En los ancianos, una intervención no farmacológica dirigida a la pérdida de peso, basada en la dieta y en la actividad física, no aumenta la mortalidad

“No hazard or better health from weight loss?
Lewis H Kuller

Cuando una persona pone en marcha una modificación de sus hábitos diarios con el fin de provocar una pérdida de peso corporal -siempre que se haga bajo consejo y seguimiento médico- para corregir una situación de sobrepeso o de obesidad que empeora su calidad de vida, con el consiguiente riesgo de morbididad, se considera que es una decisión que suele afectar positivamente a su estado de salud -entendido como bienestar físico, mental y social-, basada en tres tipos de acciones, y de acuerdo con el IMC y su edad biológica:

a) Dieta con restricción del aporte de calorías;

b) Actividad física, realizada de modo regular para quemar calorías;

c) Modificación del estilo de vida, sustituyendo el sedentarismo por la vida activa.

Es ésta una pérdida de peso, habitualmente beneficiosa que se califica como intencionada (“intentional weight loss”). Una serie de ensayos clínicos aleatorizados parecen demostrar que, en los mayores de 60 años, una pérdida de peso intencionada, de carácter moderado, puede mejorar el estado de salud y la calidad de vida, una mejoría que afecta a las enfermedades crónicas relacionadas con la edad avanzada, y a la capacidad física.

Todo lo contrario ocurre cuando la pérdida de peso no es intencionada (“unintentional weight loss”), sino involuntaria, y se viene observando su progresión en ancianos que no han modificado sus hábitos de vida, lo que hace temer a sus familiares y amigos, y a quien esto le ocurre, que este inesperado y llamativo adelgazamiento no presagie nada bueno para la salud de su cuerpo, por lo que suscita la inmediata recomendación de consultar con su médico.

La indicación de perder peso de manera intencionada en los individuos ancianos con sobrepeso u obesidad, asociados a alguna enfermedad crónica, como la diabetes, es una cuestión controvertida, no tan solo porque resulta difícil demostrar sus beneficios para la salud en estas edades, sino porque en la mayoría de los ensayos clínicos -cuya metodología suele ser la simple observación, mantenida durante plazo más o menos largo- la pérdida de peso conseguida se había asociado con un incremento de la mortalidad. La consecuencia de estos resultados es que existen dudas acerca de la conveniencia o no de recomendar una pérdida de peso intencionada en los mayores de 60 años con sobrepeso u obesidad.

En un artículo publicado en The American Journal of Clinical Nutrition, bajo el título The effect of intentional weight loss on all-cause mortality in older adults: results of a randomized controlled weight-loss trial (El efecto de la pérdida de peso intencionada en los ancianos, sobre la mortalidad de todas las causas: resultados de un ensayo sobre la pérdida de peso aleatorizado y controlado) sus autores afirman que, dado que en los estudios observacionales es difícil establecer la distinción entre la pérdida de peso intencionada y la no intencionada, para esclarecer los efectos de la primera -la intencionada- sobre la mortalidad de los ancianos, consideran indispensable que los estudios sean aleatorizados y controlados.

Desde este planteamiento más exigente con el método de investigación, el objetivo ha sido determinar, en una población anciana, los efectos de las pérdidas de peso intencionadas sobre su mortalidad. Con este fin han utilizando los datos recopilados en un amplísimo ensayo clínico, aleatorizado y controlado, titulado Trial of Nonpharmacologic Intervention in the Elderly o TONE (“Ensayo de una intervención no farmacológica en los ancianos”) cuyo objetivo primario fue evaluar -a lo largo de un seguimiento de 12 años, en 585 hombres y mujeres (53%), con una edad media de 66 ± 4 años, que padecían sobrepeso u obesidad y que estaban siendo tratados de una hipertensión arterial- los efectos sobre dicha hipertensión de una pérdida de peso inducida mediante una dieta con restricción calórica, una simple restricción de sodio, o de la combinación de ambas intervenciones, tras haber sido retirada la medicación antihipertensiva.

Del análisis de los datos recogidos en el TONE los autores deducen que la mortalidad de los 291 participantes que fueron aleatoriamente asignados a una intervención dirigida a la pérdida de peso intencionada (restricción calórica en la dieta y aumento de la actividad física), con la que se consiguió una reducción media de 4.4 Kg de peso, no difería, de manera significativa, de la mortalidad en los 294 participantes que no fueron incluidos en dicho grupo, en los que la pérdida media de peso fue de 0,8 kg.

Los autores concluyen que estos resultados, combinados con los de estudios previos, indican que, en los ancianos, una intervención no farmacológica dirigida a conseguir una pérdida de peso, que se fundamenta en la dieta y en la actividad física, no aumenta la mortalidad. No obstante, consideran que aún son necesarias más investigaciones para confirmar estos tranquilizadores hallazgos.

En un editorial que comenta, en el mismo número del AJCN, el artículo motivo de esta reflexión, Lewis H Kuller, del Departamento de Epidemiología de la Universidad de Pittsburgh, consigue resumir en el titulo de su texto -No hazard or better health from weight loss?la incertidumbre que aún persiste en la cuestión planteada : ¿Supone un riesgo (“hazard”), para la mortalidad de los ancianos con sobrepeso u obesidad, una intervención intencionada dirigida a conseguir una pérdida de peso (“weight loss”), o bien una mejoría de su estado de salud (“better health”)? En todo caso, asegura L.H. Kuller, “la pérdida de peso, el ejercicio físico y la combinación de ambas acciones, suponen un beneficio para la salud, ya que reducen la incapacidad funcional de las extremidades inferiores”.