Manos

La posibilidad en la vejez de llevar una vida independiente se mide por 4 capacidades físicas básicas. Imagen: Thinkstock.

El cuerpo, a cuestas con el “peso de
los años”, arrastra su pesantez a duras
penas, cansino e inestable.


C.Pera, Pensar desde el cuerpo,
Ed. Triacastela, 2006

En el cuerpo que se va haciendo viejo, la mayoría de las estructuras anatómicas pierden, poco a poco, su tensión interna, y tienden a caer. Por otra parte, decrece significativamente la capacidad reactiva de los músculos del sistema de soporte y movimiento del cuerpo -el que se denomina, también, sistema o aparato locomotor- que, paulatinamente, ante la fuerza de la gravedad terrestre, contrarrestada en la vejez de modo insuficiente, debido a la decaída función antigravedad de aquellos músculos que normalmente mantienen al cuerpo en pie.

En estas circunstancias, el cuerpo envejecido necesita, al menos, mantener unas capacidades que le permitan “andar por la vida” con ciertas garantías de seguridad, y, sobre todo, vivir con la mayor independencia posible; de lo contrario se convertirá en una persona incapacitada y dependiente. Unas capacidades que afectan, aislada y conjuntamente, a los ámbitos físico, mental y social de su bienestar.

Entre las capacidades físicas imprescindibles para una vivir una vida independiente están:

  1. Levantarse, sin ayuda, del asiento donde reposa transitoriamente su cuerpo.
  2. Mantener el equilibrio del cuerpo al ponerse de pie.
  3. Asir objetos para usarlos como instrumentos (“la mano –dijo Aristóteles- es como el alma, instrumento de los instrumentos”) y agarrarse con firmeza a asideros, previstos o de fortuna, para evitar la caída del cuerpo.
  4. Caminar con facilidad, cambiando el ritmo de sus pasos cuando sea necesario.

La medición objetiva de estas capacidades físicas básicas, de modo especial la fuerza de prensión de la mano -interpretada como una aproximación a la fuerza muscular global- fue realizada en un estudio publicado en el Journal of American Medical Association en 1999; evaluada esta capacidad en la edad media de la vida (entre 45 y 68 años) se comprobó que esta fuerza -medida en kilos con un dinamómetro- era un factor predictivo de incapacidad física en plena vejez.

El interés por las medidas objetivas de la capacidad física en la vejez se ha mantenido, y ahora, en un artículo publicado en el último número del British Medical Journal , el objetivo ha sido examinar la asociación entre dichas medidas, simples y objetivas, y la mortalidad en la vejez. Con este fin, los autores, en una amplia revisión de trabajos publicados, identificaron 25 artículos en los que se había examinado, en una población de ancianos, la posible relación entre cuatro medidas objetivas de la capacidad física y la mortalidad. Las medidas practicadas fueron: fuerza de prensión de la mano, tiempo necesario para levantarse de una silla sin ayuda, velocidad al caminar y mantenimiento del equilibrio estando de pie.

A pesar de lo heterogéneo de la población de ancianos extraída de las 25 publicaciones seleccionadas, un análisis estadístico (denominado meta-análisis) demuestra, de manera consistente, la existencia de una asociación entre las cuatro medidas de la capacidad física y la mortalidad. En aquellos ancianos cuyos resultados en las cuatro pruebas eran más débiles el riesgo de muerte por todas las causas, con el consiguiente recorte de su esperanza de vida, era mayor. Así, por ejemplo, la mortalidad fue menor en aquellos ancianos con mayor fuerza de prensión en la mano.

Un anciano que se levanta con presteza de la silla, en la que espera sentado nuestra llegada, nos recibe con un fuerte apretón de mano y, sin titubear su cuerpo, comienza a caminar a ritmo vivo a nuestro lado, está dando cumplida muestra de que, por el momento, mantiene cuatro acciones físicas indispensables para “andar por la vida” de manera capaz e independiente.