soledad

La soledad no deseada puede ser muy destructiva para quienes la sufren en el último tramo de su vida. (Imagen: Thinkstock)

“La soledad no se atreve uno a nombrarla-
se podría más bien conjeturar
como en su tumba con la plomada
medir la profundidad-
Emily Dickinson

“Doctor”, she asks, “can you give me a cure for loneliness?”
Ishani Kar-Purkayasth

Ha llegado, como era de esperar, el día del último post de nuestro blog sobre la cultura de la salud para el año 2010 (“En mi comienzo está mi fin”), aunque con la ilusión de preparar, casi sin pausa, la habitual cita semanal con nuestros lectores para el próximo 3 de enero del año 2011 (“En mi fin está mi comienzo”. TS Eliot, East Coker).

Un blog dedicado a la cultura de la salud, a la que hemos definido como “el conjunto de hábitos y comportamientos del ser humano en relación con la salud de su propio cuerpo, a la vez que como una serie de recomendaciones acerca del estilo de vida que mejor contribuya a mantener la salud y el bienestar de ese cuerpo, en su triple vertiente, física, mental y social”.

Desde esta perspectiva, la semanal reflexión crítica, así como su correspondiente escritura, dedicada a la expansión de la cultura de la salud, la entendemos como un proyecto de educación personal y colectiva cuyo objetivo es, en último término, promover la salud y prevenir la enfermedad, como el reto básico de este blog y como “santo y seña” de la web que lo acoge.

Mientras se nos escapan entre las manos los días del último mes del año, el llamado mundo occidental se llena de repetitivos deseos de feliz navidad y/o felices fiestas, que pretenden ser disfrutadas en el escenario ritual de una intensa vida familiar y social. Es un tiempo del año en el que se acentúa la búsqueda compulsiva de todo aquello que parece estimular el bienestar social, como uno de los componentes de la salud, aunque, a menudo, con los excesos que lo acompañan, se ponga en situación de grave riesgo el bienestar físico, e incluso el mental.

Pero lo cierto es que el bienestar social, derivado de la compañía afectiva de los otros, el “no sentirse solo sin desearlo”, es imprescindible para vivir, en lo posible, lo que se pretende que sea una vida saludable. Y la triste realidad es que muchos de nuestros conciudadanos, en estos días tradicionalmente festivos, de intensa convivencia, se sienten solos sin desearlo. He aquí un doloroso, pero necesario, motivo de reflexión para cerrar el año 2010 con el texto de este blog, que hace el número cuarenta y ocho: la soledad no deseada. Una elección apoyada por un breve y bello texto publicado online el 16 de ciciembre en la revista The Lancet titulado “An epidemic of loneliness”, firmado por la joven doctora Ishani Kar-Purkayastha, que ha merecido el anual Wakley Prize de ensayo.

Como he escrito en otro lugar (Pera, C. El cuerpo silencioso. Ensayos mínimos sobre la salud. 34-36, Ed. Triacastela, Madrid, 2009), en lengua castellana “soledad” (del latín solus), como expresión de estar solo, sin compañía, es una bella aunque equívoca palabra, de numerosas resonancias poéticas: ‘soledad sonora’ (San Juan de la Cruz), ‘soledad amen’a (Garcilaso), ‘soledad confusa’ (Góngora) o ‘soledad altiva’ (Cernuda). El DRAE define a la soledad como la “carencia voluntaria o involuntaria de compañía”, porque no es lo mismo “desear la soledad” que “quedarse solo contra su voluntad”. Por el contrario, en la lengua inglesa se dispone de dos palabras: para la carencia voluntaria de compañía. La palabra apropiada es solitude, y para la carencia involuntaria, para la soledad no deseada, la palabra adecuada es loneliness.

Hay una soledad deseada (solitude), dedicada al cultivo de la idea, de la acción, o de ambas (“solo en la soledad nos encontramos” escribió Miguel de Unamuno) y abunda, sobre todo en nuestro tiempo, una soledad no deseada (loneliness) en la que una persona se siente abandonada de los suyos, si los tiene, o sola porque los ha perdido. Es esta soledad no deseada la que se convierte en melancólica y dolorosa en los días en los que abunda la íntima y festiva convivencia de los demás, como sucede en las fiestas navideñas. Una soledad no deseada, un vida ya sin propósitos, como la que expresa la mujer anciana pintada por Rembrandt, con la cabeza gacha y su mirada triste y perdida, mano sobre mano, deformadas por la artrosis y apoyadas en su regazo (“Retrato de una mujer anciana”. Museo de L’Ermitage, San Petersburgo).

Esta soledad no deseada (loneliness) es la que describe la joven residente de un hospital londinense, Ishani Kar-Purkayastha, en su ensayo, representada en la enternecedora anciana de 82 años, Doris Rafertty. Cuando, en los días previos a las fiestas navideñas (pre-christmas days) se dispone a dar de alta en su hospital al mayor número posible de pacientes ya recuperados del motivo de su ingreso, la doctora se da cuenta de que Doris, que ingresó con una arritmia ya controlada, por lo demás con una “increíble” buena salud, se resiste; le cuenta que su marido murió hace veinte años y que sus dos hijos viven el tierras muy lejanas. ¡Doctora – exclama Doris, conteniendo las lágrimas- quedan dos días para la Navidad! ¡No quiero ir a casa, porque vivo sola y el día tiene muchas horas! Para terminar con una terrible pregunta: Doctora, ¿puede darme una medicina para la soledad?

Es cierto -como asegura Ishani Kar-Purkayastha en su ensayo- que una epidemia de soledad no deseada se extiende en un mundo que envejece paulatinamente. También es cierto que vivimos en un tiempo que ha sido calificado como “the age of loneliness”, en el que predominan las propuestas hedonistas que se conforman muy mal con la incapacidad de la mayoría de los ancianos que viven en soledad no deseada, carentes de las emociones derivadas de una íntima convivencia (Pera, C. El cuerpo silencioso. Ensayos mínimos sobre la salud. pág. 36, Ed. Triacastela, Madrid, 2009).

A la hora de buscar soluciones, las organizaciones comunitarias cuyo objetivo es procurar una convivencia amable y estimulante a estas soledades no deseadas, sobre todo en estas fiestas, deben complementarse –como nos recuerda un breve editorial de The Lancet que comenta el ensayo premiado- con propuestas y programas culturales que enseñen a las personas a sentirse felices y creativas a solas, con su única compañía.

Si bien la soledad deseada puede estimular la creatividad, no olvidemos que la soledad no deseada, la que comporta realmente un sentimiento de abandono, es, sin duda, en las apresuradas y egocéntricas sociedades adictas al estilo de vida occidental, una experiencia negativa, en nuestro tiempo casi epidémica, muy destructiva para el bienestar físico, mental y social, es decir, para la salud de quienes la sufren en el último tramo de su vida.