Autoagresión adolescente

El estudio publicado por la revista "Pediatrics" ha detectado en YouTube más de 5.000 videos dedicados a las autolesiones juveniles. Imagen: Thinkstock.

“Le souvenir commence avec la cicatrice”

Alain. Propos sur l´education (1932)

“La cicatriz es huella y memoria
de la agresión sufrida”

Pera, C. El cuerpo herido (2003)

Hacerse daño a uno mismo, como puede ser una herida en la mano, mientras se maneja un cuchillo u otro tipo de instrumento cortante es, casi siempre, un accidente que suele ocurrir por falta de atención o destreza.

Sin embargo, cuando el daño a uno mismo se provoca a sabiendas, deliberadamente, el hecho es muy preocupante desde el punto de vista de la cultura de la salud, ya que se entra, de lleno, en el ámbito de los trastornos de la conducta, aunque sean “fronterizos” (borderline) y el acto, en sí mismo, se califica de autoagresión (self-injury o self- harm).

Pero frente al suicidio consumado, o el intento de suicidio, con sus variantes según el procedimiento utilizado, y cuyo objetivo es, en principio, acabar con la propia vida, en otras autoagresiones deliberadas los objetivos del que se agrede a sí mismo son mucho más modestos y contenidos: su pretensión es, simplemente, que las autolesiones se desplieguen por la superficie corporal – heridas incisas, quemaduras, contusiones – y, una vez exhibidas en videos online, incluso durante su ejecución, dejen como huella perenne una o varias cicatrices, generalmente hipertróficas. Son éstas unas cicatrices incorrectas, clásicamente llamadas viciosas, debido a la deposición de excesivo tejido fibroso durante su curación biológica, estéticamente desagradables, dadas las condiciones en las que se produce la herida, ausentes, faltaría más, de técnica quirúrgica apropiada, y de asepsia (Pera, C. El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la Cirugía. Ed. Acantilado, 2003).

Dado que en este tipo de autolesiones, con una alarmante tendencia a extenderse entre los jóvenes, lo característico es que no ha existido intencionalidad de suicidio , son diferenciadas en la literatura médica en inglés como “nonsuicidal self-injuries” (autoagresiones sin intención de suicidio).

Un artículo publicado en la revista Pediatrics, por miembros de las universidades canadienses de Guelph, en Ontario, y de McGill, en Montreal, bajo el título The Scope of Nonsuicidal Self-Injury on YouTube (La extensión de las autolesiones sin intento de suicidio en YouTube), se plantea como objetivo examinar la accesibilidad y la extensión con las que estas autolesiones se encuentran online en los videos YouTube, así como su tratamiento informativo. El objetivo de la investigación se justifica, según sus autores, si se tiene en cuenta que estas autolesiones se observan ya entre el 14% y el 24% de los jóvenes.

La investigación, coordinada por Stephen P. Lewis, psicólogo, encuentra que en YouTube, desde Diciembre del año 2009, han aparecido más de 5000 videos dedicados a las autolesiones juveniles deliberadas sin intento de suicidio, mediante cortes o quemaduras. De este material gráfico seleccionan los 100 videos que han sido vistos más de 2 millones de veces (a una media de cerca de 24 veces cada uno) lo que es, para los investigadores, una clara muestra de su popularidad. En el 50% de estos videos aparece en vivo una persona joven con su autoagresión.

La mayoría de videos analizados no emiten juicio alguno sobre las imágenes de autoagresión, no solo desde el punto de vista del comportamiento (evaluación ética), sino desde la perspectiva de la cultura de la salud. Un silencio editorial ante este grave trastorno de la conducta que preocupa a los investigadores canadienses, ya que probablemente da pie a que los jóvenes implicados se sientan miembros de una difusa pero creciente comunidad virtual, impregnada de melancolía y desesperanza, en la que la autolesión no solo se trivializa (“se le quita importancia, o no se da, a una cosa o a un asunto “, dice el DRAE) sino que, incluso, el destructivo hábito adquirido se considera como algo “normal” (normalized).

Un hábito destructivo que afecta directamente al propio cuerpo (autoagresión), a su bienestar físico, al menos de modo transitorio y superficial, pero que tiene un origen mucho más profundo en un doble malestar, psicológico y social. En este sentido, no hay que olvidar que, como escribió Elaine Scarry en su lúdico análisis de la tortura (The Body in Pain, Oxford University Press, 1985), y citamos en su día, en este mismo blog –en un texto titulado Cuando agresor y víctima son el mismo cuerpo adolescente– el “dolor físico es capaz de bloquear el dolor psicológico, debido a que anula todo contenido psicológico, doloroso, placentero o neutral”.

Un complejo e impreciso malestar el de éstos jóvenes, autodestructivos con restricciones, en los que predominan la “soledad no deseada” –con un sentimiento de abandono en el ámbito personal– la ausencia de propósitos positivos, el aburrimiento, la dificultad de controlar las emociones negativas –como el abuso sexual en la infancia– y… la deficiente educación recibida.

Un malestar que les conduce, a la larga, a la búsqueda en Internet de una comunidad social que les acoja en su espacio virtual y que, a pesar de la dureza del rito iniciático cuyo cumplimiento se exige, se acrecienta de manera preocupante, día a día, en la red.