Propósitos de año nuevo

Aprovecha el año nuevo para romper la inercia de una determinada rutina que viene a ser perjudicial para la salud y sustituirla por otra que sea beneficiosa. Imagen: Thinkstock

“Alma mía, no pretendas vida inmortal
sino esfuérzate en hacer aquello que
te sea posible”.

Píndaro, Píticas III, 61-62
(Traducción que agradezco a Emilio Lledó)

En el imaginario colectivo del inicio de cada año astral, la sensación subjetiva de este comienzo suele ser la de encontrarse de nuevo ante una muy empinada cuesta – la cuesta de enero – con “sus dificultades económicas” añade el DRAE – con inmediatos problemas personales por resolver, más los que se avecinan. La metáfora de la empinada cuesta que hay que volver a subir, año tras año, se asemeja desgraciadamente, para muchos, al mito de Sísifo, “el más sabio y prudente de los mortales”, según Homero, el que fuera condenado por los dioses a “subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso… porque no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza” (Camus, Albert, El mito de Sísifo, Editorial Losada, 2010).

Por otra parte, la imagen del nuevo año se asocia con la del recién estrenado calendario, en cuyas hojas se representa el paso de los días, agrupados en semanas y meses, y de los trabajos que a ellos, en principio, les corresponden. Y es sobre estos calendarios donde se suele dejar constancia escrita de objetivos y compromisos para el año que se inicia y, a veces, de nuestros propósitos.

La concepción de la vida como propósito, como esforzada actitud para alcanzar un blanco, como actividad dirigida hacia un objetivo, fue definida, de forma admirable, en un bello texto de Aristóteles, (libro I, Capítulo I de su Ética Nicomáquea): “Seamos con nuestras vidas como arqueros que tienden a un blanco”. Desde el punto de vista de la cultura de la salud este concreto blanco es alcanzar a vivir, a pesar de las dificultades asociadas al deterioro biológico, una vida lo más longeva posible y con aceptable calidad.

Todo propósito, entendido como “ánimo o intención de hacer o de no hacer algo” (DRAE) es, en principio, ambivalente en cuanto a la acción a ejecutar: tan bueno es para nuestra seguridad el propósito de eliminar de nuestra vida diaria el hábito nocivo de fumar, como el propósito de introducir un nuevo hábito, como es el de realizar a diario una actividad física reglada.

Desde esta perspectiva, es una sabia decisión personal que uno de los principales propósitos al comenzar el año sea asumir o mantener, según sea el caso, un estilo de vida saludable que nos procure el mejor estado de salud posible, con el deseado equilibrio entre el bienestar físico, mental y social. Pero para que esta deseable situación se produzca no basta con fijar el propósito, sino que es necesario que éste se convierta, de inmediato, en resolución, lo que exige hacerlo sin más, aunque, eso sí, con convicción de lo que se hace y con decidida voluntad.

La convicción personal de lo beneficioso que resulta el propósito de seguir una estilo de vida saludable se consolida si se tiene en cuenta que no cabe duda de que la condición humana asienta sobre una condición biológica que es, intrínsecamente, vulnerable, deteriorable y caduca, y que el progresivo deterioro biológico del cuerpo humano es el que determina que su tránsito por las edades de la vida (infancia, adolescencia, juventud y madurez) aboque, ineludiblemente, a la edad de la vejez, y a la muerte.

Es también muy cierto que un estilo de vida saludable, mantenido a lo largo de las edades previas a la vejez, hace más lento el deterioro biológico y previene el deterioro añadido – tanto por el desuso del cuerpo (inactividad física, mental y social) como por el mal uso que acelera y degrada el envejecimiento. De este modo, es probable, en nuestro tiempo, poder vivir una vida longeva, que merezca la pena de ser vivida, una vida “en la que nos esforcemos en hacer aquello que nos sea posible “, como aconsejan los bellos versos de Píndaro.

Es evidente que los propósitos/resoluciones que se refieran a nuestra salud dependen del estado en el que ésta se encuentra, sea buena, regular o mala, de los años vividos, con su correspondiente deterioro biológico, de la ausencia o presencia de alguna enfermedad crónica, y de las circunstancias económicas y sociales. En último término, los buenos propósitos que afectan a la salud se piensan desde el cuerpo, y sus efectos beneficiosos repercuten y se sienten sobre el mismo cuerpo: “todo queda en casa”.

Si se toma la decisión personal de elaborar, para el año que se está iniciando, una serie de propósitos saludables, lo más apropiado es llevar a cabo una previa revisión de nuestras costumbres inveteradas o hábitos adquiridos, mediante un recorrido global por todas aquellas cosas y circunstancias que se refieren a nuestra salud, y que, en su mayoría, hacemos cada día como rutinas, sin razonarlas.

Desde la perspectiva de la cultura de la salud, las rutinas de nuestra vida diaria (las que se relacionan con el sueño, la dieta alimentaria, la actividad física, los hábitos nocivos y las adicciones, la vida sexual, el tiempo dedicado al ocio y a que tipo de ocio ) han de ser analizadas en cuanto a sus potenciales efectos, beneficiosos o nocivos, sobre nuestro estado de salud, tanto físico y mental como social.

Cuatro son los hábitos que conforman especialmente una vida saludable: a) No fumar; b) Mantener un índice de la masa corporal menor de 30; c) Realizar una actividad física regular, como mínimo durante 3,5 horas a la semana; d) Seguir una dieta de tipo mediterráneo. A su vez, estos cuatro hábitos contribuyen a la prevención de cuatro prevalentes enfermedades crónicas: diabetes tipo 2, infarto de miocardio, ictus, y cáncer , cuyo desarrollo disminuye la esperanza de vida y su calidad en la vejez (Pera, Cristóbal. “Cultura de la salud: un cambio de paradigma” En La voz invitada, Revista Barcelona Metrópolis. número 80, págs. 38 a la 47. primavera 2011).

De este análisis surgirá la decisión de romper la inercia de una determinada rutina que viene a ser perjudicial para la salud, y sustituirla por otra que sea beneficiosa. Serán las conclusiones surgidas de estos análisis, debidamente asesoradas, los que deben convertirse en propósitos que se hacen realidad al transformarse en resoluciones, con las cuales el esfuerzo llevado a cabo será un “trabajo útil y esperanzado”, en este caso sobre su propio cuerpo, hasta convertirlo en más saludable. Es posible que, en estas circunstancias, al menos, podríamos, en estos difíciles tiempos, “imaginarnos a Sísifo dichoso”.

¡Feliz Año 2011!

Alma mía, no pretendas vida inmortal,

sino esfuérzate en hacer aquello que

te sea posible.

Píndaro, Píticas III, 61-62

(Traducción que agradezco a Emilio Lledó)