Estudiantes de medicina con un profesor

Además de por sus conocimientos teóricos, los futuros médicos deberían ser evaluados también en función de su capacidad de comunicación y de sus actitudes éticas. Imagen: Thinkstock.

Problemático, ca. (Del lat. problematĭcus,
y este del gr.
προβληματικός): Que presenta
dificultades o que causa problemas.

Moderno, na. (Del lat. modernus,
de hace poco, reciente): Perteneciente o relativo
al tiempo de quien habla o a una época reciente.

DRAE

“The trust that patients have in their
doctor is critical to their successful care”
.

Tomorrow’s Doctors, 2009
General Medical Council, UK

Un reciente editorial de The Lancet, prestigiosa revista médica que se caracteriza por su especial dedicación al análisis crítico de la práctica de la Medicina en su contexto social y global, y bajo el título, con cierta resonancia épica, “The making of a modern medic”, pone de nuevo sobre la mesa el problema de la formación del médico a la altura de nuestro tiempo, al que califica, por ese motivo temporal, de “médico moderno”.

Con este texto se hace eco -como ya lo hiciera hace dos años bajo el título “Medical education and professionalism”- de la creciente preocupación de algunas prestigiosas organizaciones profesionales de la práctica médica por la difícil adecuación del proceso formativo de un médico a los continuos avances científicos y tecnológicos (“la aplicación del conocimiento científico a la salud humana es un aspecto crucial de la práctica clínica”), un profesional que desarrolla su actividad en el seno de la muy compleja sociedad “moderna”, mucho más interesada, en general, por las culturas de la modificación del cuerpo y de la enfermedad, que por la cultura de la salud.

Pero las cosas no son tan fáciles. ¿De qué médicos se habla cuando se plantea, sin más explicaciones, como debiera ser el largo proceso de su formación, con sus periodos fundamentales, el previo a la graduación y el postgraduado? ¿De aquellos que se entrevistan, cara a cara, con sus pacientes, con los que intercambian historias acerca de su malestar, los examinan con su mirada y con sus manos, y procuran establecer con ellos una relación de confianza para ayudarles a decidir sobre lo que más les conviene para recuperar y mantener el mayor bienestar posible? ¿De aquellos otros que contribuyen a su diagnóstico, pronóstico y tratamiento interpretando, a distancia, datos biológicos y físicos extraídos del cuerpo del paciente? ¿De los médicos de asistencia primaria, de los especialistas clínicos en distintos órganos y sistemas orgánicos y en las distintas edades de la vida y en uno u otro sexo, de los cirujanos con sus acciones agresivas en diferentes áreas anatómicas, de los que trabajan en laboratorios biomédicos, con objetivos clínicos y/o de investigación, de los dedicados de manera especial a la gestión sanitaria, etc. etc.?

Lo cierto es que, a pesar de que desde hace años se viene repitiendo como un mantra, que los tres objetivos de la formación médica son transmitir conocimientos, aprender habilidades y desarrollar actitudes, la realidad es que los programas formativos prestan más atención y recursos a la transmisión de los conocimientos biomédicos, mientras que se interesan, en menor grado, por el proceso de “trasladar” esos conocimientos a la práctica clínica, para que ésta, en el escenario de su especial competencia, se convierta en una performance segura y eficiente sobre la persona que ha solicitado ayuda. Con el agravante de que la simple evaluación de los conocimientos, en un médico en proceso de formación, ofrece escasa información sobre sus habilidades, potenciales y adquiridas, así como sobre si sus actitudes son las más apropiadas para una óptima relación con el paciente.

A partir de ésta bien asentada constatación, el editorial de The Lancet ratifica los problemas que deben ser solucionados en el proceso de formación de un “médico moderno”, y que atañen a dos cuestiones básicas: a los criterios utilizados en la selección de los que han de ser admitidos a un programa formativo, con su progresiva evaluación, y, en segundo lugar, a la metodología de su formación práctica como profesionales de la medicina.

En primer lugar, tanto antes de iniciar el proceso formativo, como a lo largo de su desarrollo, los futuros médicos no deben ser evaluados tan solo de acuerdo con sus conocimientos teóricos, sino en cuanto a sus atributos personales para la comunicación social y a sus actitudes éticas, cualidades que deben ser potenciadas durante su formación.

En segundo lugar, todas las investigaciones realizadas acerca de los resultados de la formación de los profesionales de la medicina sugieren que los médicos recién graduados están insuficientemente preparados en el ámbito de la práctica, en el que se incluyen entre otras muchas, acciones tales como “suturar una simple herida o “introducir una sonda nasogástrica”.

Para corregir esta insuficiente formación práctica, que haga posible que los médicos recién graduados estén bien entrenados para realizar excelentes “performances” en diversos escenarios clínicos, en especial de carácter urgente, la Clínica Mayo, de Rochester, Minn., ha puesto en marcha un espectacular Mayo Clinic Multidisciplinary Simulation Center. Un centro de simulación, tecnológicamente muy avanzado, que permite el aprendizaje, en escenarios que imitan la vida (“experiential learning”), sin riesgo para un paciente real, de unas habilidades que son muy necesarias para el médico: capacidad de comunicación, trabajo en equipo, actuación rápida y eficaz en situaciones de urgencia, liderazgo, así como todas aquellas técnicas manuales que son necesarias para el diagnóstico y el tratamiento intensivo y quirúrgico de urgencia (suturas, inmovilización de fracturas, etc). Con estos objetivos, el centro de la Mayo Clinic utiliza tres tipos de simulación:

  • Actores que sirven como modelos de pacientes (“standardized patients” ) para ser entrevistados por los médicos en formación.
  • Entrenadores de tareas específicas.
  • Maniquís de alta tecnología, que “reaccionan” ante los tratamientos en situaciones de extrema urgencia, con lo que facilitan el aprendizaje de técnicas diagnósticas y quirúrgicas.

Una profesión se define en el DRAE como “la acción o efecto de profesar”, es decir de “ejercer una ciencia, un arte, un oficio, etc.”, y un médico como “una persona legalmente autorizada para profesar y ejercer la medicina”, es decir “la ciencia y el arte de precaver y curar las enfermedades”: nada más y nada menos. Todo esto parece exigible a una profesión, la médica, que ha ido desplegándose, a lo largo de su historia, en múltiples dimensiones clínicas, científicas y tecnológicas, en el seno de muy diferentes culturas y sociedades, dotadas cada una de ellas de una peculiar visión del mundo, concretada en leyes y comportamientos. Una profesión cuyas acciones indagatorias acerca del malestar de un paciente, por muchos que hayan sido las especialidades que hayan participado, si ha sido realmente, como debe ser, un trabajo en equipo, culminan, o deben de culminar, con una secuencia final: la del encuentro interpersonal, el diálogo inmediato, sincero y compasivo, entre el paciente y su médico -el que ha estado más cercano durante todo el proceso- sobre la que pueda ser la causa más probable de su malestar, una conversación acerca de las expectativas, buenas o malas, tranquilizadoras o preocupantes, de su pronóstico y de su tratamiento, así como de las repercusiones de las distintas opciones terapéuticas, si las hubiere, sobre la esperanza de vivir una vida que, por su calidad, valga la pena de ser vivida.