metabolism, Ann Rev Nutr 2007), se ponen de manifiesto con unos simples datos: el metabolismo del cerebro humano representa entre el 20-25% del metabolismo basal total de un adulto (en comparación con el 8- 10% en los primates) y con porcentajes más elevados de requerimiento energético durante la infancia; por otra parte, el cerebro supera casi en un 16% las exigencias energéticas del tejido muscular,

Desde el punto de vista fisiológico, lo que llama la atención en el estudio publicado en los PNAS es la contradictoria respuesta del cerebro humano, y de su proceso biológico de envejecimiento, cuando el cuerpo correspondiente es alimentado con una dieta con restricción calórica, según el periodo vital en la dicha dieta ejerce sus efectos, sea durante su desarrollo fetal o bien tras el nacimiento.

Cuando la restricción calórica de la dieta ocurre en el periodo fetal, intrauterino, mientras se conforma el cerebro y se programa su función, el envejecimiento de un cerebro, que está siendo organizado en situación de penuria energética, se adelanta, una vez alcanzada la vida adulta tardía, con lo que, junto con la mayor probabilidad de padecer enfermedades crónicas como la obesidad, la hipertensión arterial y la diabetes, se dan las condiciones para que la esperanza de vida se acorte.

Por el contrario, si la restricción calórica de la dieta ocurre después el nacimiento, tal como ha sido demostrado experimentalmente en toda la escala biológica -desde levaduras, gusanos, roedores y monos, hasta seres humanos– el envejecimiento cerebral se frena y se mantiene, a más largo plazo, la función cognitiva (Science, 10 de julio de 2009). Y es que, en estas circunstancias, la restricción calórica de la dieta, con el cerebro ya conformado, es beneficiosa, ya que reduce el daño del estrés oxidativo, con el consiguiente estímulo para la formación de neuronas (neurogénesis), a partir de células madres neuronales, y el establecimiento de nuevas conexiones entre ellas (sinapsis).

En este sentido, la restricción calórica de la dieta también podría ser beneficiosa en las enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer, al reducir el estrés, oxidativo e inflamatorio, que desempeña un papel relevante en la progresión de la enfermedad. Por otra parte, no hay que olvidar que no sólo es importante la cantidad de energía aportada al cerebro, sino la calidad de los nutrientes incluidos en los alimentos, entre los que destacan, por ejemplo, los ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (ácidos docoshexaenoico y araquidónico).

En un número especialmente dedicado a las relaciones entre la alimentación y cerebro por la revista Curent Opinion in Clinical Nutrition and Metabolic Care (año 2008, volumen 11), varios autores conjugan en los títulos de sus trabajos dos palabras: ‘alimento’ (food) y ‘pensamiento’ (thought). Al fin y al cabo, la condición humana, la que la diferencia evolutivamente de la condición animal, radica en la posesión del lenguaje y de la consciencia, entendida ésta como diálogo con uno mismo. Porque es precisamente “a través del diálogo con nosotros mismos, que para Platón es el pensamiento, como surge la continuidad de la consciencia, como memoria de uno mismo, como mismidad” (E. Lledó, El Silencio de la escritura).

No conviene olvidar que, si como parece, pensamos desde el cuerpo (Pera. C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana. Ed. Triacastela, Madrid, 2009), para vivir sintiéndonos, dentro de lo posible con buena salud, disfrutando de bienestar físico, mental y social, la cartesiana res cogitans -dicho llanamente, el cerebro, su parcela pensante- debe ser alimentado con especial cuidado y diligencia.

El hecho cierto es que dos pilares fundamentales de la salud del cuerpo humano, considerado como espacio biológico integral, como son la actividad física regular y la alimentación moderada y sana, son especialmente beneficiosos para la función cognitiva cerebral, haciéndola más eficiente y duradera, y retrasando su envejecimiento (Blog de Cristóbal Pera del 28/09/ 2009).