Médico y paciente

La medicina es, sin duda, un asunto humano, algo que se olvida con demasiada frecuencia. Imagen: Thinkstock

Homo sum; nihil humani a me alienum puto.
Terencio

El proceso de la escritura del texto de un blog como éste, que pretende aparecer el lunes de cada semana como un ensayo mínimo, aunque intenso y bien fundado, sobre hechos o valores que incumban a la cultura de salud se inicia el jueves previo con la elección de un tema apropiado, tras el oportuno rastreo de la actualidad.

En esta ocasión la decisión ha sido fácil, dado que el pasado jueves me encontraba en el histórico ámbito de la Real Academia Nacional de Medicina, en la sesión que cerraba un Ciclo de Conferencias sobre Medicina y Humanidades, invitado amablemente por el profesor Diego Gracia, catedrático de Historia de la Medicina y Profesor de Bioética de la Universidad Complutense de Madrid. Un ciclo cuyo objetivo ha sido, según sus palabras,“ofrecer un panorama del estado actual de las humanidades médicas, con el propósito de que en años ulteriores puedan organizarse ciclos más específicos en que se vayan abordando en profundidad y de forma monográfica , los temas aquí descritos”.

Pero lo relevante del programa diseñado y organizado por el profesor Gracia con entusiasmo, hondura intelectual y rigor, ha sido que su propósito fundamental, tal como él expuso, con claridad y brillantez, en la primera conferencia titulada “Viejas y nuevas humanidades médicas “, ha sido su empeño de que este curso, de una sesión semanal – desde el 7 de Octubre al 4 de Noviembre- fuera el inicio de una profunda renovación en la sustancia y en la forma de lo que hasta ahora se entienden como Humanidades Médicas. Una renovación radical que permita, de una vez por todas, su lógico y necesario acomodo en el contexto programático de la formación, graduada y postgraduada, de los médicos. La masiva y atenta presencia de alumnos de la Facultad de Medicina, entre los doctos miembros de la Academia e invitados, parecía ser un buen presagio para la buscada renovación.

Una renovación que exige, de inmediato, un análisis crítico del lenguaje, aplicado al impreciso título Humanidades Médicas, así como acerca de lo que, en la actualidad se entiende o, más bien, se malentiende, cuando se dice o escribe dicha expresión. Y, en esta línea de pensamiento y acción, a esta lectura crítica me dediqué, de modo preferente, en mi conferencia que cerraba el ciclo, bajo el título “Pensar desde el cuerpo” (Pera, Cristóbal. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana).

Y así lo hice porque en la introducción escrita por el profesor Diego Gracia para el programa de mano de este ciclo, se decía que , entre “las novedades aparecidas en las últimas décadas”, era importante “la revolución operada en la filosofía durante el último siglo, y con ello, también, en la idea de la realidad humana, tanto sana como enferma”.

Es aquí donde, en mi opinión, estaba la clave del titulo, Pensar desde el cuerpo, que me fue propuesto para mi intervención, ya que es en el cuerpo, durante mucho tiempo olvidado y despreciado, donde asienta, mientras no se demuestre lo contrario, “esa realidad humana, esté sana o enferma”. En definitiva, lo que caracteriza a la “revolución filosófica” a la que se refería Diego Gracia, es el hecho de que el cuerpo humano vivo ha recuperado, poco a poco, la centralidad del pensamiento filosófico occidental.

Lo que se olvida con demasiada frecuencia es que desde las específicas “miradas” que se entrecruzan en el primer encuentro entre el paciente y su médico, y a partir de las “narraciones” que comparten, o debieran compartir, convertidas después en “historias clínicas”, la Medicina es, sin duda alguna, un asunto humano, ya que en él se encuentran implicados dos cuerpos, ambos con su condición humana, esa naturaleza, sobrevenida y extraña, que nos distingue de la condición animal.

Una condición humana derivada del hecho de ser poseedores de lenguaje y de conciencia y, en definitiva, de un pensamiento, que se despliega, inquisitivo o creativo, tanto hacia dentro del propio cuerpo, escudriñando su interioridad como hacia fuera, hacia los “hechos” o, si se quiere, hacia el “estado de cosas” del mundo en el que vivimos (Edmund Husserl).

Aquí se atisba, a mi entender, uno de los motivos que han provocado, a la larga, el distanciamiento entre la Medicina – como praxis basada en una relación personal entre el que sufre y el que pretende curarle – y las Humanidades médicas. Ha sido la ausencia de lo “peculiarmente humano” – según la expresión de Ortega- en la relación entre el paciente y el médico, o, al menos, su creciente insuficiencia, acentuada por la invasora interposición tecnológica entre ambos, la que ha propiciado la emigración de lo humano, que en ese encuentro debiera haber, al territorio académico de las Humanidades médicas. Una marginación que ha ocasionado que el cálido sentimiento de cercanía humana, compasiva, incluso táctil, entre paciente y médico, se haya transmutado en una imprecisa, distante y fría humanidad teórica.

Este proceso de alejamiento de lo realmente humano ha propiciado que las humanidades médicas, sin limites ni objetivos bien definidos, se hayan ido configurando como un corpus de conocimientos teóricos y de recomendaciones más retóricas que prácticas, que giran alrededor de la humanidad y la dignidad de los pacientes, con la inclusión de las exigencias éticas de ellas derivadas (ahora independizadas felizmente en una bien consolidada Bioética), un discurso muy alejado del cuerpo humano, de carne y hueso, que realmente sufre. En la mayoría de los casos se trata de un discurso disperso y repetitivo, propio de epígonos de algunas figuras icónicas, utilizado como “un barniz cultural que relaja y permite quedar bien en los círculos culturales” , como ha escrito, con razón, Diego Gracia.

Solo si se tiene presente la radicalidad humana del oficio de curar y aliviar,  cuyo origen está en el peculiar encuentro entre el paciente y su médico, así como los hechos y los valores éticos generados en dicha relación, podrán ser sustituidas las viejas humanidades médicas por unas nuevas humanidades. Unas humanidades médicas centradas en la condición humana de aquél que busca ayuda, como ahora se pretende que sea, en este caso desde una perspectiva estrictamente clínica y científica, la Medicina calificada de “personalizada”.

Desde este fundamento radicalmente humano, en todo lo que concierne a la complejidad de las relaciones entre el paciente y su médico, nada debería ser extraño para las nuevas humanidades médicas, sea cual sea la perspectiva desde el ámbito del conocimiento y de la creación artística.