Bullying

Parece ser que la violencia familiar predispone al acoso escolar, tanto jugando el rol de víctima como el de agresor. Imagen: Thinkstock

“Both bullying and being bullied
at school are associated
with key violence-related behaviors”.

Indicators of School Crime and Safety: 2010
Bureau of Justice Statitics.USA

“A small but growing body of research
suggests that family violence also is
associated with bullying”.

Morbidity and Mortality Weekly Report 2011

Los actores que representan diariamente la violencia entre los cuerpos humanos –unos como agresores y otros como víctimas– son innumerables, como lo son los escenarios en los que estas dramáticas escenas ocurren. Hoy nos proponemos reflexionar sobre la asociación entre dos tipos de violencia cuya frecuencia se acrecienta en la sociedad de nuestro tiempo: por una parte, la violencia que se oculta en espacios cerrados, en los que el prepotente “cuerpo /agresor” atemoriza, mantiene en silencio, y agrede a mansalva al “cuerpo/víctima”, como ocurre en la violencia familiar, en la que “malviven”, desgraciadamente, muchas parejas (Intimate Partner Violence), y, por otra, la violencia que se exhibe en espacios más o menos abiertos, como es la violencia en las escuelas, ejemplarizada en el acoso escolar (Bullying).

El acoso (acosar: del ant. cosso, carrera, según el DRAE), supone, desde el punto de vista etimológico, perseguir, por un espacio más o menos abierto, a la persona elegida como víctima, para “importunarle con molestias o requerimientos” (DRAE). Pero el acoso escolar va más allá, ya que procura cerrar la salida al perseguido, mediante una combinación de agresión verbal, física, psicológica y social, acciones bien expresadas en una serie de verbos (intimidar, insultar, menospreciar, acoquinar, arrinconar, acorralar, excluir, atosigar, acogotar, abofetear, patear, etc.) con el objetivo de destruir la autoestima del acosado y dominarlo. En definitiva, el acoso (“bullying”) se define como la realización por uno de los actores –el acosador o los acosadores– y de manera consciente y repetida, de acciones agresivas de carácter físico, verbal o social, que causan lesiones y creciente malestar psicológico en el acosado –la víctima– habitualmente elegida por ser de menor edad y escasa fortaleza física. En este sentido, ha sido demostrado que en los adolescentes debilitados por enfermedades crónicas es tres veces más frecuente la exclusión social, el aislamiento, como una forma de acoso escolar.

Por el contrario, en la violencia familiar, aquella que ejerce el hombre sobre la mujer (violencia de género) que conviven en pareja, el cuerpo femenino, atrapado y sin salida, es sometido, en el espacio claustrofóbico, mínimo y cerrado, del hogar (violencia doméstica), a un asedio continuado (asediar, del latín obsidiāri, se define en el DRAE como “cercar un punto fortificado, para impedir que salgan quienes están en él o que reciban socorro de fuera”), más que a un acoso.

En el año 2006, escribíamos: “Hoy, la globalizada y omnipresente patología de la violencia precisa de una visión holística y biopsicosocial, tanto desde el doble punto de vista de la doble patología traumática de la víctima –física y psicológica– como de la aún bastante oscura biología característica del impulso agresor, propicio al estallido del comportamiento violento”. (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, Madrid, 2006). Bajo esta visión integradora de la multiforme patología de la violencia humana, de sus interrelaciones, cabe incluir un interesante informe dado a conocer en el Journal of the American Medical Association (JAMA) del 8 de Junio, por el CDC (Centers for Disease Control and Prevention) de Atlanta, dentro de uno de sus semanales Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR), bajo el título Bullying Among Middle School and High School Students (El acoso escolar entre los alumnos de las escuelas de grado medio y superior).

Con el objetivo de evaluar, en la población escolar del estado de Massachusetts, la sospechada asociación entre la participación, pasiva o activa, en el espectáculo de la violencia familiar y la implicación, también activa o pasiva, en el acoso escolar, el Massachusetts Department of Public Health y el CDC analizan los datos del 2009 Massachusetts Youth Health Survey (Encuesta sobre la salud de los jóvenes en Massachusetts, realizada en el año 2009). De los 5807 alumnos de las escuelas de grado medio y superior encuestados en 138 escuelas públicas de Massachusetts, el 43,9% de los alumnos de escuela de grado medio y el 30,5% de los alumnos de las escuelas de grado superior estaban implicados, de una u otra manera, en el acoso escolar. Entre los alumnos de las escuelas de grado medio, el 26,8% habían sido víctimas de acoso escolar , el 7,5% reconocieron haber sido acosadores y el 9,6% habían sido acosadores/víctimas. Entre los estudiantes de las escuelas de grado superior, estos porcentajes fueron 15,6%, 8,4% y 6,5%, respectivamente.

Como resultado de este análisis, el Informe del CDC llega a esta interesante conclusión: la circunstancia de vivir un ambiente de violencia familiar, dentro del cual habían sido espectadores, o incluso víctimas, era más frecuente entre aquellos alumnos que participaban en la violencia del acoso escolar, fuera como agresores (“bullies”), víctimas (“victims”) o como ambas cosas (bully-victims” ), según las circunstancias.

Hace ya tiempo que el acoso escolar ha dejado de ser considerado como un “rite of passage”, como una ceremonia de iniciación que marca el paso de una etapa a otra de la vida, para ser reconocido como un grave problema dentro de la patología de la violencia que invade la sociedad de nuestro tiempo, un acoso escolar que se prolonga hoy en el acoso electrónico o cibernético (”cyberbullying”), una anómala conducta que repercute en la cultura de la salud, ya que afecta al bienestar físico, mental y social de un segmento muy importante, cuantitativa y cualitativamente, de la sociedad. La interactividad entre todas las formas de violencia humana, sea cuales sean los actores –activos y pasivos– y los escenarios, es evidente. Una comprobada conexión entre las conductas violentas que, en la secuencia que hemos comentado –de la violencia familiar al acoso escolar– , puede prolongarse, además, a lo largo de la vida de los propios escolares afectados: los niños que con frecuencia son agresores o víctimas de acoso escolar tienen un mayor riesgo de desarrollar una conducta criminal al final de su adolescencia.