colesterol

Un exceso de colesterol en sangre puede acabar provocando la formación de placas de ateroma. Imagen: Thinkstock

“For HDL cholesterol, also known
as your ‘good’ cholesterol, the higher the better”

Mayo Clinic staff

En el vertiginoso trajín de moléculas biológicas (hidratos de carbono, lípidos, proteínas y ácidos nucleicos) que ocurre sin pausa en la masa de la sangre que circula por las arterias, hasta llegar a sus lugares de destino, que son las células, destaca el colesterol. Un lípido de nombre rotundo, implicado en la génesis de la enfermedad conocida como ateroesclerosis, caracterizada por la formación, en las paredes arteriales, de placas amarillentas que acumulan lípidos, y cuya presencia disminuye, poco a poco, la luz del vaso, conocidas como ateromas.

La molécula del colesterol es un importante componente de las membranas celulares, por lo que, su presencia es vital para la estructura y la función de todas las células del organismo humano. Por otra parte, también contribuye a la estructura química de las vitaminas A, D, E y K, de las hormonas esteroides y de los ácidos biliares..

Cuando la cuantía del colesterol que circula por la sangre alcanza niveles que superan unas cifras estimadas como normales, la situación se denomina hipercolesterolemia. una alteración “silenciosa”, pues no desencadena, en principio, síntoma alguno pero que aboca necesariamente, si se mantiene, a la ateroesclerosis y a la enfermedad cardiovascular.

Dado que el colesterol, como grasa que es, no se disuelve en la sangre, que es básicamente acuosa, para poder circular por ella su molécula debe ser transportada por unas proteínas (apoproteínas), como si fueran llevadas “en volandas”. La conjunción del colesterol, un lípido, con la apoproteína transportadora correspondiente se denomina lipoproteína del colesterol. Tres son los tipos de lipoproteínas.

  • Lipoproteína de baja densidad (LDL): El colesterol que es transportado por esta lipoproteína se conoce coloquialmente como colesterol “malo”, debido a que estimula su acumulación en las paredes de las arterias, formando las placas (ateromas) de la ateroesclerosis, que estrechan la luz de los vasos. La acumulación se localiza, sobre todo, en el interior de unas células llamadas macrófagos espumosos, por el aspecto que les proporciona el acumulo del colesterol en su citoplasma. Estos macrófagos son los que inducen en la pared arterial la reacción inflamatoria que origina los ateromas.
  • Lipoproteína de densidad elevada (HDL): El colesterol transportado por esta lipoproteína es el colesterol “bueno”, porque su presencia contribuye a eliminar el exceso de colesterol circulante. ¿Cómo lo hace? Actuando a modo de barrendero (scavenger) que recoge y transporta al hígado, donde es degradado para ser eliminado, el colesterol libre que sale de los macrófagos y, probablemente, estimulando este flujo de salida.
  • Lipoproteína de muy baja densidad (VLDL): Es la que transporta la mayor parte de los triglicéridos, junto con pequeñas cantidades de proteína y colesterol.

Son los datos conocidos acerca de las diferentes consecuencias que sobre la salud de un individuo tiene el predominio de uno u otro tipo de colesterol, el LDL o el HDL, según la apoproteína utilizada como medio de transporte por la corriente sanguínea, los que han convertido a los comportamientos de ambos colesteroles en una simplificada historia de buenos y malos. Para comprender la complejidad de estas acciones contrapuestas es muy importante conocer al detalle los mecanismos de acción tanto del colesterol bueno (definido por el DRAE como “útil y a propósito para la salud”) como del colesterol malo (entendido como “dañoso o nocivo a la salud”).

De entrada, las alzas y bajas de los niveles de concentración en la sangre del colesterol total, así como del colesterol HDL y del colesterol LDL, son motivo de indagación sistemática en el laboratorio, y de preocupación para el médico y su paciente, según los resultados obtenidos, cuando se trata de evaluar su estado de salud, sobre todo en lo que atañe al sistema cardiovascular.

Estudios clínicos y epidemiológicos han demostrado que los niveles bajos del colesterol HDL , o “bueno”, se asocian fuertemente con un incremento en el riesgo de padecer enfermedad coronaria. Hasta el punto que se pueda decir, de manera tajante, que “para el colesterol HDL, mientras más alto sea su nivel en sangre, mejor“. La consecuencia terapéutica de esta constatación es que es bueno subir, siempre que sea posible, los niveles en sangre del colesterol HDL. Sin embargo, esta relación no es tan clara, ya que la elevación de los niveles del HDL conseguida con la administración de ciertos fármacos, como los derivados del ácido fíbrico, no han demostrado un claro beneficio clínico. Debe haber algo más para explicar la indudable función protectora del colesterol HDL ante la ateroesclerosis.

El caso es que en esta historia hay un tercer protagonista, junto con los colesteroles “bueno” y “malo”, que es la célula sanguínea denominada macrófago espumoso. Son estas células, cargadas de colesterol, las que inducen el proceso inflamatorio en la pared arterial que termina con la formación de la placa de ateroma que obstruye el paso de la corriente sanguínea, o bien desprende algún fragmento convertido en émbolo.

En un artículo publicado en el New England Journal of Medicine del mes de Enero, por miembros de la Universidad de Pensilvania, titulado Cholesterol Efflux Capacity, HDL Function, and Atheroesclerosis (Flujo de salida del colesterol, función de la HDL y ateroesclerosis) se llega a la conclusión de que la capacidad del flujo de salida del colesterol de los macrófagos que lo acumulan, como medida de la función del colesterol HDL, presenta una fuerte asociación inversa con el grosor de las capas media/íntima de la arteria carótida y con la probabilidad de que exista enfermedad coronaria demostrable por angiografía, una asociación independiente del nivel en sangre del colesterol HDL.

La hipótesis de la que parten los autores es la siguiente: la capacidad de aceptación por parte del colesterol HDL o colesterol bueno, del flujo de salida de colesterol procedente de los macrófagos serviría para predecir del riesgo de ateroesclerosis.

Los autores miden el flujo de salida del colesterol en 230 voluntarios sanos a los que se valora el grosor conjunto de las capas íntima y media en la arteria carótida, 442 pacientes con datos angiográficos que confirman la existencia de enfermedad coronaria y 351 pacientes sin enfermedad coronaria confirmada mediante angiografía.

Los resultados fueron que los niveles del colesterol HDL y la apolipoproteína A-1 determinaban, de manera significativa, la capacidad del flujo de salida de los macrófagos. Se observa, además, una relación inversa entre la capacidad del flujo de salida y el grosor de las capas íntima/media en la carótida, antes y después del ajuste a los niveles del HDL. La asociación es inversa, lo que muestra que el colesterol HLD es “ateroprotector”, porque promueve el flujo de salida del colesterol de los macrófagos. Esta es una propiedad clave que explica la relación inversa entre el colesterol HDL y el riesgo de enfermedad coronaria. Esta capacidad de estimular el flujo de salida desde los macrófagos no se determina simplemente midiendo los niveles de colesterol HDL en sangre. En definitiva, estos hallazgos sugieren que es precisamente la cuantificación del flujo de salida del colesterol de los macrófagos una medida de la función del colesterol HDL, sin duda relevante en la génesis de la ateroesclerosis.

En conclusión, la medida de la capacidad del flujo de salida de colesterol en los macrófagos es una medida clave de la función protectora del colesterol HDL, que no se explica simplemente por los niveles circulantes de HDL en el suero. Son las partículas de colesterol HDL que circulan por el plasma las que pueden, en primer lugar, promover el flujo de salida del colesterol acumulado en los macrófagos, mediante un proceso de difusión acuosa pasiva; una vez captado este colesterol libre por el colesterol HDL es conducido al hígado donde es degradado, para ser después eliminado.

Se ha sugerido también que la inflamación que ocurre en la pared arterial y que aumenta el riesgo de desarrollar una enfermedad coronaria, implicaría la conversión del colesterol HDL o “bueno”, en una forma alterada (“disfuncional”) que habría perdido su capacidad cardioprotectora, por mecanismos aún desconocidos.

Como sugiere un editorial publicado en el mismo número de Enero de NEJM, la posibilidad de medir el flujo de salida del colesterol HDL , como ha sido demostrado por el grupo de la Universidad de Pensilvania, puede ser un instrumento útil para seguir investigando acerca de las “bondades” de la función que sin duda cumple el colesterol HDL.