Pensar desde el cuerpo

El cuerpo de Leigh Bowery bajo la mirada de Lucian Freud.

(Breve meditación veraniega)

“A little different from reality: the difference
that we make in what we se”

Wallace Stevens, “Description without Place”

Porque el cuerpo desnudo exige,
para comportarse como tal,
ser objeto de las miradas de los otros.

En este tiempo de verano, que siempre se espera pleno del sol “que seca la piel”, del calor que abochorna y del agua que refresca, “tiempo de siega” en el que, de la bella conjunción sintáctica del título del poema de Hesíodo – “Los trabajos y los días” – los seres humanos procuran olvidar el esfuerzo, la tensión y el cansancio que ocasionan esos trabajos, y dedicarse a gozar del lento transcurrir de unos días de ocio, aumenta llamativamente el número de los cuerpos humanos que pasan las horas desnudos o desnudados, mientras despliegan, ante las miradas de los otros cuerpos, su geografía externa, y al mismo tiempo más íntima, de su corporeidad.

Por esta razón, cuando se acerca este tiempo caluroso, los cuerpos humanos contemplan inquisitivos su forma ante el espejo y, tomando como referencia los idealizados modelos icónicos dominantes, procuran, en lo posible, modificarla con apresuramiento, para que este cercano desvelamiento de su verdadera realidad corporal ante las miradas de los otros cuerpos, no les resulte demasiado incómodo.

Porque es la cultura predominante en nuestro tiempo, que conlleva la idealización de la forma corporal, bajo la presión mediática de escuetos y exigentes modelos icónicos, la que condiciona la incomodidad de la mayoría de los cuerpos humanos, que se ven obligados a mostrarse desnudos ante miradas extrañas, ya que su realidad formal – en la que domina la aspereza de la piel que recubre su, más o menos, deteriorada geografía – se halla muy alejada de la establecida como ideal. “Estos cuerpos, cuando han de desnudarse, se sienten ‘grotescos’, y de ahí nace su incomodidad e, incluso, su vergüenza ante la situación”.

El contraste entre la actual y muy exigente mirada mediática sobre la humana geografía corporal, la que nos inunda continuamente con imágenes de cuerpos desnudos idealizados, y cualquier mirada ajena a toda compasión y vergüenza, que desnude al cuerpo humano para mostrarlo en su realidad más extremada, se encuentra en la obra del excepcional pintor y grabador Lucian Freud –nacido en Berlín en 1922 y fallecido en Londres el pasado 21 de Julio, a la edad de 88 años– una obra dedicada preferentemente a representar, con increíble energía e incluso violencia, la realidad de la desbordada geografía del cuerpo humano. Los cuerpos desnudos de Lucian Freud son “cuerpos montañosos, abundantes en promontorios, colinas, hondonadas y valles”.

Al no aceptar Freud la pretendida vergüenza del cuerpo desnudo, o desnudado, ante la mirada de los otros cuerpos, lo muestra en toda su integridad, sin compasión por sus exageraciones y defectos, incluso con una “intensidad escabrosa” que da preeminencia escénica a su íntima anatomía genital (como ocurre en su provocador desnudo titulado David and Eli, firmado en 2002).

Conviene recordar a estas alturas que mientras el sentirse desnudo conlleva una situación incómoda y embarazosa ante la mirada de otros cuerpos, estar desnudo puede considerarse como la personal decisión de mostrar su cuerpo ante otras miradas, en determinados escenarios. La lengua inglesa no necesita de estos circunloquios ya que dispone de dos vocablos para significar estas dos situaciones de desnudez corporal: para la primera –la de “sentirse embarazosamente desnudo”– la expresión to be naked, mientras que para la segunda –“estar voluntaria y distendidamente desnudo ante otras miradas”– utiliza la de to be in the nude. Es curioso que en el catálogo de los cuerpos desnudos de Lucian Freud, representados en extrañas posturas y en escenarios mínimos e incluso sórdidos, todos son calificados como naked bodies y no como bodies in the nude.

Como sugiere Ellen Handler Spitz en su ensayo titulado Lucian Freud: Psychoanalysis in Paint?, el nieto de Sigmund Freud, en sus cuadros de voluminosos cuerpos desnudos, como el de Leigh Bowery, un popular y provocador artista gay de night club, un icono de la noche londinense de los años 80 (Naked Man. Back Wiew, 1991-1992, Metropolitan Museum of Art, New York) no se pinta a sí mismo, ni a sus modelos ni, tampoco, a una nueva realidad: “si somos capaces de sostener la intensidad de su mirada, nos daremos cuenta de que a quien pinta Freud es a nosotros mismos”.

La pintura de Lucian Freud, con el magistral manejo de una exuberancia eficiente, representa la carnalidad esencial del cuerpo humano, de la que, al fin y al cabo, brotan las palabras, el pensamiento y la conciencia del yo, una carnalidad que se expande y pesa, y que –sin la debida atención a la cultura de la salud que es la cultura del cuerpo– muchas veces se descuelga en demasía y deteriora la calidad de la vida humana.

Los desbordados cuerpos desnudos de Freud, algunos con una franca obesidad mórbida no son, en absoluto, modelos para una pedagogía de la cultura de la salud pero sí son una llamada de atención acerca de los riesgos que comportan tanto la obsesión por el seguimiento estricto de lo que exige la mirada mediática que idealiza la forma corporal y difumina su geografía, como el desdeñoso abandono de los cuidados del cuerpo, aquellos cuya aplicación procura, de modo especial cuando se acerca la vejez, el mayor bienestar posible, no solo físico, sino mental y social.