Pobreza infantil

En los países pobres malvive, injustamente, una gran parte de la población mundial de adolescentes y jóvenes. Imagen: Stock.XCHNG

“Los preferidos de los dioses
mueren jóvenes”

Menandro (342 a.C – 292 a.C.)

Truncar (Del lat. truncāre).
3. Interrumpir una acción o una obra,
dejándola incompleta
.

DRAE

Ya en el año 2009,  nos hacíamos eco en este blog de un estudio epidemiológico, a nivel global, realizado en la Universidad de Melbourne, y publicado en The Lancet, en el que se llegaba a la conclusión de que, en el año 2004, en una población mundial de 1,8 billones de adolescentes y jóvenes (entre los 10 y los 24 años de edad) –lo que representaba el 27% de la población mundial total– se produjeron 2,6 millones de muertes, de las cuales, 2 de cada 5 fueron causadas por violencia accidental o intencionada. El 97% de estas muertes ocurrieron en países de renta per capita baja o media y, casi dos tercios (1.67 millones), en países del África subsahariana y del sureste asiático. Según los autores, dicha mortalidad, proyectada al año 2032, alcanzaría los 2 billones, con el 90% de los adolescentes y jóvenes pertenecientes a países económicamente débiles o muy débiles. Dicho estudio, patrocinado por la OMS, era el primero en el que era investigada la mortalidad de adolescentes y jóvenes a nivel global.

En una primera reflexión sobre aquellos datos de mortalidad en adolescentes y jóvenes escribíamos en el citado blog que “morir en la adolescencia, o en la primera juventud, podría considerarse casi como una aberración biológica, por tratarse de una brusca interrupción, muy a destiempo, de un proyecto vital en marcha, cercano a su apogeo”. Recordábamos también que , “en la cultura griega el carácter inesperado del fin de la vida, cuando ocurre en edades tempranas, se consideró como una muerte heroica, como una bella muerte (καλόν κακόν), prueba de preferencia por parte de los dioses”. Para concluir, a renglón seguido, que “no era éste el caso para la inmensa mayoría de muertes anónimas, y en su mayoría crueles, de adolescentes y jóvenes, que ocurren cada año en nuestro mundo”.

Este triste conclusión se confirma y se acentúa cuando la investigación que comentamos hoy, acerca de la mortalidad en la población global de adolescentes y jóvenes, no se limita a la muerte prematura para su edad biológica, sino que se extiende también a las incapacidades persistentes que, derivadas de enfermedades o accidentes, impiden vivir, en plena juventud, una “vida normal”. Este ha sido el trabajo realizado por Fiona M. Gore y su equipo, en los Departamentos de Estadística e Informática de la Salud, y Salud y Desarrollo de Niños y Adolescentes de la Organización Mundial de la Salud, asentados en Ginebra, con la colaboración de la Universidad de Melbourne, publicado online el 7 de Junio, también en The Lancet.

El objetivo de esta investigación ha sido describir, en la población mundial de adolescentes y jóvenes, la carga global de enfermedades (“global burden of disease” o GBD) que condicionan, no solo la tasa de mortalidad en este extenso y, teóricamente dinámico y prometedor, segmento de la población global, sino las incapacidades cuya persistencia les impiden vivir, día a día, una “vida normal”. En este nuevo planteamiento, se trata de averiguar, a mi parecer, lo que pudiéramos llamar el número de vidas truncadas en adolescentes y jóvenes, entre las cuales cabe incluir no solo las vidas acabadas, de manera total y definitiva –por muerte prematura para su edad biológica– sino, también, las vidas casi acabadas, muy limitadas por una incapacidad persistente y significativa.

Para este doble propósito, los autores calculan el valor conocido con las siglas DALY (por Disability Adjusted Life Years) que es el resultado de “la suma de años de vida perdidos por muerte prematura (Years of Life Lost, o YLLs) y los años de vida perdidos a causa de una incapacidad (Years Lived with Disability o YLDs)”. Dicha incapacidad (disability) se define como “cualquiera restricción o ausencia (sea resultado de un impedimento, físico o mental) de la habilidad que permite realizar una actividad considerada “normal” para un ser humano”.

Los estados miembros de la OMS participantes en la investigación con su población de adolescentes y jóvenes –ordenada por sexo y por intervalos de edad de 5 años, desde los 10 a los 24 años– fueron clasificados de acuerdo con su renta y con la región del mundo donde asientan: Los países de renta elevada están en América (3), la región mediterránea (5), Europa (25) y el oeste del Pacífico (6); los países de renta baja y media se encuentran en África (46), América (31), la región mediterránea (16 ) –con inclusión de Afghanistan, Irán y Pakistán– Europa (27), Asia central, el sudeste de Asia (11) y el Pacífico occidental (21).

Los hallazgos más relevantes han sido los siguientes:

1. El número total de vidas truncadas entre los 10 y los 24 años –calculadas por los valores del DALY, en los que se incluyen la mortalidad prematura y los años de vida productiva perdidos por incapacidad– fue de 236 millones, lo que supone el 15% del DALY global, para todos los grupos de edad. Un DALY representa la pérdida del equivalente de 1 año de completa salud.

2. El mayor número de vidas truncadas entre los 10 y los 24 años se encontró en África, siendo 2,5 veces mayor que el que se produce en países con la más elevada renta per capita (208 vidas truncadas por 1000 adolescentes y jóvenes, en comparación con 82 por 1000, según el DALY).

3. Las tres principales causas de incapacidad a nivel mundial entre los 10 y los 24 años, en ambos sexos, fueron:

  • a) Trastornos neuropsiquiátricos (45%).
  • b) Lesiones traumáticas accidentales (12%).
  • c) Enfermedades infecciosas y parasitarias (10%).

4. Los principales factores de riesgo para una vida truncada, derivados de los valores del DALY, fueron:

  • Alcoholismo (7%).
  • Sexo inseguro (4%).
  • Déficit de hierro (3%).
  • Falta de métodos contraceptivos (2%).
  • Drogas (2%).

La conclusión práctica, y desalentadora, del extenso artículo es que la salud de adolescentes y jóvenes ha sido olvidada por los responsables de la salud pública global, debido a que este grupo de edad es percibido intuitivamente como saludable. Y sin embargo, “a pesar de la sorpresa que provoca la muerte, a destiempo biológico, de adolescentes y jóvenes, no hay que olvidar que en todas las edades de la vida humana, incluso en sus primeras etapas de crecimiento y consolidación, como son la infancia, la adolescencia y la juventud, el cuerpo humano que las sustenta, por esencia caduco, se comporta intrínsecamente como vulnerable y deteriorable sobre todo si de él se hace abuso”. Este olvido, a nivel global, de la salud de adolescentes y jóvenes, ha provocado, según Fiona M. Gorey, que las oportunidades para el desarrollo de programas de promoción de la salud y de prevención de la enfermedad, dentro de una decidida apuesta por la cultura de la salud, no hayan sido aprovechadas.

Pero las causas de este progresivo incremento de vidas truncadas en adolescentes y jóvenes son diferentes cuando se comparan los países ricos con los países pobres: mientras que en los primeros predomina la violencia de todo tipo, ejercida contra los “otros cuerpos”, e incluso sobre sus “propios cuerpos” ahítos, de manera irresponsable, en los países pobres, en los que injustamente malvive una gran parte de la población mundial de adolescentes y jóvenes, “dejados de las manos de los dioses”, las causas de las muertes prematuras, a destiempo y nada heroicas, y de las incapacidades que impiden vivir una “vida normal” y la acortan, radican en la extrema pobreza consentida por el resto, no “demasiado humano”, de la llamada humanidad.