Robot quirúrgico Da Vinci

Una demostración de los brazos robóticos del sistema Da Vinci en acción. Imagen: Flickr by Roswell Park.

“El robot es ajeno
a la responsabilidad ética
y a la responsabilidad legal, y no siente
la compasión humana”

Pera, C. El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la Cirugía. Ed. Acantilado, 2003

“If you have the technology
it will get used”

Makarow, Danil V, Yale University

En marzo del 2001, Diario Médico, para celebrar la aparición de su número 2000, publicó una serie de artículos cuyo objetivo era predecir cómo sería la Medicina del siglo XXI. Dentro de esta serie, me correspondió ocuparme de la Cirugía, y así lo hice en un texto titulado Cuerpo-artefacto, pero humano.

Transcurrida casi una década de la publicación de dicho artículo, y con ocasión del lanzamiento de su número 4000 (2 de Diciembre de 2009), Diario Médico me sugirió releer aquel texto, para comprobar cuales eran las predicciones que se habían cumplido, y, a renglón seguido, elaborar nuevas predicciones para el futuro de la Cirugía en el siglo XXI. Allí, bajo el título La cirugía tecnológica superará a la tradicional ‘tekné’ en el s. XXI escribíamos:

“La mano del cirujano será progresivamente una mano que se va distanciando de la inmediatez del campo operatorio, mientras que la mano robótica ocupará, siempre que sea posible y conveniente, su lugar en el interior de dicho campo. Predicción cumplida, sin mayor mérito, porque era bastante evidente. El extraordinario avance de la tecnología … ha provocado el distanciamiento del cirujano del campo operatorio del paciente, una lejanía acrecentada con el desarrollo de los brazos robóticos. La tradicional destreza de la mano del cirujano que ‘se abre paso en la intimidad más recóndita de las entrañas del paciente y actúa, con eficacia, respeto y compasión, en el campo operatorio elegido’, se traslada, ahora, al manejo del robot, como ocurre, con los modelos Da Vinci Robotic System y Zeus Robotic Surgical System, los cuales, a pesar de la humanización de sus nombres, no son antropomórficos”.

Para advertir enseguida que “en la moderna cirugía oncológica la radicalidad ya no es entendida como la pretensión de llegar en la extensión de lo extirpado a las raíces del mal, cueste lo que cueste, sino como una pretensión que debe alcanzarse combinando integradamente diversos procedimientos terapéuticos, tanto quirúrgicos como no quirúrgicos”.

Esta concesión a la memoria personal viene hoy a cuento porque en un artículo publicado en Medical Care, por miembros del departamento de Urología de la Universidad de Yale, bajo el título The Association Between Diffusion of the Surgical Robot and Radical Prostatectomy Rates (Asociación entre la difusión del robot quirúrgico y la proporción de prostatectomías radicales) , y tras una revisión de 554 hospitales locales y regionales, se llega a una interesante conclusión, desde el punto de vista del paciente: si el hospital dispone de un robot quirúrgico tipo Da Vinci, los pacientes diagnosticados de cáncer de próstata localizado. que allí acuden y que podrían ser buenos candidatos para otras opciones terapéuticas, tienen más probabilidades de ser sometidos a cirugía radical robótica.

Dicho desde la perspectiva del hospital, la conclusión sería que cuando éste dispone de un robot quirúrgico, sube la cirugía radical como opción terapéutica del cáncer de próstata.

Esta desviación de las opciones terapéuticas hacia la radicalidad quirúrgica robótica en el cáncer de próstata localizado resulta llamativa dado que, como apuntan en Mayo Clinic, siendo diversas las opciones disponibles, además de la prostatectomía radical –como son la radioterapia (externa o intersticial) , la ablación del tumor por el frío (crioablación) o por el calor (ultrasonidos), la eliminación, médica o quirúrgica, de la estimulante acción hormonal de la testosterona sobre la célula cancerosa, e, incluso, la vigilancia activa– no existe suficiente evidencia que permita concluir que cualquiera de estas opciones, por sí sola, procura mayores beneficios para el paciente que las otras.

Todo sucedería como si el hecho de disponer en un hospital del costoso robot quirúrgico, éste se entrometiera, como un tácito pero decisivo argumento, a la hora de decidir acerca de la opción terapéutica más apropiada para un determinado cáncer localizado de próstata, en un paciente concreto y dentro de su contexto personal y clínico. Como concluye Tara Parker-Pope, en un comentario acerca de este artículo, publicado en el NYTimes.

“La adquisición de un robot quirúrgico se asocia con un incremento del número de prostatectomías radicales a nivel hospitalario y regional. En consecuencia, los diseñadores de la política sanitaria deben conocer esta íntima asociación entre difusión de una tecnología y utilización de un procedimiento cuando se aprueba el uso de instrumentación nueva y costosa, sin haberse comprobado mayores beneficios de su uso para el paciente, en comparación con otras opciones”.

En resumidas cuentas, una vez más conviene recordar que “la mano del cirujano sigue siendo el instrumento de una acción intelectual que se va desarrollando con una voluntad de curación y alivio. Mientras que la mano robótica, como proyección de la mano del cirujano, solo será éticamente admisible si su acción, conducida por el cirujano, desarrolla, con la máxima precisión, la voluntad de éste” (Pera C. Robots y cirujano. En El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la cirugía, Acantilado, 2003).