Bacteroides

Imagen microscópica de los bacteroides, una especie bacteriana común en el cuerpo humano. Fotografía: Flickr by AJC1.

“Wherever there is life,
there are microbes”

Guerrero R. & Berlanga M.,
“International Microbiology”

El cuerpo humano vivo –por esencia, vulnerable, deteriorable y caduco – se configura como un espacio biológico en el que su geografía corporal, al tiempo que encierra su interioridad, en la que se oculta el nebuloso territorio de la consciencia personal de “estar en el tiempo y en el mundo”, se despliega, mediante el lenguaje, por los espacios del entorno en el que vive, con la pretensión de comunicarse y convivir, en sociedad, con los “otros” cuerpos humanos. Ese espacio biológico, ese organismo, es nada menos que el asiento de la percepción, la consciencia del yo, el pensamiento y la cultura; en suma, de todos los fenómenos específicamente humanos, incluso de aquellos, intangibles, metafóricos, que trascienden al propio cuerpo, tras generarse en su seno. (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana. Ed. Triacastela, 2006).

Pues bien, en ese muy evolucionado y complejísimo espacio biológico que es el cuerpo humano vivo, en el que se sustenta una experiencia vital y la consciencia de una entidad personal, tan solo el 10% de sus células son verdaderamente humanas, mientras que el 90% de su población celular está formada por células no humanas, los microbios. Y es precisamente en el colon distal donde habita la inmensa mayoría de esa enorme población microbiana (de 10 a 100 trillones). Allí , en estrecha asociación simbiótica con las células humanas de la capa mucosa, los microbios sintetizan aminoácidos esenciales y vitaminas y, además, degradan a componentes de la dieta, como los polisacáridos de las plantas, los cuales, sin su ayuda, no serían digeribles.

Los microbios (del griego μικρόβιος; de μικρός, pequeño, y βίος, vida) son definidos en el DRAE como “seres organizados solo visibles al microscopio”. Entre ellos se ubican esas bacterias que en cada cuerpo humano, como huésped conviven, unas veces para bien, sacando provecho de una vida en común (biología simbiótica) y otras veces para mal (enfermedades). Sin embargo, “la notoriedad de los microbios como agentes responsables de enfermedades ha ocultado la importancia de su papel vital en la naturaleza y en la vida humana”. (Guerrero Ricardo & Berlanga Mercedes, The hidden side of the prokaryotic cell: rediscovering the microbial world, International Microbiology (2007) 10:157-168).

Las bacterias (del gr. βακτηρία, bastón) son células procariotas que se diferencian fundamentalmente de las más evolucionadas células eucariotas -como son, entre otras, las células humanas- por el hecho de que su información genética, en forma de ADN, no está delimitada por una membrana que conforma un núcleo individualizado dentro del citoplasma. A pesar de todo, la estructura de las bacterias, como células procariotas, es más compleja de lo que hasta ahora se había descrito, ya que poseen casi todos los elementos de las eucariotas, entre ellos un esqueleto celular (citoesqueleto).

Todo estos datos quieren decir, sencillamente, que en cada ser humano, en cada persona, junto a ese siempre alabado, aunque demasiadas veces ausente, lado humano (“human side”) de una biografía –caracterizado vagamente por su accesibilidad y compasión para con los otros cuerpos humanos– existe un inmenso, y hasta ahora poco conocido, lado microbiano.

Este sorprendente resultado, obtenido tras el recuento de la población celular que asienta en el espacio biológico humano, ha sido posible gracias a la aplicación de las más avanzadas técnicas informáticas para el estudio de la información genética (bioinformática), que permiten el tratamiento automático de una enorme masa de datos por medio de ordenadores. La tecnología bioinformática ya utilizada en el cumplido Human Genome Project (HGP) ha sido trasladada, con el Human Microbiome Project (HMP), al estudio del microbioma total -definido como el conjunto de genes de las especies microbianas que conviven en diferentes cavidades de los cuerpos humanos- o, específicamente, al microbioma del tubo digestivo, que es el objetivo del proyecto europeo MetaHIT (Metagenomics of the Human Intestinal Tract) , con el fin de establecer asociaciones entre los genes de los microbios que habitan el intestino humano y la salud y la enfermedad humanas, con especial interés por la enfermedad intestinal inflamatoria (IBD) y por la obesidad.

Ambos proyectos exigen la aplicación de una nueva aproximación tecnológica, la metagenómica, definida como “la aplicación de más avanzadas técnicas genómicas que permiten determinar las secuencias totales del ADN de los diferentes microbios a través del estudio directo de comunidades de organismos microbianos en su medio natural, evitando la necesidad del aislamiento y el cultivo en el laboratorio de las distintas especies de bacterias”. Las técnicas metagenómicas permiten analizar las secuencias del ADN en muestras tomadas de entornos donde viven las bacterias. Una vez averiguadas las secuencias del ADN es posible predecir, por comparación, a qué tipo de microbios deben corresponder y, de esta forma, recomponer el catálogo de la población microbiana del cuerpo humano.

Esta reflexión viene a mano porque una noticia científica relevante de la pasada semana, en lo que atañe a la cultura de la salud, ha sido la que gira alrededor de los innumerables microbios que habitan en el espacio biológico de cada uno de los seres humanos, de modo predominante en el intestino distal, así como de sus consecuencias no solo para la salud y la enfermedad, sino incluso para la propia identidad personal.

Se trata de un artículo publicado en la revista Nature y titulado Enterotypes of the human gut microbiome (Enterotipos del microbioma del intestino humano), en el que han participado instituciones de varios países europeos, entre ellas el Hospital Universitari Vall d’Hebron y el Supercomputing Center, ambos en Barcelona, dentro del arriba citado proyecto europeo de investigación conocido con las siglas MetaHIT.

En 22 metagenomas secuenciados en muestras fecales de individuos de 4 países europeos (daneses, franceses , italianos y españoles) los autores identifican 3 modelos de población genética microbiana o enterotipos, que no son específicos de nación o continente alguno, lo que sugiere “la existencia de un número limitado de estados simbióticos entre el huésped humano y los microbios, que pueden responder de manera diferente a la dieta y a los fármacos”. Estos enterotipos son clasificados así, según la especie miocrobiana que predomina: E.1 (Bacteroides) ; E.2 (Prevotella); E.3 (Ruminococcus). Los autores reconocen que la definición de estos enterotipos no es tan precisa, a efectos de identificación personal, como la de los grupos sanguíneos. Por otra parte, admiten que los datos disponibles no permiten atribuir estos enterotipos –que tampoco son representativos de todo el tramo intestinal– a factores ambientales o genéticos.

La hipótesis derivada de todos estos hallazgos puede enunciarse así: el muy extenso lado microbiano del cuerpo humano, representado por su microbioma, que ayuda a conformar, en cierto modo, el espacio biológico de donde surge su específico lado humano, juega un papel interactivo y vital con el genoma humano, una simbiosis entre ambos genomas necesaria para que el diario acontecer de las funciones corporales se desarrolle dentro de los límites de eso que llamamos normalidad, la que se traduce subjetivamente como sensación de bienestar, físico, mental y social y, objetivamente, como estado de salud.

De todas formas, y a la altura en que se encuentra la cuestión, las retóricas metáforas que describen a los seres humanos como “superorganismos” cuyo metabolismo representa una amalgama de atributos microbianos y humanos, o como “ecosistemas” con múltiples nichos ecológicos, así como las prematuras propuestas de una tarjeta de seguro médico que “contenga en un chip nuestro genoma de primate (sic) y, en otro, nuestro microbioma”, deben manejarse con mucha prudencia, “sin prisa pero sin pausa”. (Juengst, E. & Huss, J. From metagenomics to the metagenome: Conceptual change and the rhetoric of translational genomic research).

Sea como sea, conviene recordar que la cultura de la salud, “pensada desde el cuerpo”, en tanto que asume sin reservas la sorprendente amplitud del lado microbiano del cuerpo humano, y sus consecuencias para la salud y la enfermedad, apuesta básicamente por una educación, exigente y de calidad, que sea acorde con la preeminencia y el progreso de su integra condición humana.